El arsénico es un elemento del grupo de los metaloides que abunda en nuestro planeta, donde se encuentra tanto en el aire, el agua como en la corteza terrestre. Al igual que la cifra escogida por los médicos para hacer auscultaciones, el 33 es su número atómico. Pero la relación entre el arsénico y la salud no termina en esta inocua coincidencia: sus formas inorgánicas son altamente tóxicas para los humanos, y se ha relacionado la ingesta y la exposición al arsénico con un aumento en el riesgo de contraer determinados tipos de cáncer (de hecho, la Agencia Internacional para la Investigación en Cáncer lo cataloga como un compuesto del Grupo 1, es decir, forma parte de los 120 compuestos que se sabe que son carcinogénicos para humanos), además de estar relacionado con enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo II, entre otros. Por todo esto, el arsénico es un elemento que enciende las alarmas cuando uno habla de salud.

Las principales formas en las que los seres humanos pueden cruzar peligrosamente su camino con el arsénico son el consumo de agua con altos niveles de este elemento, la ingesta de alimentos que lo contienen, o la exposición a productos de origen humano como pesticidas antiguamente o los aditivos para el tratamiento de la madera (el más común, el CCA, es justamente una mezcla de arsénico, cobre y cromo). Por ello, el trabajo publicado por investigadoras e investigadores de la Facultad de Química y la Facultad de Ciencias titulado “Una reseña sobre problemas de arsénico ambiental y riesgos de exposición en Uruguay” no sólo es interesante y valioso, sino también necesario. Sobre él conversamos con Nelly Mañay, del Centro Especializado en Química Toxicológica (Cequimtox) de la Facultad de Química y con Valery Bühl, del Grupo de Análisis de Elementos Traza y Desarrollo de Estrategias Simples para Preparación de Muestras (Gatprem) de la misma institución.

El arsénico y la salud

El trabajo publicado señala que si bien “la evidencia por los efectos de bajas dosis de arsénico (As) todavía es controversial”, se sabe que “el riesgo de diabetes, enfermedades del corazón, problemas inmunológicos y cáncer puede incrementarse si el arsénico geogénico está presente en el agua subterránea incluso a bajos niveles”, y menciona que varios estudios han mostrado que “la exposición a largo plazo al arsénico a través del agua potable y la comida está causalmente relacionada a riesgos aumentados de cáncer relacionados con la piel, pulmones, hígado y riñón así como a otras enfermedades de la piel”. También se reseña que la literatura científica describe que la exposición al arsénico in útero y en la temprana infancia se ha relaciona con “impactos negativos en el desarrollo cognitivo y un aumento de muertes en jóvenes adultos”.

“Una de las características que tiene el arsénico es que solamente desarrolla cáncer en los seres humanos, no se ha podido reproducir el efecto en animales de experimentación”, dice Nelly Mañay, que agrega que, tanto en toxicología como en farmacología y muchas otras disciplinas, es insólito que no se pueda tener un modelo animal en el que reproducir sus efectos. “En congresos hasta he visto propuestas de tratar de transformar genéticamente a las ratas experimentales para poder ver el mecanismo por el cual los seres humanos generamos cáncer debido al arsénico”, comparte, y luego afirma que “para el sistema biológico humano, el arsénico no cumple ninguna función”.

Arsénico en el agua

Dado que una de las principales fuentes de exposición al arsénico viene por el consumo de agua, el trabajo analiza lo que sabemos sobre su presencia en el agua que tomamos. Es necesario decir que a diferencia de otros contaminantes, la presencia del arsénico se da en forma natural. “Este arsénico viene de las rocas y otros factores geológicos que lo contienen y si aparece en el agua subterránea es porque se va disolviendo al entrar en contacto con estos materiales geológicos. Se ha visto en lugares como Bangladesh que cuanto más se ha explotado el acuífero, cuánta más agua se saca, más se da ese proceso de disolución y aparece arsénico en más altas concentraciones”, explica Valery Bühl.

Detectando el arsénico

En el trabajo se aborda, además, los riesgos de exposición al arsénico en ambientes laborales, como las ya mencionadas plantas de tratamiento de madera con CCA. También da cuenta de un estudio solicitado por un productor de arroz de Treinta y Tres para evaluar el contenido de arsénico en sus aguas de riego y de pozo.
La determinación de nivel de arsénico en los trabajadores se hace mediante el análisis de la orina. Al respecto el grupo ha hecho otro gran aporte: Valery Bühl desarrolló un método de análisis más económico y rápido que el realizado en otras partes del mundo para detectar el arsénico y sus especies tóxicas en orina y así determinar si una persona está expuesta a este, ya sea por el ambiente en que trabaja, como es el caso por ejemplo de quienes tratan madera con CCA, o por la ingesta de alimentos y bebidas.
“En otros países, para hacer lo que yo hice se usa un equipo HPLC-ICP acoplado a masa que sale mucho dinero, del orden del medio millón de dólares. A su vez, no es sólo que cueste mucho comprar el equipo, sino el costo del mantenimiento y de los gases necesarios para el uso”, relata Bühl. “Entonces lo que hicimos fue tratar de optimizar una metodología que fuera barata y que pudiéramos hacer con los equipos que ya teníamos, generando resultados confiables, que pudiera utilizarse para monitorear niveles de arsénico en trabajadores expuestos y que, además, permitiera la especiación para determinar las distintas fuentes de exposición”, agrega.

“Hay un problema: el arsénico no es tóxico en todas sus formas químicas. Si encontrás arsénico en agua superficial, probablemente sea del tipo orgánico, que es muy poco tóxico”, dice Mañay, que aclara que en toxicología no acostumbran decir que una sustancia es no tóxica. El dato no es menor: como bien reporta el trabajo, 94% del agua potable de Uruguay es suministrada por OSE. De ella, sólo 28% proviene de pozos subterráneos, por lo que 72% proviene de tomas superficiales de cursos de agua. El ente estatal controla el arsénico en agua y en 2010 su límite máximo, siguiendo lineamientos de la Organización Mundial de la Salud, bajó de 50 microgramos por litro a 20, con el objetivo de alcanzar la concentración de diez microgramos por litro recomendada por la Organización Mundial de la Salud. Por tanto, el reporte de los investigadores se concentra en repasar qué dicen los estudios que se han hecho sobre arsénico en agua destinada a consumo extraída de pozos.

En 2007, Manganelli y otros evaluaron el arsénico presente en 28 muestras de pozos de los acuíferos Chuy, Raigón y Mercedes. Allí la presencia media de arsénico fue de 16,9 microgramos por litro, pero hubo pozos con máximos de 58 microgramos por litro, cantidad que superaba la normativa vigente de entonces de 50 microgramos (y que excede más de dos veces los límites actuales). En 2013 un estudio de la propia Mañay y colegas reportó análisis de pozos de agua del departamento de San José. El agua provine del acuífero Raigón y es usada por unos 10.000 habitantes, tanto para la agricultura y cría de ganado como para agua de consumo en zonas rurales. De los 37 pozos analizados, 80% de las muestras tuvieron valores que superaban los diez microgramos por litro y 11% superaban el límite normativo de 20 microgramos por litro. En 2014, en un proyecto para MEVIR, se analizó agua de 100 pozos de la zona sur y costera del país, y 37 pozos arrojaron niveles de arsénico superiores a los 20 microgramos.

“Nosotros, desde la toxicología, veníamos trabajando en metales, salud y ambiente. Valery, desde la química analítica, venía trabajando también en metales, pero en la parte de alimentos”, dice Mañay. El paso que las llevó estudiar el arsénico fue tomar contacto con la geología médica por medio de un grupo internacional. “Uno de los principales temas de estudio del grupo de geología médica era el arsénico en el agua y los acuíferos”, recuerda Mañay, quien agrega: “Nos dimos cuenta de que si en Argentina hay un gran problema con el arsénico en el agua, y en Brasil también, era raro que en los acuíferos de Uruguay el arsénico despareciera como por arte de magia. Por tanto empezamos a investigar quiénes estaban con este tema, nos vinculamos con gente de geología y empezamos a promocionar la geología médica”. Tal es así que en 2005 comenzaron a dar un curso en la Facultad de Química y en 2009 organizaron el primer congreso internacional de la disciplina en el país, “3rdHCMedGeo”.

Poniendo el tema en el mapa

Decir que el grupo de trabajo de Mañay ha puesto el tema el arsénico en el mapa no es un enunciado figurado sino literal: en el trabajo colocan en un mapa del país la información disponible sobre el arsénico en los pozos de agua y sobre los casos reportados de melanoma en hombres y mujeres.

“La base de la geología médica es tratar de que los datos geológicos naturales sirvan de base para estudiar efectos perjudiciales o beneficiosos en la salud, por ejemplo en el caso de las aguas termales”, destaca Mañay. Cuenta que uno de los autores del artículo, Mariano Cáceres, geólogo que está haciendo su maestría de Pedeciba Geociencias con ella, está recopilando los datos sobre cáncer y arsénico, depurándolos, tratando de armonizar las unidades, generando una base de datos con la información que hay disponible. “Gracias a la Ley de Acceso a la Información Pública pudimos acceder a datos de OSE, y cuando él [Cáceres] termine su tesis supongo que vamos a publicar algo más específico sobre el tema”.

Es que como sucede muchas veces en Uruguay, no se trata sólo de que a veces no hay bases de datos, sino que los datos existentes no son compatibles, o carecen de información detallada. “Nos encontramos con que el registro de problemas de salud en Uruguay no está armonizado”, dice Mañay, y cuenta que en un seminario reciente sobre plaguicidas, una persona del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos confesó que armonizar los registros epidemiológicos era un asunto muy difícil y complejo en todas partes del mundo. Mañay destaca la buena disposición y la gran colaboración del Instituto de Cáncer de nuestro país, pero señala algunos detalles que son relevantes para la geología médica y para la elaboración de ese mapa que superpone los niveles de arsénico en agua y la prevalencia de la enfermedad: “El reporte de los casos es obligatorio, pero no siempre se considera la causa laboral o ambiental, es decir, en sus registros no está, por ejemplo, el tipo de agua que se consume. Por otro lado, la georreferenciación del caso no siempre es la exacta, porque la persona puede ser de un determinado lugar pero se atiende en un sanatorio que está, por ejemplo, en la capital departamental, y desde allí se hace el reporte. O casos en los que las personas vienen a atenderse en Montevideo”.

A pesar de que habrá que esperar el trabajo con datos depurados de Cáceres y de los registros no armonizados, la superposición de los mapas de arsénico en agua y cáncer dieron sus frutos. “Los datos que tenemos son una aproximación para estimar el riesgo. Vemos alguna correlación entre casos de cáncer y lugares donde se consume agua de pozo, pero no tenemos la certeza de que esa población efectivamente haya bebido agua de esos pozos de los que tenemos el análisis del contenido de arsénico”, explica Mañay. “Por otro lado es necesario recalcar que el cáncer es multicausal”, complementa Bühl, y Mañay agrega que Uruguay es un país con alta incidencia de cáncer. “Nuestra idea no es meternos en terrenos estrictamente médicos. Lo que hacemos es lo que vimos que se hace en otros países”, acota Mañay. “Vi trabajos de Dinamarca que me dejaron apasionada, y también algunos de Chile, que manejan bases de datos específicas de estudios epidemiológicos que correlacionan arsénico y cáncer. Son estudios a lo largo de los años en los que se ve que al bajar los niveles de arsénico en agua hay menos casos de cáncer y baja la incidencia de diabetes, y uno se queda fascinado” agrega.

La geología médica no se limita al estudio del arsénico. Mañay pone otro ejemplo de Dinamarca, en el que en un área midieron el índice de suicidios y el contenido de litio de origen natural en el agua bebible. “Encontraron que quienes consumían agua con más litio mostraban índices de suicidios menores que los que la consumían con menos litio”, resume, esperanzada de lograr avances con estos enfoques y la información disponible en nuestro país. El trabajo publicado hace sus aportes en este sentido al tiempo que, sin generar ni alarma ni pánico, nos llama a prestar atención sobre el arsénico en el agua y cómo ello, gracias a lo que la ciencia va descubriendo, podría ayudar a que vivamos vidas más plenas y saludables.

Artículo: “An overview of environmental arsenic issues and exposure risks in Uruguay”.

Publicación: Science of the Total Environment 686 (2019).

Autores: Nelly Mañay, Mariela Pistón, Mariano Cáceres, Paulina Pizzorno y Valery Bühl.