Queramos o no, todos nos manejamos con ciertas ideas generales sobre el mundo, que, en algunas ocasiones, son caldo de cultivo para los prejuicios. Cuando alguien piensa qué investiga un economista, probablemente surjan temas como la inflación, la distribución del ingreso, la política cambiaria, la promoción de inversiones, la balanza comercial, etcétera. Es casi seguro que nadie se plantee que un economista investiga la felicidad. Por eso, cuando veo que Luciana Méndez, del Instituto de Economía (Iecon) de la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración, publicó un artículo sobre la felicidad en una revista de estudios, los ojos se me abren tanto como cuando esperamos que un ministro de Economía anuncie de cuánto será el aumento de las tarifas públicas. “¿Tan insatisfechos como para irse? El rol de las percepciones, expectativas y creencias en la intención de emigrar de los jóvenes: evidencia desde un país en desarrollo” se llama el artículo publicado el 21 de diciembre por la revisa Journal of Happiness Studies. Probablemente no haya recibido mucha atención debido a las fiestas y las vacaciones, aun cuando dice que tres de cada diez jóvenes de Uruguay estaban insatisfechos como para irse a otro país mientras el cielo se llenaba de fuegos artificiales y el calor comenzaba a arrimar gente a las playas.

El trabajo también plantea una aparente paradoja: ese porcentaje de jóvenes con ganas de emigrar se mantiene inalterado desde la década del 90, tiempo en que empezó a realizarse la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud (ENAJ). El país vio crecer su economía, luego sufrió una estrepitosa crisis, experimentó una bonanza inusitada y un crecimiento económico casi sostenido por 15 años... pero nada de eso parece hacer cambiar de parecer a los jóvenes. En subida y en bajada, 30% pensaron en probar suerte en otra parte.

La felicidad no es todo, pero cómo ayuda

Cuando le pregunto a Méndez cómo es que terminó publicando en una revista científica sobre la felicidad, explica que dentro del Instituto de Economía forma parte de un grupo que trabaja sobre desigualdad y pobreza. “En ese grupo hay investigadores, como Martín Leites, Gonzalo Salas o Andrea Vigorito, que ya trabajan con el bienestar subjetivo como una forma de tener en cuenta otros factores además del ingreso absoluto, el salario o el empleo”. Por bienestar subjetivo se entiende el reporte que las personas hacen de distintos aspectos que afectan su calidad de vida, desde el uso y goce del tiempo libre, sus perspectivas de futuro, relaciones personales, acceso a la vivienda, al empleo y varias otras variables. “Lo que se busca es considerar otras dimensiones del bienestar que no están consideradas en la literatura más clásica”, dice Méndez. De hecho, la economía comportamental, o behavioural economics, hace tiempo hizo un gran aporte al constatar que los humanos no somos los seres racionales que están en la base del modelo de la economía clásica. Esta rama del conocimiento, que aborda el efecto de factores psicológicos, emocionales y culturales en las decisiones económicas, ha mostrado que gran parte de nuestras decisiones son tomadas primero de forma emotiva, y que recién luego de ser tomadas se racionalizan. Por otro lado, hay quienes van aún más allá y afirman que la economía clásica ha puesto demasiado énfasis en la competencia y en la idea de que cada individuo sólo busca maximizar sus ganancias y que, por tanto, se mueve sólo en función de sus propios intereses. Hoy hay ramas de la economía que también toman en cuenta la cooperación, el altruismo y otros factores que no se limitan al “cada uno por su cuenta”.“La literatura más tradicional que estudia los movimientos migratorios se fija en los actos de la persona. Cuando la persona emigra, registra entonces su preferencia ya revelada”, dice Méndez. “Otra literatura sostiene que la decisión migratoria implica un proceso mucho más complejo que el moverte a otra parte. Primero surge la intención de migrar y luego una etapa de planificación. Recién al final de todo eso ves o no el acto de la persona”. Para la investigadora, estudiar la migración observando quiénes se fueron y hacerlo viendo quiénes tienen intenciones de irse no es lo mismo: “Al estudiar la intención de migrar se observa si esa posibilidad implica tratar de estar mejor en términos de empleo, familia, movilidad, de vínculos, de oportunidad de acceso a ciertos bienes y servicios”. Hasta aquí parecería que todo fuera una cuestión de abordaje. Pero no: hay razones para tratar de analizar el fenómeno migratorio desde otra perspectiva. “Si uno mira las Encuestas Nacionales de Adolescencia y Juventud, que se vienen haciendo desde 1990, las intenciones migratorias se mantienen, a pesar de las circunstancias muy distintas de cada período. El país ha cambiado en un montón de cosas, sin embargo la intención migratoria no se mueve”, dice Méndez. Luego es aún más gráfica: “Uno pensaría que cuando el país está mal, la gente se quiere ir, como pasó en la crisis del 2002. Pero, en realidad, te fijás en el 2013, con indicadores económicos que muestran una baja de la pobreza, casi eliminación de la indigencia, una tasa enorme de crecimiento del país, aumento del ingreso real, y la intención de emigrar se mantiene. Hay algo que pasa ahí y que no te lo está explicando el número puro y duro”. Justamente, tratar de encontrar las causas de este fenómeno es lo que busca su artículo.

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Triunfadores frustrados

En su trabajo, Méndez se propone responder dos preguntas. Por un lado, “¿en qué medida la satisfacción económica, como una dimensión importante del bienestar informado de las personas, impulsa las intenciones de migrar?”. Por otro, si “las oportunidades percibidas en el país de origen afectan la satisfacción económica de los jóvenes”.

Para ello utilizó microdatos de la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud de 2013, en la que se consulta a adolescentes de centros poblados con más de 5.000 habitantes. Si bien la encuesta recoge datos de individuos de entre 12 y 29 años, para el trabajo sólo estudió a los jóvenes de 18 años y más (2.331 personas). De allí obtuvo los indicadores para evaluar expectativas y percepción subjetiva de acceso a empleo, vivienda y bienes y servicios, así como información de sus trayectorias educativas, laborales y de migración, y su satisfacción económica (que surge a partir de la pregunta “¿cuán satisfecho estás hoy con tu situación económica personal?”, que los encuestados debían responder con una escala de 1 a 5 en la que 1 era “muy insatisfecho” y 5 “muy satisfecho”). También recurrió a la Encuesta Continua de Hogares del mismo año para obtener datos socioeconómicos de la misma población. Al analizar los datos, el trabajo afirma que “en promedio, un tercio de las personas encuestadas declaran intenciones de migrar”. ¿Y quiénes son los jóvenes que piensan en irse, al menos como una posibilidad? “Lo que encontramos está muy en línea con lo que dice la literatura más general”, adelanta Méndez. “Los que más se quieren ir son los más jóvenes, los más educados, los varones más que las mujeres, y los más pesimistas”, dice, y aclara que los más pesimistas no son aquellos a los que peor les fue en la vida.

En el trabajo publicado se habla de un concepto, acuñado por dos investigadores que trabajaban sobre emigración en América Latina: el de los triunfadores frustrados. “Graham y Markowitz vieron que los que tienen más intención de irse son quienes tienen mejores ingresos objetivos y mayor nivel educativo y que, a pesar de ello, son los que reportan estar más insatisfechos con su situación económica, los más frustrados en términos de oportunidades en el país donde se encuentran”, dice la investigadora.Los resultados podrían parecer contraintuitivos: Luciana cuenta que en una entrevista le decían que uno esperaría que los más pobres fueran los que más intención tienen de irse a otro país. “Este trabajo está diciendo otra cosa. Tu ventana de oportunidades te va a ayudar a que tengas una intención de emigrar. Si, por ejemplo, tenemos un joven de un barrio periférico que nunca fue al centro, su realidad va a ser distinta, y puede que ni siquiera se plantee la posibilidad de emigrar”, comenta. El asunto es que emigrar no sólo implica estudiar escenarios posibles, sino que hay factores sociales y económicos que inciden en la planificación y posterior decisión. No emigra quien quiere, sino quien puede, y así lo deja claro el artículo: los jóvenes dispuestos a emigrar tienen más probabilidades de ser “más ricos, vivir con ambos padres, tener redes sociales en el extranjero (por ejemplo, familiares y amigos en un país extranjero) y tener una segunda ciudadanía” que aquellos que no tienen intención de irse a otra parte. “Lo que vemos en este trabajo es que la gente con menores ingresos no se plantea tanto la posibilidad de emigrar. Muchas veces en su entorno nadie se movió, a veces ni siquiera del barrio”, amplía Méndez. Señala, además, que quienes están desempleados son menos proclives a irse, ya que no tener trabajo impone restricciones, como la de no tener un capital inicial para acomodarse en el país que los reciba. Le pregunto entonces si, parafraseando algunas de las acusaciones que se le hicieron al psicoanálisis hace décadas, la emigración no es una enfermedad burguesa. “Depende de qué definas como ‘burgués’”, responde tentada. “Creo que la emigración está muy asociada a las condiciones que tiene la persona, no sólo materiales, sino también de quiénes son los que la rodean y de las posibilidades de escuchar relatos de gente que ha emigrado”, dice luego, y complementa: “Capaz que para alguien de clase media, media alta, o alta, emigrar está dentro de sus posibilidades de moverse, pero probablemente para alguien que está en condiciones muy deprimidas no esté en su set de posibilidades”.

Más que números

“La intención migratoria no es buena ni mala; lo que te está mostrando es que hay una cierta insatisfacción que tiene que ver con las oportunidades que la gente está percibiendo”, afirma Méndez. “La insatisfacción económica es esa brecha que percibo entre mis objetivos y lo que puedo lograr, o entre lo que logré y lo que pensaba que podía lograr. Hay que tener cuidado con eso; no es sólo subir el ingreso o aplicar más plan de equidad; hay que generar condiciones y oportunidades para que la gente sienta que tiene objetivos y que los puede alcanzar”. Que la satisfacción económica no dependa directamente del aumento del PIB, del empleo o de otros indicadores objetivos de la actividad económica refleja que cuando hablamos de felicidad y bienestar, el abordaje económico tradicional es incompleto. “Cualquier indicador objetivo es un promedio de la situación general de la población”, advierte Méndez. “Si uno mira la tasa de desempleo de Uruguay en este período exitoso, era muy baja, pero en los jóvenes era el doble que en los adultos. Los jóvenes entonces van a percibir la realidad de distinta manera, y lo mismo pasa entre un joven de 22 y uno de 29, que ya está en otro ciclo”, señala la economista. “Cuando uno mira el dato duro se pierde parte del ciclo de vida de las personas que están ahí y que se están formando expectativas”, agrega. Obviamente que el número estadístico tiene su valor. Pero Méndez enfatiza la dimensión subjetiva, que es la que nos hace estar satisfechos o no. “Los jóvenes no aspiran sólo a tener un buen trabajo; aspiran a que el ingreso que obtengan les permita vivir. También hay que ver qué implica un buen vivir para esos jóvenes. ¿Implica poder juntarse con sus amigos en un bar, tener momentos de ocio y acceso a la cultura, implica viajar, poder alquilar una vivienda? Hay cosas que están jugando ahí que el número en bruto no te va a decir”, afirma. Por eso para ella la Encuesta Nacional de Adolescencia y Juventud es una herramienta valiosa: “Mira mucho las percepciones de los jóvenes en términos de participación democrática, participación en el deporte y cómo perciben sus oportunidades respecto de un montón de dimensiones del bienestar”.

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La felicidad esquiva

“La intención migratoria no tiene por qué verse como algo negativo; sólo indica que esos jóvenes están pensando en moverse. Pero ese movimiento puede ser permanente o transitorio. Puede que se vayan, se formen en el extranjero y luego regresen. Eso sería positivo, siempre y cuando el país te reciba en condiciones medianamente decorosas. Pero también podría pasar que el joven se forme y decida quedarse afuera. Si hubiera políticas de cooperación entre los que están afuera y los que se quedan en el país, también podría haber un efecto positivo”, dice Méndez, para quien quiera recoger el guante. Tal como deja en evidencia el artículo, la insatisfacción económica, un indicador subjetivo de bienestar, y no las condiciones económicas objetivas, es un factor a tener en cuenta en la intención de emigrar de los jóvenes. Esta relación no correspondida entre ingreso y felicidad tiene una contracara: “Está en el imaginario que la gente que se va está mejor que en Uruguay, pero hay trabajos que muestran que la gente que efectivamente migró presenta una caída en su nivel de bienestar o satisfacción con la vida en general”, señala Méndez.

“Allí incide el grupo de referencia. Y también saber qué pesa más en el bienestar de cada uno, si los vínculos, la familia y los amigos, la situación económica o la salud”, agrega. Es que eso que llamamos “felicidad” es un cóctel en el que la proporción de los ingredientes varía para cada uno. “Además, depende del ciclo de vida que atraviesa la persona. Tal vez a los 25 años la salud no sea tan importante, y sí lo sea el empleo. Pero al ir creciendo es probable que eso vaya cambiando. Sabemos que la familia, la satisfacción con la situación económica, los vínculos con tus colegas de trabajo pesan, pero cuál de todos pesa más es muy variable”, admite.

Cerca de 30% de nuestros jóvenes están insatisfechos y piensan en la posibilidad de irse al extranjero. No todos lo harán, pero el dato nos increpa como sociedad (y más aún si tenemos en cuenta que ese 30% tiene un buen nivel educativo y no es el que peor la está pasando, de acuerdo a sus condiciones económicas objetivas). Para Méndez esto deja de manifiesto un aspecto que merece ser analizado y que excede los objetivos de su trabajo: “Hay algo que está correlacionando la percepción de los jóvenes con las políticas que se han hecho”, dice, y se pregunta cuáles fueron las políticas de empleo o vivienda para los jóvenes. “Una de las formas de cambiar las percepciones es a través de las políticas, de dar señales claras”, concluye. Su trabajo es una señal más que clara de que no alcanza con perseguir indicadores económicos similares a los del primer mundo, al menos no cuando hablamos de la felicidad de la gente.

Articulo: “So Dissatisfed to Leave? The Role of Perceptions, Expectations and Beliefs on Youths’ Intention to Migrate: Evidence from a Developing Country”
Publicación: Journal of Happiness Studies (2019)
Autora: Luciana Méndez