Aramis Latchinian concurre todos los años, desde hace más de una década, a la Riviera Maya, donde se encuentran las populares Cancún, Playa del Carmen y Tulum. Pero no lo hace para disfrutar del Caribe, sino para impartir un curso de gestión ambiental costera. De hecho, el pasado junio participó en el simposio Mayaplaya 2019, donde dio la conferencia magistral “Reducción de la complejidad para la evaluación y gestión ambiental de ecosistemas costeros”. El panorama que vio fue desolador.

Las playas de Caribe están plagadas de sargazos, un alga amarronada, que arribó en una cantidad inusitada –su presencia era común en la temporada de huracanes– al punto que es casi imposible penetrar el agua. Las que se depositan en la arena cuando baja la marea comienzan a pudrirse y, según varios reportes, huelen a huevo podrido. Los turistas ven sus vacaciones completamente arruinadas. Además, animales como tortugas marinas aparecieron muertos en varios lugares del Caribe, al enredarse en los densos sargazos y no poder volver a la superficie para respirar. Hay hoteles a los que les cancelaron sus reservas, hay turistas indignados, operadores locales espantados, autoridades impotentes y, sobre todo, un ecosistema arruinado.

Debe ser frustrante participar en proyectos de gestión de playas y proyectar, como hace Latchinian y varios otros expertos, que en diez años las costas mexicanas de esa parte del Caribe habrán colapsado. No se trata sólo de las arribazones de sargazos: las playas de la Riviera Maya están perdiendo su arena, el mar está comiendo la costa, los arrecifes de coral están muriendo, las aguas ya no son cristalinas y el millón y medio de personas que viven o pasean allí aportan, aguas servidas mediante, nutrientes que ya no tienen en los manglares, talados en aras de la expansión turística, la acción filtradora que hacía que las aguas del Caribe tuvieran esa transparencia tan codiciada. “En mi vida nunca tuve un fracaso tan grande”m confiesa Latchinian, no como responsable último sino como alguien que trató de que no se llegara a esta situación. Y hay algo que lo enoja aun más que ese fracaso: que digan que todo lo que sucede allí es consecuencia del cambio climático, que las arribazones sin precedentes de sargazos son un desastre natural o que la principal causa para la muerte de los arrecifes de coral es el aumento de la temperatura del agua o la famosa “mancha blanca”. Para él todo esto es culpa de la rara sapiencia del Homo sapiens.

Aquellos corales no volverán

“Los expertos calculan que dentro de diez años los arrecifes de coral frente a la Riviera Maya van a estar todos muertos”, dispara el investigador. Reconoce que los corales del Caribe presentan el síndrome blanco, una enfermedad que ataca a estos animales (pese a su apariencia, que lleva a confundirlos con vegetación, los corales pertenecen al reino animal) y que no se puede negar que esto está relacionado con su mortandad. “Pero hay que ir más atrás y ver que antes se ha ido reduciendo su capacidad de resiliencia y de adaptación, se han cambiado las condiciones en las que tenían que vivir”, apunta Latchinian. “La mancha blanca es un detonador, pero la causa del problema está en la gestión ambiental de las playas: si estás talando el manglar, si arruinaste las dunas construyéndoles encima, si estás vertiendo aguas cloacales de un millón y medio de personas no es que los corales se estén muriendo por la mancha blanca”, provoca. Es que los corales necesitan aguas cristalinas y, como dice Latchinian, hace tiempo que el agua de la Riviera Maya ya no es así.

Al morir los corales, que funcionan como una barrera natural paralela a los 15 kilómetros de costa de la Riviera Maya, la marea golpea más fuerte la costa y, al mismo tiempo, sin barrera que retenga a la arena arrastrada por el mar, las playas se quedan cada vez con menos arena. Encima, como se ha construido sobre las dunas, fijándolas, el fenómeno de la pérdida de playa se acelera. “Hoy ya hay muchas zonas de la Riviera Maya que no tienen nada de playa, y empezó el proceso en el que las estructuras que están en las dunas se empiezan a descalzar porque el mar entró”, dice. “Se empiezan entonces a ver los geotubos, las bolsas de arena, y surgen muchos esfuerzos para tratar de frenar el mar, cuando el verdadero problema es que se liquidó la barrera de coral, que era lo que mantenía ese equilibrio costero”.

“Pensar que el problema de los corales es la mancha blanca es como pensar que el problema de las floraciones de cianobacterias en nuestro país se debe al aumento de la temperatura de los mares y no al modelo productivo del agro que se está llevando adelante”, desafía Latchinian, en línea con lo que viene diciendo en sus libros hace años: para él hay una tendencia acrítica –o funcional, o ambas cosas– a recurrir a explicaciones globales para problemas que tienen causas locales. “La duna, los manglares, la playa, el coral eran todos ecosistemas que estaban estrechamente vinculados, ninguno funcionaba sin el otro. Necesitabas el manglar para que filtrara el agua y fuera cristalina, necesitabas el coral para que las playas fueran saludables. En la medida que empezaste a romper uno [se refiere a la tala de los manglares], se descalabró todo”, comenta Latchinian. Cuenta que la Riviera Maya, con sus 150 kilómetros ininterrumpidos de hotelería y viviendas, fueron producto de la planificación gubernamental ante la crisis del petróleo a mitad de la década del 70 del siglo pasado como una forma de generar trabajo, desarrollo y hacer crecer la economía. “Hoy, a 40 años desde que fabricaron Cancún, lograron hacer colapsar la Riviera Maya, y en pocos años no va a tener nada de lo que era su atractivo”, vaticina Latchinian.

Sargazos en los cayos de Florida, Estados Unidos. Foto: Brian Lapointe, Llorida Atlantic University Harbor Branch Oceanographic Institute
Sargazos en los cayos de Florida, Estados Unidos. Foto: Brian Lapointe, Llorida Atlantic University Harbor Branch Oceanographic Institute

No está enojado, pero el científico no oculta su molestia ante las explicaciones que recurren al calentamiento global o al caos para explicar el colapso de esas costas mexicanas. “Las autoridades ahora declararon estado de desastre natural en Yucatán por la arribazón de los sargazos. Si se trata de un desastre natural, se diluye la responsabilidad y es poco lo que se puede hacer”, refunfuña nuestro consultor ambiental, que afirma que todo lo que ha hecho el gobierno son medidas tardías, como por ejemplo recoger los sargazos de la costa y el agua. “Este año, por ejemplo, pusieron a la Armada a sacar los sargazos de su mar. Hay un barco de guerra recorriendo las costas y dos helicópteros, con toda una dinámica bélica para enfrentar al enemigo del turismo. Hicieron una evaluación de la eficiencia, y sacaron 3% de los sargazos que llegaron”, deja flotando en el aire. “Declararon una situación de desastre natural, como si fuera un terremoto. Pero no es así. Hay una situación de desastre, sí, pero no es natural”.

Modelos, modelos

Escuchando a Latchinian uno piensa que este colapso de la Riviera Maya es entonces la consecuencia de un modelo productivo, en este caso, de desarrollo turístico. Pero él siempre va un poco más allá en su ambientalismo crítico: “No, no es consecuencia de la aplicación de un modelo productivo, es la consecuencia de la aplicación de un modelo financiero”. Y entonces pasa a explicarse: “Cuando hablamos de capital ambiental, trayéndolo del concepto de capital de Marx, nos referimos a él como un elemento valioso previo al proceso productivo. Pero el capital no es un elemento que te consumís; dispara el proceso productivo, pero al terminar ese proceso tengo disponible ese mismo capital para arrancar otro proceso. Si uno se consume ese capital deja de tener procesos productivos. El capital ambiental son las condiciones que permiten desarrollar un proceso productivo, de manera sostenible, de modo que uno lo siga teniendo”.

Y entonces Latchinian considera oportuno volver a relacionar lo que sucede en el Caribe con lo que pasa en nuestras tierras. “¿El modelo sojero es un modelo de desarrollo económico o financiero? Si es un modelo financiero, los actores consumen todo lo que tienen para obtener la mayor rentabilidad en el menor tiempo posible. Cuando el recurso se agota, parten hacia otro lado”, afirma. “En el caso de Uruguay, me parece, el capital ambiental o natural que tenemos son los suelos fértiles y la disponibilidad de agua. Si en el proceso productivo se consume uno de estos dos elementos, uno se queda sin capital y los procesos productivos se detienen. En el caso de Cancún, el capital que tenían eran playas blancas, arrecifes de coral, aguas cristalinas. Había cosas que podrían no parecer bonitas, como el manglar, pero eran parte de ese capital. En la medida que el proceso productivo se subsumió al capital para producir más rápido, logró hacerlo pero no de manera sostenible, de forma que hoy no se pueden iniciar nuevos procesos productivos. En la Riviera Maya lo que pasó es que se consumieron el capital ambiental”.

Da un ejemplo de lo que afirma: “En nuestro país hay empresas sojeras argentinas que, para su producción de soja en Argentina, tienen una certificación internacional de producción de soja responsable, que tiene que ver con el manejo, con el correcto uso de los agroquímicos, etcétera. Sin embargo, esas mismas empresas no tienen ninguna de sus plantaciones en Uruguay certificada como soja responsable. Se trata de los mismos dueños, que en un lugar lo hacen de forma responsable y en otro sin las mismas exigencias. Es como que nuestro país fuera el patio trasero de la producción de soja argentina”, dice visiblemente molesto. “Su modelo en Argentina es más económico, y en Uruguay es más financiero. Aquí va a producir todo lo que pueda de la forma más rápida posible, y después se va a ir”, añade. Y ya que está reflexionando, continúa: “No sé si fue una decisión de los capitales o de los gobiernos, pero en un momento aquí hubo un cambio y se tomó la decisión de sacrificar calidad por cantidad, es decir vender commodities de forma masiva”.

Otro parecido

Además del modelo financiero, que pretende la obtención rápida del mayor rédito sin importar la conservación del capital ambiental, en el caso del Caribe y sus sargazos Latchinian ve otra similitud. “Las desembocaduras del Orinoco y del Amazonas, que están ubicadas cerca de la entrada al Caribe, por malas prácticas agrícolas, tala del bosque y otras cosas hace años vienen aportando toneladas increíbles de sedimentos con nutrientes al mar. Tal es así que las costas de Trinidad, que era el corredor de entrada al Caribe y que era una isla paradisíaca, hoy están marrones todo el año, ya no tienen aguas cristalinas. Dadas las corrientes marinas, los nutrientes del Amazonas y el Orinoco ingresan al Caribe, y eso hace que dentro del Caribe tengas un aporte importante de nutrientes que se suma al que localmente hacen Punta Cana, la Riviera Maya y todos los centros poblados”.

“En 2015, tras el último floramiento grande de sargazos, se determinó que un poco al norte de las desembocaduras del Amazonas y el Orinoco ya hay una población local de sargazos muy grande, casi como un segundo Mar de los Sargazos. Por determinadas condiciones, en esta zona se desarrolló más una variedad de sargazo que no es la dominante en el Mar de los Sargazos. Mientras en el Mar de los Sargazos la especie dominante es la nadadora, Sargassum natans, en esta otra zona la que predomina es la flotadora, Sargassum fluitans. En una publicación científica reciente, esta gran masa de sargazos en el Atlántico central, bastante más al sur que el Mar de los Sargazos, se denomina Gran Cinturón de Sargassum Atlántico, o GASB por su sigla en inglés. Y, según dicen en el trabajo, publicado en la revista Marine Ecology del 5 de julio, “una interrogante crítica es determinar si se ha alcanzado un punto en el que un GASB recurrente con eventos de arribazón a las playas pasará a ser la nueva condición normal”. Su respuesta no es alentadora: “Bajo un constante enriquecimiento de nutrientes debido a la deforestación y el uso de fertilizantes por la agricultura, la respuesta es probablemente afirmativa”.

“En estos últimos días está entrando al Caribe una masa inédita de sargazos de este nuevo mar”, prosigue Latchinian. “Cuando se suponía que ya había pasado lo peor de los sargazos del período de huracanes de este año, llega esta nueva masa inmensa. Si el interior del mar del Caribe se sigue fertilizando vamos hacia la creación de un tercer mar de sargazos que estará allí de forma permanente. Hoy ya se ve que las arribaciones son cada vez más extensas en tiempo, duración y tamaño. Es un problema de grado hasta que se tengan sargazos casi todo el año”.

Pero, una vez más, advierte que esto no es motivo para pensar en problemas globales: “Esto también es el efecto de algo local, uno puede georreferenciar dónde están las malas prácticas agrícolas, podés ver qué suelos se están erosionando. No es un problema global, no es algo que está pasando en el planeta, es el aporte de estos ríos que a nivel local tienen problemas varios de malas prácticas”.

¿Podemos aprender de los errores?

Lo que está sucediendo en la Riviera Maya y otras partes del Caribe podría ser un caso típico de estudio de lo que no hay que hacer en un ambiente costero. “Es el mejor caso de estudio de mala gestión ambiental con el que me he enfrentado”, ratifica Latchinian. Se supone que el turismo es la industria sin chimeneas. Sin embargo, en unas cuatro décadas ha producido un colapso ambiental en una de las zonas más prístinas del Caribe. “Es un caso caricaturesco, extremo, que se produjo en apenas 40 años”.

“Cuando los investigadores empezaron a ver que el aumento de las arribazones de los sargazos no tenía que ver con el cambio climático, enseguida empezaron a ver este factor del Amazonas. Y eso dio pie a que desde México se viera que la culpa la tenían otros”, dice el científico con cierto pesar. “Creo que las consecuencias de los modelos financieros, que destruyen el capital ambiental, se tratan de hacer pasar como si fueran consecuencia del caos, pero lo que sucedió en la Riviera Maya no es ningún caos, como tampoco es ningún caos lo que está pasando en nuestro país con las floraciones de cianobacterias: es la consecuencia lógica de determinadas acciones, y no se puede decir que no se sabía lo que iba a suceder”.

Siempre se nos habla de aprender de los errores. Sería bueno intentarlo. “De esta situación de la Riviera Maya tenemos que aprender algo para aplicar en Uruguay. Esa costa colapsó muy rápidamente por las malas prácticas. En Uruguay empieza a haber algunas señales de floraciones de cianobacterias cada vez más frecuentes, y no parece haber un cambio de rumbo”.

Un ambientalista a contramano

Aramis Latchinian es licenciado en Oceanografía Biológica por la Universidad de la República y tiene una maestría en Ciencias Ambientales de la Universidad de Zulia, Venezuela. En nuestro país fue director de la Dirección Nacional de Medio Ambiente entre 2002 y 2004, y hoy se desempeña al frente de GEA, una empresa de consultoría ambiental.