El bisfenol A es un químico tóxico presente en muchas productos que nos rodean, incluidos los tickets de papel térmico que a cada segundo expenden cajeros, comercios y la flota de transporte montevideano. Ya que el bisfenol A se absorbe a través de la piel, deberíamos tomar medidas para el manejo y uso de este tipo de impresos.

La primera vez que supe del bisfenol A fue en una entrevista con el científico Daniel García, al terminar una entrevista por su investigación acerca de cómo los peces anuales Austrolebias lidiaban con los cambios del clima. “Un tema interesante sobre el que podés hacer una nota es sobre el bisfenol A que está ahora en todos los tickets” dijo con cierta preocupación. García tenía razón: el tema es interesantísimo y, sin darme cuenta, como supongo que le debe haber pasado a muchos lectores y lectoras, hacía tiempo que estaba en contacto con el bisfenol A. Hace unos días García volvió a la carga y me envió un breve artículo publicad en Planeta Plástico, una sección de National Geographic destinada a “crear conciencia sobre la crisis global de desechos plásticos”. El título de la nota era bastante elocuente: “¿Por qué aún no están prohibidos los dañinos tickets de la compra?”. García logró su objetivo: tras hacerme leer algunos artículos científicos al respecto, espero que esta sea la nota que tenía en mente.

Bisfenol omnipresente

Sintetizado por primera vez en 1891, el bisfenol A, nombre común que se le dio al 4,4’-isopropilidendifenol, es una sustancia blanca, sólida y cristalina “con un suave olor fenólico en condiciones ambientales”, según sostienen Ya Ma y sus colegas en el artículo “Los efectos adversos a la salud del bisfenol A y sus mecanismos de toxicidad relacionados”, recientemente publicado. Luego de su descubrimiento, el bisfenol A, o BPA, por su sigla en inglés, pasó a utilizarse en múltiples productos industriales. Hoy es utilizado en plásticos de policarbonato, resinas epoxi y otros polímeros. “Los plásticos de policarbonato hechos de BPA tienen excelentes propiedades químicas y físicas, que incluyen buena resistencia y dureza, estabilidad térmica y resistencia a ácidos y aceites”, reseñan los investigadores en su artículo, motivo por lo que hoy el BPA está presente en gran cantidad de recipientes y envases de alimentos y bebidas, juguetes, vasos e incluso en objetos en vía de extinción como los CD y DVD.

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Como no podía ser de otra manera en un mundo enfermo por el exceso de plástico, en el artículo afirman que “debido a sus producciones en masa y aplicaciones generalizadas, la presencia de BPA es omnipresente en el medioambiente”. El problema es más grave aun que saber que estamos llenando de plástico el planeta: hoy hay abundante evidencia científica para afirmar que el bisfenol A puede ocasionar severos daños a los organismos animales, seres humanos incluidos, ya que “puede ingresar al cuerpo a través de diferentes formas, como el tracto digestivo, el tracto respiratorio y el tracto dérmico”. Al ingresar al cuerpo, el BPA funciona como un disruptor endócrino, es decir, una sustancia que altera el normal funcionamiento y producción de hormonas. “Como un disruptor endocrino, el BPA tiene efectos similares al estrógeno y a los antiandrógenos que causan daños a diferentes tejidos y órganos, incluidos el sistema reproductivo, el sistema inmune y el sistema neuroendocrino”, sostienen en su trabajo. Pero hay más: en años recientes “se ha demostrado que el BPA puede inducir carcinogénesis y mutagénesis en animales modelos”, es decir que provoca cáncer y alteraciones del ADN en animales de estudio, así como afecta la modulación de las respuestas inmunes e inflamatorias y la inhibición de enzimas. Por tanto, el objetivo de la revisión publicada fue “recopilar los datos de investigación actuales disponibles sobre BPA y proporcionar una visión general del estado actual de la exposición a BPA y los efectos relevantes para la salud que cubren la toxicidad reproductiva, del desarrollo, metabólica, inmunológica, respiratoria, hepática y renal y la carcinogénesis del BPA”.

Los resultados de esta revisión no son nada tranquilizadores, aunque el tema no es nuevo. Por ejemplo, se reseña que en 2008 Canadá “se convirtió en el primer país en clasificar el BPA como una sustancia química tóxica y prohibió su uso en la fabricación de biberones”. Lo que se ha visto es que el BPA tiene “efectos disruptores endócrinos en los humanos al interactuar con varios receptores biológicos, como el receptor de estrógenos, el receptor de andrógenos y el receptor de hormona tiroidea”. Estos efectos disruptivos “resultan en riesgos para la salud del sistema reproductivo, el sistema nervioso, la función metabólica, la función inmune, así como para el crecimiento y el desarrollo de la descendencia”. El BPA puede hacerse el invisible y afectarnos en silencio, pero su presencia en nosotros no escapa al ojo de la ciencia: “En el cuerpo humano, el BPA podría detectarse en sangre, orina, leche materna y otros líquidos y tejidos”.

Un lugar importante donde el BPA se ha detectado es en la leche materna, lo cual es potencialmente riesgoso dado su capacidad de afectar, por la alteración del sistema hormonal, el desarrollo de niñas y niños. “Con una buena propiedad lipofílica, el BPA puede acumularse en la grasa de las glándulas mamarias y los bebés lo absorben durante la lactancia. Por lo tanto, la exposición al BPA de los bebés se asocia con las concentraciones de BPA en la leche materna”, dicen en su revisión. Aunque la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) afirmó que “los niveles actuales de BPA no son perjudiciales para ningún grupo de edad, incluidos los bebés”, señalan que “la infancia es un período clave para el desarrollo mental y físico y es más susceptible a los productos químicos peligrosos, como el BPA”.

Boleto de ida

La toxicidad del bisfenol A ha sido registrada en cuantiosos trabajos. Pero además, en un mundo en el que parece haberse puesto de moda la emisión de recibos, tickets y comprobantes impresos en papel térmico, el asunto es más grave. ¿Qué es el papel térmico? Es ese que se usa para imprimir los boletos en el transporte metropolitano, las jugadas en los juegos de azar y muchos otros comprobantes. Y sí, en este papel está nuestro controvertido BPA, por lo que cada vez que tocamos un boleto del Sistema de Transporte Metropolitano, cada vez que hacemos un retiro del cajero y pedimos comprobante, cada vez que pagamos algo, el BPA del ticket que nos entregan pasa a través de nuestra piel (el tracto dérmico) a nuestro organismo.

Si bien se señala que “el tracto digestivo es la mayor fuente de absorción”, y que, como dice un estudio de 2012, “para la población general, la cantidad de BPA de la ruta dietética representa más de 90% del BPA total”, algunos autores alertan que la forma en la que el bisfenol A está presente en el papel térmico podría hacer que se haya subvalorado su toxicidad por la vía cutánea. En el artículo se da cuenta de investigaciones que han estimado en 2017 “que la ingesta de BPA al manipular papel térmico es de 0,0511 microgramos por kg de peso corporal por día en una población en edad universitaria”. Pero también señalan que “la necesidad de manejar papel térmico mientras se trabaja hace que el contacto dérmico sea la ruta principal de exposición al BPA para los cajeros”. En un estudio de 2017 se encontró que “la ingesta dérmica diaria de BPA fue de 0,9543 microgramos por kg de peso corporal por día para individuos expuestos ocupacionalmente en el peor de los casos (manejo del papel térmico más contaminado 150 veces por día)”. En 2016 otra investigación encontró 253% más BPA en la orina de cajeros que tenían contacto con recibos térmicos en comparación con un grupo que no estaba expuesto en su trabajo (8.92 μg/L contra 3.52 μg/L). Resultados similares fueron encontrados en otra investigación de 2017, en la que “las concentraciones de BPA en la orina de seis voluntarios varones aumentaron tres veces después de que manejaron los recibos térmicos” simulando el trabajo de cajero. Sobre la toxicidad del papel térmico, en el paper publicado este mes en Environmental Research los investigadores señalan que “en general, el BPA de las fuentes no dietéticas carece del metabolismo de primer paso después de la absorción”, por lo que circula significativamente más BPA no conjugado en el torrente sanguíneo. Dado que se ha demostrado que “sólo la forma no conjugada del BPA puede unirse al receptor de estrógenos”, estos investigadores concluyen que “la toxicidad potencial del BPA a través de la vía dérmica en humanos podría ser más severa y debería tomarse en serio”.

¿Nos falta tacto?

En el artículo “Manipulación de papel térmico: implicaciones para la exposición dérmica al bisfenol A y sus alternativas”, publicado por Meghan Bernier y Laura Vandenberg en la revista PLOS One de junio de 2017, se afirma que “las agencias reguladoras han descartado en gran medida el papel térmico como una fuente importante de exposición al BPA”, y denuncian que “las estimaciones de exposición proporcionadas por agencias como la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria se basan en suposiciones sobre cómo los humanos interactúan con este material”. A este respecto, detallan que las estimaciones que se hacen sobre estas “exposiciones ‘típicas’ para adultos implican sólo un manejo por día durante períodos cortos de tiempo (menores a un minuto), con superficies de exposición limitadas (tres yemas de los dedos)”. Acto seguido, estos investigadores dan cuenta de experimentos que hicieron en los que ven que esa “exposición típica” no es tal.

“Observamos el manejo del papel térmico en una población en edad universitaria (698 sujetos) en el comedor de la Universidad de Massachusetts. Encontramos que en esta configuración, las personas manejan los recibos durante un promedio de 11,5 minutos, que más de 30% de las personas sostienen el papel térmico con más de tres yemas de los dedos y más de 60% permiten que el papel toque su palma”. De hecho, señalan que apenas 11% de los participantes que observaron manipularon el papel de acuerdo al modelo de la agencia europea “para el tiempo de contacto y el área de la superficie dérmica”. Por todo esto, concluyen que “los modelos actuales para estimar las exposiciones dérmicas de BPA no son consistentes con el comportamiento humano normal y deberían ser reevaluados”.

Volviendo a la nota de National Geographic, que se preguntaba por qué aún no están prohibidos los dañinos tickets de la compra, la respuesta parece ser la de siempre: porque una vez más hay un desfasaje entre la ciencia, los tomadores de decisiones y las objeciones de la industria. En la publicación dan cuenta de una investigación liderada por la Universidad de Granada en la que analizaron recibos térmicos de España, Francia y Brasil. Uno de sus responsables, el doctor Nicolás Oleda, aconseja que hasta que no se tomen medidas para evitar el uso del bisfenol A en los recibos térmicos, habría que evitar que estos recibos entren en contacto con los alimentos, no jugar con ellos, no usarlos para hacer anotaciones ni acumularlos. Su consejo es manipularlos lo menos posible. Pero todos sabemos que lo menos posible implica que los estados defiendan la salud de sus ciudadanos aun cuando eso, como en el caso de los cigarrillos, atente contra intereses de la industria. La evidencia está, resta la voluntad de hacer algo al respecto.

Artículo: “Handling of thermal paper: Implications for dermal exposure to bisphenol A and its alternatives”.

Publicación: Environmental Research (setiembre de 2019).

Autores: Ya Ma, Haohao Liu, Jinxia Wu, Le Yuan, Yueqin Wang, Xingde Du, Rui Wang, Phelisters Wegesa Marwa, Pavankumar Petlulu, Xinghai Chen y Huizhen Zhang.

Artículo: “The adverse health effects of bisphenol A and related toxicity mechanisms”.

Publicación: PLOS One (junio de 2017).

Autores: Meghan Bernier y Laura Vandenberg.

Artículo: “Occurrence, toxicity and endocrine disrupting potential of Bisphenol-B and Bisphenol-F: A mini-review”.

Publicación: Toxicology Letters (setiembre de 2019)

Autores: Afia Usman, Shoeb Ikhlas y Masood Ahma.