Un reptil de casi un metro de largo se pasó la vida nadando en los océanos ecuatoriales hace unos 220 millones de años. Por alguna razón, este pariente de los dinosaurios dejó de existir y su cuerpo fue depositado en el fondo marino y cubierto rápidamente por algún sedimento. La escena funde a negro.

Cuando vuelve la imagen estamos en mayo de 2011, en la costa de las islas Keku, en el sureste de Alaska. Una bajante de la marea, que se da unos pocos días al año, deja al descubierto el esqueleto fosilizado y casi completo, justo cuando por allí pasa un grupo de geólogos que, sabiendo que en esos días de bajante pueden aparecer cosas de interés, son recompensados con el hallazgo. Sacan su cámara, fotografían el fósil y le mandan la foto a Patrick Druckenmiller, del Museo y del Departamento de Geociencias de la Universidad de Alaska. La escena funde a negro.

Cuando vuelve la imagen estamos en junio de 2011. Los pronósticos indican que durante dos días la marea estará igual de baja que un mes atrás. Los investigadores se acercan al lugar y, a contrarreloj, extraen el fósil. “Aserramos la roca como locos y logramos sacarlo por poco; el agua ya lamía en el borde del sitio”, declara Druckenmiller al portal de su universidad. La escena funde a negro.

Ahora vemos una sucesión encadenada de imágenes del tipo de las que se hacen para dar cuenta de que pasa un largo período de tiempo. En ellas el fósil es preparado en el laboratorio del Museo de la Universidad de Alaska. Cuando, años después, el cráneo quede al descubierto y un hocico puntiagudo emerja, sabrán que se trata de un animal distinto de los conocidos hasta entonces. Obviamente siguen trabajando sobre el resto del fósil encontrado. Mientras los científicos trabajan, hacemos un último corte.

Cuando volvemos es febrero de 2020. La investigación de Druckenmiller y sus colegas acaba de ser publicada en Scientific Reports, del grupo Nature. Y entonces es científicamente oficial: tras nueve años de trabajo, una nueva especie de reptil marino se añade a la historia de la vida en el planeta Tierra.

Nombres tienen las cosas

A la hora de nombrar una nueva especie de animal, los científicos aprovechan para homenajear a personas, hacer referencia a los lugares en los que las especies se encuentran y otras curiosidades, aunque siempre siguiendo determinadas reglas recogidas por códigos internacionales de nomenclatura, como por ejemplo el uso del latín. Dado que el animal descrito por Druckenmiller y sus colegas pertenece a un género distinto de los conocidos dentro del orden de los talatosaurios, el nombre binomial que llevan las especies les permitía escoger dos términos, uno para el género y otro que define a la especie en concreto.

Para nombrar al género del nuevo talatosaurio, los investigadores y los lugareños de Kake, población cercana a la isla donde apareció el fósil, escogieron usar el nombre de un monstruo marino que aparece en la mitología tlingit. En las leyendas de la cultura tlingit de Alaska, Gunakadeit es un monstruo bueno: se dice que trae buena suerte a quien lo vea. Para el nombre de la especie decidieron homenajear a la madre de quien descubrió el fósil, llamada Joseé. De esta manera el reptil marino pasó a llamarse Gunakadeit joseeae.

Un reptil hocicudo particular

Fósil del talatosaurio encontrado en el sur de Alaska - Foto cortesía University of Alaska Museum of the North
Fósil del talatosaurio encontrado en el sur de Alaska - Foto cortesía University of Alaska Museum of the North

Si bien los talatosaurios llegaron a medir unos tres metros, Gunakadeit joseeae era bastante más pequeño. En el artículo publicado los autores estiman que midió entre 75 y 90 centímetros desde el hocico a la cola. Para los autores, esta diferencia de tamaño dentro de ese orden de animales es “indicativa de la adaptación a una amplia gama de roles dietarios y ecológicos”. También se diferenciaba de sus parientes en que presentaba “un rostro extremadamente puntiagudo”.

Gunakadeit joseeae es además uno de los talatosaurios más jóvenes “y uno de los últimos conocidos en el mundo”. Basado en la forma de sus dientes, entre otros datos, los investigadores sostienen que el reptil marino del Triásico medio se habría alimentado de “cefalópodos blandos o peces pequeños”. Para corroborar estas ideas se fijaron en el contenido estomacal fosilizado, pero no tuvieron suerte: “El contenido intestinal preservado no proporciona restos de presas identificables”, afirman en el trabajo, aunque hacen notar que el hecho de que no hayan encontrado restos de conchas marinas, huesos o escamas “es consistente con la preferencia por presas blandas”.

Al observar otras características del cráneo, también suponen o que tenía una gran capacidad de succión o que habrían tenido una musculatura lingual relacionada con la percepción química o el transporte de comida. El animal extinto cobra vida en las hipótesis de los investigadores: “Gunakadeit podría haber tendido emboscadas a presas pequeñas de cuerpo blando dentro de la columna de agua y/o haya sondeado en busca de presas pequeñas en cavidades y hendiduras, capturando presas por succión o prensión, utilizando sus mandíbulas agudas con forma de fórceps”. Para completar el cuadro agregan: “Las presas suaves se agarrarían con los dientes puntiagudos y curvados antes de ser tragadas enteras con la ayuda de alguna combinación de succión, una lengua muscular y/o alimentación inercial. Este escenario es consistente con el entorno paleoambiental en una isla volcánica rodeada de arrecifes de coral”.

A pesar de este desarrollado hocico para alimentarse de presas blandas, o tal vez precisamente por estar demasiado adaptados a un único tipo de presa, Gunakadeit y el resto de los talatosaurios no sobrevivieron para contar su cuento en primera persona. “A pesar de su amplia dispersión y variedad ecomorfológica, los talatosaurios no se adaptaron a los estilos de vida altamente pelágicos observados en los ictiosaurios, contemporáneos del Triásico tardío, y los plesiosaurios que persistieron hasta el Jurásico”, señalan Druckenmiller y sus colegas.

Por más que afirmen que “Esta selectividad aparente de la extinción de reptiles marinos a través del límite Triásico-Jurásico puede estar vinculada a los cambios en el nivel del mar y a la reorganización de los ecosistemas marinos durante la extinción masiva del Triásico final”, Gunakadeit se las ingenió para que, paleontólogos mediante, algo de su legado llegara hasta nuestros días.

Artículo: “An Articulated Late Triassic (Norian) Thalattosauroid from Alaska and Ecomorphology and Extinction of Thalattosauria”.
Publicación: Scientific Reports (2020).
Autores: Patrick Druckenmiller, Neil Kelley, Eric Metz, James Baichtal.