Con un escalofrío se te erizan los pelos de la nuca, tus pulmones se hinchan, los músculos se tensan y el corazón te palpita contra el pecho; la adrenalina y el cortisol invaden tus sistemas. Tenés miedo. Y eso, dependiendo de las circunstancias, está muy bien.

El miedo tiene una importante función evolutiva, hace que estemos atentos a amenazas y representa una reacción primordial frente al peligro. Sin mucho esfuerzo, podemos distinguir que además existe más de un tipo de miedo: no es lo mismo la inquietud de quedarte solo de noche en un lugar extraño, al horror de esa cucaracha que de repente se le ocurre que puede volar.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Turku, Finlandia, dirigidos por Matthew Hudson, se interesaron en estudiar las bases neurales de distintos tipos de miedo desde un punto de vista dinámico. Entre otras cosas, buscaban comprender qué ocurre mientras nos vamos asustando cada vez más. Pero investigar el miedo en humanos no es sencillo.

La mayoría de los estudios se hacen en condiciones de laboratorio reducidas, muy alejadas del mundo real. El miedo suele evaluarse con eventos sensoriales puntuales y abstractos, por ejemplo, con la reacción frente a un cuadrado en una pantalla que predice un pequeño choque eléctrico. Si bien esos estudios aportan información muy útil, el cerebro evolucionó de forma de responder a una realidad compleja y cambiante, en la que se aglomeran y entremezclan una cantidad inmensa de estímulos en movimiento. La solución, sin embargo, estaba al alcance. Si hay algo dinámico, capaz de manipular nuestras emociones y hasta nuestra respuesta cerebral, es el cine (por más información sobre la relación entre el cerebro y el cine, ladiaria.com.uy/ANUf).

Miremos una de terror

Las películas de terror se especializan en manejar los distintos tipos de miedo. Por un lado, sus ambientaciones tétricas y la música sugerente son expertas en generar un miedo anticipatorio, de intensidad progresiva. La velocidad lenta con la que una mano va hacia al pestillo de la puerta, e incluso los primeros planos del protagonista en apuros, cuando gira hacia un costado y hace una mueca de horror por algo que aún no podemos ver, generan una acumulación de tensión y ansiedad, porque percibimos que el peligro acecha, que algo horrible está por suceder. A este miedo, que se basa en la posibilidad de una amenaza, aunque aún no la hayamos enfrentado, podemos llamarlo “miedo sostenido”.

Por otro lado, las películas de terror son famosas por los sustos, la aparición repentina del fantasma-monstruo-asesino, eso que te hace saltar en la butaca o liberar el grito. A esto se le llama “miedo agudo”, y en general despierta la famosa reacción de “lucha o huida”, una respuesta fisiológica de activación extrema frente a un peligro inminente, que prepara al organismo para tomar alguna decisión drástica y aumentar un cachito la probabilidad de sobrevivir. Los autores del estudio, publicado recientemente en NeuroImage, vieron aquí un buen modelo, y se dispusieron a analizar la actividad y conectividad cerebral de varios voluntarios mientras miraban una película de terror.

Pero ¿cuál miramos? Esto es ciencia, y ni la película se elige así nomás. Lo primero que hicieron fue consultar bases de datos online sobre películas (Rotten Tomatoes, IMDb y AllMovie) y generar una lista de las 100 películas de terror mejor ranqueadas. Luego llevaron a cabo una encuesta en base a esa lista, que contestaron unas 216 personas. Allí les pidieron que opinaran sobre la calidad de las películas y qué tanto miedo daban, además de preguntarles por su experiencia al mirar cine de terror. A partir de eso hicieron una lista de las diez películas más terroríficas según la encuesta, en la que El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001) lidera la tabla, seguida de cerca por En presencia del diablo (Na Hong-jin, 2016) y El Conjuro (James Wan, 2013). Pero no eligieron ninguna de esas.

Para el estudio seleccionaron, siempre dentro del top diez, El conjuro 2 (James Wan, 2016) e Insidious (James Wan, 2010). ¿Por qué? Porque tenían un puntaje similar en calidad y nivel de miedo, no muchas personas de la encuesta la habían visto al momento del estudio, son del mismo director, y ambas tienen una buena cantidad de sustos abruptos. El estudio ya aportaba, por lo pronto, varias recomendaciones.

La encuesta extrajo además algunos resultados interesantes. Por ejemplo, en cuanto al tipo de películas de terror que dan más miedo, el premio, con casi 80% de los votos, fue para el terror psicológico, seguido de las películas basadas en evento reales y el horror sobrenatural. Las películas de monstruos y terror adolescente ya no asustan tanto, y están al fondo de la lista; lo lamento Freddy, los tiempos cambian. Cuando les preguntaron cómo se sienten al ver una película de terror, las emociones que dominaron fueron exaltación/emoción, susto y ansiedad. Esta euforia cercana al miedo puede tener algo que ver con las razones de por qué disfrutamos tanto de asustarnos.

Cerebros asustados

Hora de poner play. Los valientes voluntarios vieron segmentos editados de una de esas películas dentro de un aparato de resonancia magnética funcional, equipo que permite ver en tiempo real qué zonas del cerebro se activan.

Ver una película de terror en esas condiciones, podemos imaginar, es una experiencia interesante e inmersiva: solos, atrapados dentro de un tubo de metal sin poder movernos demasiado, y con la película proyectada en unos lentes con pantalla, como los de realidad virtual. Hacia el costado de la pantalla los voluntarios tenían una escala de miedo que controlaban con el movimiento de un mouse. Así debían indicar cuando aumentaba o disminuía su nivel de miedo. Esto permitió a los investigadores tener una medida del “miedo sostenido” al cual asociar la actividad cerebral. Para el “miedo agudo” fue más sencillo, ya que les bastó con monitorear el cerebro cuando se les proyectaba una escena de susto repentino.

Foto del artículo ''

Cuando aparecían los sustos, como esa maldita monja en el espejo de El conjuro 2, la imagen del cerebro de los participantes se llenaba de color, en especial en regiones que ya son bastante reconocidas por su participación en la respuesta de lucha o huida, como la amígdala, el hipocampo, el tálamo y distintas zonas de la corteza. Estas son regiones asociadas con el procesamiento emocional instintivo, el aprendizaje y la memoria, y la planificación y ejecución de acciones, todo lo necesario para responder rápidamente a una amenaza inesperada que se nos cae encima, ya sea para largar ese puño al boleo o salir corriendo.

Pero estas regiones activadas no fueron las mismas detrás del miedo sostenido. Avanzar por esos pasillos oscuros y acercarse a esa sábana que parece esconder algo debajo se asoció principalmente a un aumento de la actividad en la corteza sensorial y algunas zonas motoras. Tiene sentido: a medida que una posible amenaza se hace cada vez más inminente, se amplifica el procesamiento sensorial, estamos más atentos y vigilantes a nuestro entorno, sensibles a cualquier mínimo ruido o sombra que se mueva por el rabillo del ojo, a la vez que hay cierta preparación motora para reaccionar. De esta manera, los investigadores pudieron observar que los dos tipos de miedo se apoyan en distintos circuitos cerebrales.

Pero ahora viene lo interesante. Las regiones del miedo sostenido y el miedo agudo no trabajan cada una por separado, sino que interaccionan bastante. Hudson y su grupo vieron que a medida que el miedo se incrementaba, había una mayor conectividad funcional entre estas dos redes, como si los circuitos del miedo sostenido fueran despertando a las regiones del miedo agudo de antemano, dejándolas en un estado de mayor reactividad para que, en caso de presentarse una amenaza, estas redes reaccionen de manera más rápida y eficaz, y de esa manera tengamos más chances de zafar a tiempo.

No sólo eso: también observaron que cuanto mayor era el nivel de miedo experimentado, había una mayor sincronización de las respuestas cerebrales entre los participantes. O sea que a medida que estaban más asustados, sus cerebros se comportaban de manera más similar. Esto puede tener que ver con el dominio progresivo de las respuestas más instintivas del miedo, a diferencia de las respuestas previas y más variables de evaluación de amenazas.

El cine como herramienta

El cine tiene una gran facilidad para manipular nuestro cerebro, y desde allí, el resto del organismo. Como ejemplo extremo de ese poder, un estudio de 2015 (“Bloodcurdling movies and measures of coagulation: Fear Factor crossover trial”, de Banne Nemeth y colaboradores) demostró que luego de ver una película de terror, las personas tenían aumentados los niveles del factor VIII de coagulación de la sangre, sin que aumentara la coagulación en sí. Esto ocurre cuando nos asustamos, y puede formar parte de la preparación del organismo para un daño potencial; otra que película intensa.

Esta capacidad, sumada a la habilidad que tiene para ponernos en otras pieles y situaciones, hacen que el cine, además de una fuente de placer y de indagación artística, pueda utilizarse también como herramienta de investigación biológica en humanos, área en la que la generación de modelos de estudio es altamente desafiante. De hecho, los aportes novedosos de este estudio fueron posibles gracias al uso de películas, ya que eso fue lo que permitió una comparación temporal y dinámica entre los dos tipos de miedo. De haberse estudiado con modelos convencionales, de forma aislada, tendríamos una descripción confinada de eventos en cada tipo de miedo, pero desconociendo el rol fundamental de su interacción.

Además de conocernos más a nosotros mismos, desentrañar las dinámicas cerebrales entre los distintos tipos de miedo puede ayudar en la búsqueda de soluciones a algunos problemas. Por ejemplo, se ha hipotetizado en que los trastornos de pánico (no confundir con ataques de pánico y ataques de ansiedad, que son manifestaciones del trastorno de pánico, pero pueden ocurrir sin este) las personas tienen los circuitos neuronales del miedo sostenido hipersensibles y, en consecuencia, una red de respuesta a amenazas fácilmente activable. Esto podría llevar a que muchas veces las personas sientan terror y se desencadene una respuesta fisiológica de alerta sin amenazas o razones claras aparentes. Trabajos como el de Hudson plantean una nueva forma de profundizar en el estudio de estos procesos.

Por último, es importante notar que los efectos en el cerebro fueron muy similares entre ambas películas, así que no tienen por qué limitarse a mirar El Conjuro 2 o Insidious para aumentar su atención sensorial, sentirse llenos de emoción y ejercitar dos redes de circuitos cerebrales interconectadas. Cierren la puerta del ropero, manténganse lejos de las bocas de tormenta y no repitan nombres exóticos frente al espejo: hoy está para una de terror.

Artículo: “Dissociable neural systems for unconditioned acute and sustained fear”.
Publicación: NeuroImage (2020).
Autores: Matthew Hudson, Kerttu Seppälä, Vesa Putkinen, Lihua Sun, Enrico Glerean, Tomi Karjalainen, Henry Karlsson, Jussi Hirvonen, Lauri Nummenma.

Más sobre el tema: El cerebro cinéfilo: qué pasa en el cerebro cuando estamos en una sala de cine