Tras la creación del Gabinete Interministerial en Asuntos Antárticos, en 2017, Uruguay estableció una hoja de ruta para defender sus derechos en el Tratado Antártico de cara a 2049, año en que se revisará el protocolo de protección ambiental y se podría, eventualmente, permitir la explotación de recursos mineros, expresamente prohibida en nuestros días.

El Gabinete Interministerial –formado por los ministerios de Defensa Nacional, Relaciones Exteriores (MREEE), Industria, Energía y Minería (MIEM), y Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (MVOTMA, que curiosamente entró en lugar del de Educación y Cultura, que prefirió desvincularse)– es el ámbito encargado de la dirección estratégica del Programa Nacional Antártico. La presencia con bases en el continente blanco, como establece el Tratado Antártico –firmado por 54 países de los que sólo 29, como Uruguay, son miembros consultivos– sólo se justifica si en las bases se hace investigación científica, y desde la puesta en vigencia en 1998 del Protocolo sobre Protección del Medio Ambiente se minimiza el impacto ambiental de la presencia humana, por lo que ha habido transformaciones en estos últimos años para que el país cumpla de mejor manera con su presencia en la Antártida.

Uno esperaría que al hablar con Álvaro Soutullo, director de esa coordinación, las palabras más utilizadas estuvieran relacionadas con la investigación científica. Sin embargo la palabra que más menciona en este balance es “derechos”.

En breve finaliza una nueva campaña antártica. ¿Cuál es la evaluación?

Este año empezaron a pasar algunas cosas novedosas y muy positivas. Por ejemplo, logramos que nuestros científicos pasaran más tiempo en la base, lo que permite empezar a pensar investigaciones más interesantes. También mejoramos muchísimo la infraestructura de los laboratorios, lo que permite procesar muchas más cosas directamente en la base. Creo que pasamos a otra calidad de investigación, no sólo porque podemos hacer más cosas, sino porque nuestros investigadores pasan más tiempo allá interactuando con otros investigadores de otros países, y entonces comienzan a surgir un montón de sinergias y un montón de posibilidades adicionales. También me parece interesante que muchos de esos proyectos se hagan en colaboración con otros países, no sólo en términos de apoyos logísticos, sino también en la ciencia que desarrollamos juntos.

Por ejemplo...

En el proyecto de microplásticos, desarrollado por el Centro Universitario Regional del Este, recibimos a un investigador posdoctoral español que pidió una beca para venir a Uruguay y trabajar con nosotros estudiando el rol que pueden tener los microplásticos en facilitar la transferencia de genes de resistencia a antibióticos entre microorganismos antárticos, que han desarrollado debido a la presencia humana, y organismos del plancton. Estamos en la lógica de que investigadores de otros países empiecen a usar más nuestra base, y, por ejemplo, recibimos a científicos españoles que desarrollaron sus proyectos en nuestra base durante 20 días. Tuvimos también a una ecóloga sudafricana, e investigadores franceses han propuesto un proyecto para comparar las poblaciones de pingüinos cercanas a su base, al otro lado de la Antártida, y las que están cercanas a la nuestra. Para los franceses es interesante que estemos, son ellos los que quieren venir a trabajar con nosotros, porque les abrimos la posibilidad de trabajar en un lugar de la Antártida que les es inaccesible y al que nosotros cruzamos unas diez o 12 veces en una campaña desde Punta Arenas, en dos horas y media de vuelo.

¿Ese trabajo en colaboración con otros países, más allá de que la cooperación científica está explícitamente indicada en el Tratado Antártico, en qué repercute?

Estamos teniendo avances en áreas por fuera de área de la microbiología, que es un campo en el que Uruguay ha tenido históricamente un desempeño destacado, porque lo que requería era tomar muestras y luego analizarlas en Montevideo. En esas otras áreas, que requieren estar más tiempo allá, hemos estado mejorando. Por ejemplo, este año también estuvieron los españoles estudiando pingüinos en nuestra base. El enfoque no es tanto el del estudio de los pingüinos per se, sino de los pingüinos como centinelas de los cambios en los ecosistemas antárticos. Estamos logrando entrar en otro tipo de ciencia, una ciencia que atiende a las grandes preguntas de investigación que acordamos desarrollar los países miembros del tratado.

Hay países con los que estamos interactuando que están en nuestra situación previa: la de ir, muestrear y luego hacer el resto del trabajo fuera de la Antártida. Ese sería el caso de las colaboraciones que tenemos con Colombia o Perú. Creo que el trabajo con España es un buen referente, es un país que en ciencia y tecnología está por encima de nosotros, pero en el ámbito antártico estamos cooperando muy bien. También este año hemos logrado tener investigadores nuestros utilizando buques de otros países, como de España o Perú, tanto para desarrollar ciencia nuestra como siendo parte de proyectos coordinados por terceros países.

¿Por que debería Uruguay apostar por hacer una ciencia antártica de calidad y por mantener su base funcionando cada día mejor?

Hay dos cosas que tenemos que empezar a construir y comunicar mejor. La primera es que la Antártida cumple un rol clave en regular el clima del planeta. Mucho de cómo responda el clima global a las presiones antrópicas tiene que ver con la capacidad de buffer de la Antártida. Parte importante de lo que sucederá con el cambio climático tendrá que ver con la capacidad de la Antártida de seguir amortiguando cosas o, en algunos casos, de pasar por procesos que aceleren las transformaciones.

Soutullo habla de la capacidad de resiliencia del continente blanco, de hacer que los cambios sean amortiguados de manera de no alterar el equilibrio del sistema. Pero cuando ese equilibrio se rompe, muchas veces se produce una retroalimentación que aumenta la velocidad con la que los cambios indeseados se producen. Por ejemplo, el derretimiento de los hielos antárticos afecta al albedo terrestre, la cantidad de energía solar que el planeta rebota debido a que la luz se refleja en la vasta superficie blanca de sus casquetes. Un mayor derretimiento de los hielos hará que el planeta absorba más energía solar, y por tanto, aumente más aceleradamente la temperatura, que a su vez producirá un derretimiento acelerado de los hielos.

¿Debemos estar e investigar en la Antártida, entonces, porque allí se define el futuro del cambio climático?

Una de las cosas que los españoles estaban estudiando era cómo los excrementos de los pingüinos podrían facilitar la formación de nubes. La formación de nubes es uno de los grandes interrogantes sobre cómo va a responder el sistema climático a los cambios que están ocurriendo. Básicamente, lo que nos explicaban es que las nubes se forman en torno a unas partículas que funcionan como núcleo y que están asociadas a una serie de compuestos químicos que es probable que se acumulen más donde hay más concentraciones de pingüinos. Lo que se está tratando de entender es este tipo de cosas, y esa es la razón para estar trabajando en la Antártida. Por otro lado, la Antártida es el mejor lugar para obtener información del pasado, porque puedo mirar para atrás en el tiempo haciendo hoyos en el hielo. Por tanto, es un lugar fundamental para regular el clima global y para entender qué consecuencias pueden tener determinados cambios, dependiendo de cómo esté respondiendo la Antártida. En todo el discurso sobre el cambio climático, la Antártida es uno de los actores principales.

“Estar en la Antártida haciendo ciencia es hablar de cómo juega Uruguay en la regulación del clima global y en la regulación de una de las principales fuentes de proteínas del mundo”.

Decías que había dos razones potentes. ¿Cuál es la otra?

El océano Austral, las aguas que circundan a la Antártida, no sólo es una de las principales pesquerías del planeta, sino que es de las que están en mejores condiciones, en parte por ser gestionada por la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos, que hace un manejo ecosistémico de esas pesquerías y que además toma decisiones por consenso. Al integrar el Tratado Antártico estamos administrando una de las principales fuentes de proteínas de un mundo en crecimiento. Uruguay no sólo tiene voz y voto, también tiene veto. Entonces, estar en la Antártida haciendo ciencia es hablar de cómo juega Uruguay en la regulación del clima global y en la regulación de una de las principales fuentes de proteínas del mundo.

En 2048 el Protocolo Ambiental será revisado. ¿Cómo nos preparamos?

Con el tratado ambiental de 1998, la Antártida es un continente dedicado a la paz, a la ciencia y a la protección ambiental. Año a año, en las reuniones consultivas del tratado, se agrega nueva normativa. Una de las cosas que el protocolo ambiental determina es que hasta 2048 se prohíbe la explotación de recursos minerales. Uruguay, a instancias de las fuerzas armadas, hace 35 años que tiene una base en la Antártida, con una decisión geopolítica de que con la presencia se defienden los derechos que eventualmente podamos tener sobre el continente. La lógica, creo, era asegurar los derechos de soberanía sobre el territorio y la explotación de sus recursos asociados. Se tenía una mirada a largo plazo, esperando para cuando se rediscutan algunas cuestiones del tratado.

Lo que me parece que no vimos con claridad, y que hoy estamos en mejores condiciones de ver, es que sólo con la presencia no alcanza. Es como ir a la escuela todos los días. Estar y no tener faltas es fundamental, y sin eso no podemos hablar del resto, pero para pasar de año hay que rendir pruebas. Lo que pide el Tratado Antártico es que en las bases se genere ciencia relevante y que muestres que tu presencia no está teniendo un impacto ambiental significativo. Y esas son las dos cosas en las que creo que las fuerzas armadas no fueron acompañadas adecuadamente por el resto de los actores sociales, que tienen que involucrarse desde la ciencia y la gestión ambiental.

“Uno como investigador antártico es parte de la política exterior del país; nuestra investigación está sosteniendo una política exterior para proteger los derechos que Uruguay tiene por ser miembro del Tratado Antártico”.

¿Se han dado pasos en ese sentido?

En los últimos años hemos logrado revertir eso, lo que no quiere decir que antes no se haya realizado ciencia. Se hizo ciencia y alguna muy buena, pero no había una visión de tener una política de ciencia, un abordaje estratégico país, sino que había iniciativas puntuales de investigadores. En estos años hemos intentado tener una política de ciencia. También entendimos que la ciencia que hacemos es relevante en la medida que atiende dos cosas; primero, que atiende esas 80 preguntas en seis grandes áreas, de relevancia internacional, que acordamos en el Comité Internacional de Investigación Antártico; por otro, tenemos que entender que uno, como investigador antártico, es parte de la política exterior del país; nuestra investigación está sosteniendo una política exterior para proteger los derechos que Uruguay tiene por ser miembro del tratado. Eso a los investigadores nos hace entrar en un juego que es totalmente extraño, no tiene nada que ver con lo que hacemos normalmente. Se hizo un esfuerzo para que haya más investigación, pero que además se produzca ciencia de alto nivel y con impactos que nos permitan demostrar que Uruguay está cumpliendo con el tratado. Estar no es suficiente si queremos defender adecuadamente nuestros derechos. En los últimos tres años intentamos ir en esa línea.

¿El rol del Gabinete Interministerial fue en esa dirección?

El gabinete tomó una serie de decisiones importantes. Lo primero, mirar esto de una forma integral, abarcando lo ambiental, la política exterior, las infraestructuras, lo operativo y también lo científico, para lo que se creó una Comisión Asesora Científica en la que están representadas las principales instituciones de ciencia y tecnología del país. Luego aprobó un decreto con una política nacional antártica, que de alguna forma marca hacia dónde se quiere ir y qué quiere obtener el país de la Antártida. También aprobó una hoja de ruta, que establece qué deberíamos hacer en los próximos 25 años para que en 2045, en la previa de la rediscusión del Protocolo Ambiental, tengamos una imagen que nos ponga en una posición provechosa para, por ejemplo, rediscutir la explotación de recursos minerales y la redestribución de las ganancias que puedan venir de allí. De cierta manera, se estableció un plan para estar en una mejor posición de defender nuestro derechos.

Sin embargo, por todos los indicadores de efectos antrópicos y las tecnologías extractivas actuales, no parece muy lógico que pueda desarrollarse una prospección minera antártica sustentable...

Creo que taladrar la Antártida sería como taladrar el termostato del aire acondicionado: seguramente vas a tener calor. Pero eso es lo que tenemos que discutir en unos pocos años. No sé por que nos obsesionamos con los recursos naturales, tal vez porque estamos acostumbrados a pensar en el petróleo, el gas y otros minerales como fuentes de riqueza. Y en la agenda está: cuando Uruguay piensa en sus derechos, piensa en la posibilidad de extraer o no recursos de ahí. Si me preguntás, para mí no va por ahí el negocio de Uruguay, pero es un discusión a tener dentro de 25 años. La pregunta es cómo queremos prepararnos para tener esa discusión dentro de 25 años, y eso es lo que la hoja de ruta propone, plantea cómo pasar de tener una presencia permanente a ser un actor que al momento de tener estas discusiones tenga un peso relativamente interesante para sacar el mayor beneficio posible, ya sea para que se taladre y uno se quede con un porcentaje mínimo de esa ganancia o que decidamos no taladrar.

Base Artigas en la Isla Rey Jorge. Foto: Ary Mailhos
Base Artigas en la Isla Rey Jorge. Foto: Ary Mailhos

No deja de ser una mirada pensando en 2048 cuando hay cosas que hoy ya son relevantes.

Sí, creo que con esa visión nos perdemos de entender todo lo que podemos aprovechar mientras tanto. Uruguay administra una de las pesquerías más grandes, tiene su cuota de pesca y tiene posibilidades de pescar más. Si la mirada es la de extracción de recursos, ahí hay recursos que no estamos aprovechando. O capaz que decidimos activamente estar ahí, evitando que haya mayor explotación pesquera, porque queremos mantener ese stock saludable para que en 20 años, en caso de que haya hambrunas o necesidad, podamos recurrir a ese alimento. Una parte importante de defender nuestros derechos es evitar que se deterioren. Cuando hablamos de defensa de derechos en relación al Tratado Antártico, si no estamos encima de las decisiones que se toman podemos estar perdiendo recursos nuestros. Para eso precisamos tener una ciencia relevante, que nos permita tener información de primera mano, y tenemos que ser actores activos en los foros de discusión, y esa tarea es de Relaciones Exteriores. Pero si en los foros de discusión no estamos con buena ciencia detrás, estamos perdiendo nuestros derechos. Con el tema turismo nos está pasando un poco lo mismo.

¿Cómo es eso del turismo?

Hay un crecimiento del turismo que no estamos pudiendo ordenar como Tratado Antártico. Si ese turismo, que hoy es de 60.000 visitantes por año, no lo ordenamos de forma tal que genere riquezas y ganancias para los que estamos administrando la Antártida, y en su lugar se canaliza hacia unos pocos operadores y genera un impacto ambiental que deteriora los sitios atractivos, estamos perdiendo derechos, porque se están deteriorando recursos. Lo que tenemos que defender son esos derechos; no sólo los derechos hipotéticos del futuro, para los que la estrategia es estar bien posicionados, sino también los derechos actuales que estamos perdiendo porque no estamos participando activamente en los lugares donde se están tomando esas decisiones.

“Cada microorganismo antártico patentado ya no puede ser tuyo, y eso son derechos que estás perdiendo hoy”.

Por otro lado, hoy está el tema de la bioprospección. Hay países con empresas que están patentando procesos o partes de microorganismos asociados con investigadores. Nosotros estamos viendo si podemos patentar el proceso de producir masivamente una enzima de un microorganismo. Eso fue un experimento para ver qué dificultades, qué preguntas y las posiciones político-filosóficas a enfrentar si el país decide ir por el camino de patentar. Mientras no regulemos las patentes o la forma en que se desarrolla la bioprospección en la Antártida, nuevamente hay derechos que estamos perdiendo, porque hay otros que ya están patentando. Cada microorganismo antártico patentado ya no puede ser tuyo, y eso son derechos que estás perdiendo hoy. Tal vez estamos demasiado concentrados en defender los derechos futuros sin atender de forma adecuada los que podemos estar perdiendo actualmente.

Tras el cambio de gobierno, ¿debería seguirse con el gabinete, o al menos con la línea de trabajo planteada?

Sobre cómo debería seguir este marco institucional, es algo que hay que volver a conversar. Por ahora es como está dicho en el decreto que tenemos vigente. Al margen de si esta estructura queda o no, lo relevante es la jerarquización del tema. Este no es un tema que involucre a un solo ministerio, sino que supone un esfuerzo nacional, que sin dudas está sostenido en la capacidades de las fuerzas armadas; sin ese actor clave no vas a clase, no tenés presencia. Ahora, a ese actor clave tienen que acompañarlo otros actores claves. Tiene que estar el Ministerio de Relaciones Exteriores, que siempre ha estado vinculado, aprovechando todo lo que ofrece ser parte de la Antártida, tanto en términos de acceso a derechos hacia adelante como en derechos actuales que Uruguay no está explotando, y por otro lado está la oportunidad increíble de negociación bilateral con países que son socios del Tratado Antártico. Por ejemplo, mientras que en cualquier área Uruguay es un actor menor en relación con China, en el apoyo a la base que tienen en la isla Rey Jorge somos un actor clave. Este año tuvieron un problema para desplegar a sus científicos y nosotros les entramos la gente en nuestro avión y hasta les terminamos llevando comida para la fiesta de fin de año. Hace poco hubo una reunión bilateral con China, y en el almuerzo su embajador dijo que para el año que viene, además de incluir el tema lácteos, había que incluir la cooperación antártica. Eso está ahí para que el canciller lo aproveche y saque el mejor rédito posible en cualquier dimensión relevante en la política exterior bilateral con China.

“Estamos demasiado concentrados en defender los derechos futuros sin atender adecuadamente los que podemos estar perdiendo actualmente”.

¿Cómo sigue esto?

Independientemente de si la estructura es la de un gabinete, lo fundamental es que no se pierda esta visión de que la actividad antártica requiere esos cinco aspectos: la logística y la capacidad operativa, sostenidas básicamente por las fuerzas armadas, pero también por empresas públicas como UTE y Antel, y por eso el MIEM es fundamental y capaz que el Ministerio de Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente podría serlo también; la parte ambiental, que le toca al MVOMA hoy y al ministerio de Medio Ambiente mañana, y que involucra también los temas de cambio climático; la parte de las relaciones exteriores, y la parte científica. Si no logramos mantener todos esos aspectos funcionando, estamos yendo a clases pero no estamos aprobando los exámenes. Lo que uno quiere es construir una imagen que te permita velar por tus derechos. Y eso requiere tener una buena imagen cuando se discuta el protocolo ambiental en 25 años, pero también tenés que tener un buen papel hoy en los foros en los que se discuten cosas a las que Uruguay tiene derecho a acceder.

Otra de las cosas importantes que se hicieron fue crear una Dirección de Asuntos Antárticos en la cancillería. Se logró tener una visión de mediano plazo y una hoja de ruta. Sería ideal que las nuevas autoridades la incorporaran y ajustaran lo que crean necesario, pero que mantengan una hoja de ruta que nos ordene a todos hacia dónde queremos ir y qué es lo más prioritario hacer.

¿Sos optimista, entonces?

Soy optimista, porque me parece que esto en general todo el mundo lo entiende. Estar en la Antártida es un esfuerzo nacional, y si no estamos todos empujando es imposible. Estar en la Antártida, para Uruguay, es lo más parecido a estar en la Luna. Por eso es heroico que mientras hablamos, el Hércules esté cruzando a la isla Rey Jorge. Pero si no estamos todos empujando, la Luna está lejos. Creo que hay una sensación de que esto es bueno y que hay que mantenerlo. Lo importante es afianzar esa visión de que esto es una tarea colectiva que necesita que todos los actores participen en un plano de igualdad. Ningún actor sustituye al otro, y si no cumplimos con esos cuatro aspectos, entonces estamos fallando.