Hace 14.000 años esto que hoy llamamos Uruguay era un lugar muy distinto. El clima era mucho más frío y seco que en la actualidad, el nivel del mar era 100 metros inferior al que hoy conocemos (para hacerse una idea, nuestra actual Montevideo estaba a unos 150 o 200 kilómetros de la costa), los bosques galería aún no caracterizaban nuestra vegetación y durante el invierno las cumbres de la Sierra de las Ánimas se cubrían de nieve. Y un dato no menor: ya por entonces los seres humanos nos paseábamos por estas tierras.

El paradigma que establecía que el poblamiento de nuestro continente se dio hace menos de 13.000 años mediante la llegada de grupos que venían de Norteamérica a partir de lo que se conocen como grupos Clovis (debido a las puntas de proyectiles así denominadas que fabricaban) se ha ido desarmando principalmente debido a dos sitios arqueológicos, Monte Verde en Chile y Arroyo Seco en Argentina, que, gracias a dataciones confiables mediante la técnica de carbono-14, ubican al ser humano en nuestro Cono Sur mínimo hace 14.600 años. La idea, conocida como Clovis Primero (Clovis First) y dominante durante la mitad final del siglo pasado, se derrumba entonces: en estas partes del continente ya había gente incluso antes de que aparecieran los grupos Clovis en el norte.

A este puzle además hay que agregarle piezas –o puntas– descubiertas en nuestro territorio. El trabajo generado por el arqueólogo Rafael Suárez en los sitios Tigre (conocido también con el no tan ganchero nombre de “K87”) y Pay Paso, ambos en Artigas, durante la última década no sólo ha arrojado luz sobre los pobladores prehistóricos de nuestra tierra, sino que además apuntala con información confiable la idea, ya irrebatible, de que los humanos nos paseábamos por estos vecindarios mucho tiempo antes de lo que se pensaba. Con motivo de la reciente publicación de su artículo “Alta resolución de dataciones de carbono-14 para el Pleistoceno Tardío de tecnología Cola de pescado del sitio Tigre, cuenca del Río Uruguay, Sudamérica” en la revista Quaternary Science Review, Rafael Suárez, del Departamento de Arqueología de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, nos recibe en el Laboratorio de Arqueología con una colección de puntas de proyectiles que hace que por un largo rato el rostro de uno se llene de la más entrañable fascinación infantil.

Poniendo las puntas en orden

Tendidas sobre un paño, Suárez dispuso tres líneas de puntas de proyectiles. Aun cuando uno, que no es experto, ignora que las más antiguas se llaman puntas “Cola de Pescado”, las intermedias puntas “Tigre” y las más recientes puntas “Pay Paso”, las diferencias entre cada hilera de piedras trabajadas son apreciables. Así colocadas estas puntas –Suárez se adelanta a mi atropellamiento y aclara que estas no son puntas de flecha sino de proyectiles con forma de lanza que no se lanzaban con arcos– siguen un orden cronológico que representa tecnologías de tallado de piedra que van desde los 12.800 a los 10.200 años antes del presente. ¿Y por qué son tan importantes estas puntas de proyectiles? Porque en todo el continente, incluso en Norteamérica, son escasos o nulos los restos humanos con esa antigüedad. De esta manera, las herramientas de piedra se vuelven un elemento clave para tratar de entender qué sucedía con los pobladores de la prehistoria americana.

Las excavaciones e investigaciones que vienen haciendo Rafael Suárez y su equipo en los sitios de los ríos Uruguay y Cuareim no sólo son meticulosas, sino que, mediante una gran cantidad de dataciones de carbono-14, han arrojado datos valiosos para tener una mejor resolución de las distintas tecnologías para confeccionar las puntas de proyectil de quienes andaban por el rincón norte de nuestro país. “Las puntas Cola de pescado tienen entre 12.800 y 12.200 años de antigüedad”, dice Suárez sobre este tipo de arma o proyectil que se encuentra en toda Sudamérica y que, como comparte características con las puntas Clovis norteamericanas, durante mucho tiempo abonaban la idea Clovis Primero. De hecho, hasta los trabajos de Suárez cuando se hablaba de estos períodos se pensaba que todas las puntas de esa antigüedad pertenecían a tal tecnología. Pero no sólo no era así, sino que además tampoco fue la Cola de pescado la primera tecnología lítica que usaron los habitantes prehistóricos de esta zona del continente.

“Antes tenemos otros grupos, que nosotros llamamos ‘pre Cola de pescado’, que tienen en Uruguay entre 14.000 y 13.200 años, lo que implica que 1.000 años antes de que aparecieran los grupos que confeccionaban puntas Cola de pescado estas planicies ya estaban siendo exploradas y colonizadas por otros grupos de cazadores recolectores”. Los sitios donde aparecen esos grupos anteriores a los que fabricaban puntas Cola de pescado son Tigre, en Artigas, y el sitio Urupez, que está ubicado en el pie del Cerro del Burro, en Maldonado. “Es en este último donde se han encontrado los dos registros más antiguos de Uruguay, con 13.600 y 13.998 años de antigüedad”, especifica Suárez.

De hecho, en un capítulo del libro Pueblos y cultura durante la Edad del Hielo en América, publicado este año por la Universidad de Utah y editado por Ciprian Ardelean y el propio Rafael Suárez, nuestro arqueólogo propone que “la distribución de la tecnología bifacial Cola de pescado virtualmente por toda Sudamérica” podría haber sido “facilitada por la existencia de poblaciones previas en diferentes regiones del continente” que ya trabajaban la piedra y que “rápidamente adoptaron esta nueva tecnología”. Sin embargo, como sucede hoy, una nueva tecnología es sucedida por otra.

“Hasta ahora lo que hemos descubierto en los sitios, gracias a la estratigrafía y la cronología, es muy claro: aproximadamente 12.200 años atrás en nuestro territorio se dejó de fabricar las puntas Cola de pescado y empezaron a fabricarse las puntas Tigre, que llegaron hasta hace 11.300 años”. En sus trabajos, Suárez propone que las puntas Tigre representan una reorganización tecnológica y cultual, siendo una regionalización –en el sureste del continente– de las puntas Cola de pescado que se encuentran distribuidas por toda Sudamérica y partes de América Central. Pero la historia –o la prehistoria– no acaba allí. “Luego, hace 11.100 años, aparecieron las puntas Pay Paso”, agrega Suárez, quien afirma que una vez que en los perfiles estratigráficos empiezan a aparecer puntas Tigre, las Cola de pescado desaparecen.

Cambia, todo cambia

¿Por qué las distintas puntas se suceden? “Son adaptaciones locales; en otros lugares fueron sucedidas por otro tipo de puntas”, dice Suárez con entusiasmo. Pero además, el investigador observa que esta sucesión de tecnologías podría tener un correlato en lo que pasaba en el continente. “Lo que estamos viendo es interesante si pensamos en los cambios ambientales que se estaban dando en ese entonces, cuando se produce el fin de la última glaciación, el fin de la Edad del Hielo y el comienzo, hace unos 10.0000 años, del Holoceno. Durante el posglacial, entre 14.000 y 13.000 años el territorio fue explorado por cazadores-recolectores. A fines del Pleistoceno aparecieron los grupos Cola de pescado, entre 12.800 y 12.200 años antes del presente. Durante la transición Pleistoceno-Holoceno emergieron los grupos que hacían las puntas Tigre, que tienen una antigüedad de 12.000 a 11.300 años. Al iniciarse el Holoceno aparecieron los grupos Pay Paso”, acota el científico con contagiosa fascinación.

“Lo que estamos proponiendo es que estos diferentes diseños de punta de proyectiles pueden ser innovaciones culturales, respuestas de la tecnología humana a los bruscos cambios en los parámetros ambientales, climáticos, faunísticos y ecológicos que se estaban dando. Porque en ese tiempo es cuando se extingue la megafauna del Pleistoceno, la vegetación empieza a cambiar y la floresta subtropical comienza a colonizar nuestro territorio”, resume Suárez. Incluso nuestro antropólogo va un poco más allá: “Sobre la regionalizacón de las puntas Tigre sostengo que, más que adaptaciones a las praderas, podrían ser adaptaciones fluviales, porque prácticamente 90% de los sitios tempranos de Uruguay están asociados a cursos de agua, ya sean ríos, lagunas, lagos o cañadas. En Pay Paso, por ejemplo, encontramos los restos más antiguos de peces asociados a humanos, boga en este caso, cuando antes se pensaba que eran cazadores de megafauna y de praderas abiertas”.

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Uno podría pensar que estos cambios de puntas, estas distintas tecnologías, corresponderían a distintos grupos humanos que desarrollaban distintas técnicas y que se disputaban el territorio. Pero no sería así. “Lo que pienso, y es difícil de comprobar porque tendríamos que tener esqueletos humanos asociados a estas puntas, cosa que por ahora no tenemos, es que se trata de la misma población, los mismos grupos, que se readaptan tecnológicamente”, hipotetiza Suárez. “Una vez que se dan los cambios, y 600 u 800 años es mucho tiempo, no se vuelve a la tecnología anterior. Muy probablemente la organización social, política y económica de los grupos Tigre fuera muy similar a la de los grupos Cola de pescado”, afirma, al tiempo que agrega que hay que tener en cuenta que las puntas de proyectiles “son marcadores étnicos, son tecnologías que marcan un grupo cultural”. Para ello salta al presente y da un ejemplo: “Si vemos a un metalero, un punk o un hiphopero por la calle sabemos más o menos qué música les gusta. Con las puntas pasaría algo parecido, son marcadores étnicos de identidad y cohesión social”.

Todos estos grupos –los pre Cola de pescado, los Cola de pescado, los Tigre y los Pay Paso– pertenecen a lo que se conoce como paleoamericanos o americanos antiguos. Uno está tentado a preguntar cómo sigue esta sucesión de tecnologías, si este sucederse de formas de hacer puntas que el arqueólogo encontró, y que va desde los 14.000 a los 8.000 años en el pasado, continúa o hay saltos que no permiten seguir la pista hasta las formas de tallar la piedra de grupos como los charrúas y otros indígenas más recientes. “Es que luego de estos grupos hay un gran vacío o silencio arqueológico en el que no hay investigaciones sistemáticas que permitan ver qué pasó entre hace 8.000 y 5.000 años, cuando aparecen los grupos constructores de cerritos que han sido y siguen siendo bien estudiados”, explica Suárez, y para que quede claro señala que “las puntas Pay Paso no tienen nada que ver con las que utilizaban los charrúas”.

De hecho, aprovecha para decir algo que repite frecuentemente en sus clases: “Si pudiéramos contener la prehistoria del Uruguay en una hora, el tiempo que vivieron los charrúas, guenoas, minuanes y todos los grupos de los que hemos oído hablar no ocuparía más que los últimos 40 segundos. De los restantes 59 minutos con 20 segundos no sabemos los nombres de los grupos que habitaron este territorio”.

Un asunto problemático

Tratar de saber cómo llegaron, qué grupos y de qué forma se pobló nuestro continente en la prehistoria presenta varias dificultades. “Originalmente se propuso que los grupos Cola de pescado eran descendientes de los grupos Clovis de América del Norte y que cuando esos grupos llegaron a Sudamérica y América Central se fueron adaptando y desarrollaron la Cola de pescado”, afirma Suárez. “Otra idea es que las puntas Cola de pescado tienen un origen independiente de Clovis, que son originadas en Sudamérica”, cuenta, pero hay una tercer hipótesis, que es la que él sostiene y ha publicado en varios trabajos: “La tercer idea es que Clovis y Cola de pescado tienen un ancestro común que en Norteamérica hizo que se desarrollara la tecnología Clovis y que en Sudamérica se desarrollara la tecnología Cola de pescado”. El investigador aclara que si bien ambas tecnologías tienen casi la misma edad, eso no quiere decir que necesariamente tengan que ser contemporáneas. “Clovis está datada entre 13.080 años y 12.800 años, mientras que las Cola de pescado tienen unos 12.800 en promedio; incluso hay sitios en Perú con puntas Cola de pescado datadas en 13.100 años”, agrega.

El problema es que no todas las puntas de piedra que han aparecido fueron recuperadas de excavaciones arqueológicas, donde se pudo hacer dataciones por carbono-14 y un trabajo estratigráfico meticuloso. “De las casi 200 puntas Cola de pescado que hay en Uruguay, sólo tres se han recuperado en estratigrafía, en el sitio Tigre y en Urupez”, afirma Suárez, quien agrega que en el resto del continente pasa lo mismo. “En toda Sudamérica hay sólo 13 sitios en los que se han datado las Cola de pescado, dos de los cuales son los de Uruguay, por lo que es bastante complicado tener una idea más fina de la cronología general del continente”.

Dicho de esto, el trabajo de Suárez, que por ejemplo sólo en los sitios del norte de Artigas ha reportado 52 dataciones con carbono-14, ha permitido mejorar la comprensión de lo que pasaba en nuestra prehistoria. “Uno de los avances más importantes que hemos hecho fue determinar que, además de las Cola de pescado, hay otras puntas antiguas, como las Tigre o las Pay Paso”, reconoce el investigador. “Hoy si encontramos una punta Tigre en superficie sabemos la edad que tienen. Antes, cuando se encontraban se pensaba que tenían 4.000 o 5.000 años nada más. Lo mismo pasa con las puntas Pay Paso”, ejemplifica. Otro avance significativo que ha logrado Suárez ha sido recuperar los primeros registros de fauna del Pleistoceno asociados con material cultural en un sitio arqueológico de Uruguay.

“El modelo Clovis Primero ya ha sido superado por evidencias que han aparecido en varias partes de Sudamérica. Los datos de Uruguay han servido y han apoyado ese proceso, ya que tenemos dataciones de edades contemporáneas a Clovis e incluso algunas anteriores, por lo que hoy ese modelo no es válido”, dice el arqueólogo. Hay que tener en cuenta que en la arqueología también existen sesgos. Contar una historia en la que las tecnologías de puntas de proyectil norteamericanas son contemporáneas de las sudamericanas y no las que les dieron origen supone un golpe al ego de los del norte. “Incluso llegaron a decir que la punta Clovis era la primer patente norteamericana”, comenta Suárez entre risas.

Trabajar con método y rigor científico, más aun en temas en los que no hay más remedio que hacer hipótesis y especulaciones para llenar el vacío de información arqueológica, es más que necesario. El trabajo, casi silencioso, de Suárez en el norte de nuestro país ha permitido mejorar la comprensión de la prehistoria de los grupos que habitaron nuestro país y, al mismo tiempo, aportan datos que son coherentes con los que han aparecido en sitios de Argentina y Chile. No es poca cosa. Y aunque parezca paradójico, con buena ciencia, lo mejor del pasado aún está por venir.

Artículo: “High resolution AMS 14C dates for late Pleistocene Fishtail technology from the Tigre site, Uruguay river basin, South America”

Publicación: Quaternary Science Reviews (junio de 2019)

Autor: Rafael Suárez

Artículo: “Living on the river edge: The Tigre site (K-87) new data and implications for the initial colonization of the Uruguay River basin”

Publicación: Quaternary International (2018)

Autores: Rafael Suárez, Gustavo Piñeiro, Flavia Barceló

De nombres y puntas

Debido a que existen pocos registros de los pobladores prehistóricos de América, los distintos tipos de puntas de proyectiles, denominados también “tecnologías”, se utilizan para caracterizar a los grupos que los confeccionaban.

Para darles el nombre a las distintas puntas y a su vez extender ese nombre a los grupos que las usaban, por lo general se utiliza el nombre del sitio en el que fueron datadas por primera vez. Es el caso de los grupos Tigre, cuyas puntas vienen del sitio Tigre, o de las Pay Paso. También esto sucede en otras partes: las puntas Clovis o Folsom en Norteamérica también se usan para denominar grupos.

El caso de las puntas Cola de pescado es la excepción que confirma la regla: su nombre se debe a la forma del pedúnculo de la punta, que se asemeja justamente a la cola de un pez. El sitio donde se recuperaron por primera vez en estratigrafía es la Cueva Fell (en el sur de la Patagonia).

“En Uruguay existen más de 30 tipos de diseños de puntas, muchas de las cuales aún no sabemos su edad, porque aparecieron en la superficie y les falta el contexto, la datación”, añade el arqueólogo. Es que no se trata de una tarea sencilla: Suárez cuenta que en Pay Paso excavaron 114 m2 en tres campañas que insumieron ocho meses repartidos en tres años y sólo encontraron seis puntas.