Cuando un país tiene grandes extensiones del territorio dedicadas a actividades agropecuarias, muchas de ellas incluso a monocultivos como la soja y el eucalipto, y, a su vez, posee la menor área de áreas protegidas del continente –sólo 0,878% de nuestro territorio integra el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP)–, defender el eslogan que afirma que es un país es natural no es tarea sencilla. Si a ello le sumamos el problema de la eutrofización de los cursos de agua –cuyas consecuencias más visibles son las verdosas floraciones de cianobacterias y el encarecimiento de la potabilización del agua–, el uso de agroquímicos que, como el glifosato, se ha demostrado que son sumamente perjudiciales para la biodiversidad, la presión inmobiliaria en las zonas turísticas, la amenaza de las especies exóticas invasoras y la acción de ese aniquilador de especies que es el ser humano, realmente es asombroso que la fauna autóctona de este país aún no se haya dado por vencida. Dijera una frase popularizada en los muros, “la vida puede más”.

En 2015, la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) publicó, con la participación de científicos e investigadores, el trabajo Especies prioritarias para la conservación en Uruguay, mostrando que si bien nuestra fauna vive y lucha es necesario emprender acciones para que la pérdida de biodiversidad no nos deje un país más pobre que el que hoy conocemos. De las 119 especies autóctonas de anfibios y reptiles del país, 44 (37%) se declararon prioritarias para la conservación. En el caso de las aves el porcentaje es un poco menor, pero como a su vez tenemos más especies, la cifra no es consoladora: de las 453 especies del país, 123 (27%) se declararon prioritarias para la conservación. En el caso de los mamíferos, el panorama es más preocupante: de las 114 especies autóctonas actuales, 72 (62%) son prioritarias para la conservación.

Sumirse en el catastrofismo no es una opción que dé buenos resultados. Dado que un cambio de las formas de producción del país no parece posible, al menos en el corto plazo, una de las alternativas es tratar de investigar cuál es el impacto del modelo productivo sobre nuestra fauna. La postura se resume en lo que se conoce como las 4 “c”: para conservar, hay que conocer, comprender y cuestionar. Varios investigadores de distintas disciplinas se dedican hoy con entrega a las tres últimas “c” como forma de alcanzar la primera. Así como hubo grupos que analizaron el impacto de la forestación en los mamíferos, las aves y las especies exóticas, en el marco del Congreso Uruguayo de Mastozoología me llamó la atención el trabajo titulado “Uso de cámaras trampa para evaluar la exclusión ganadera en la diversidad de mamíferos en un predio del norte del Departamento de Maldonado”. Porque una cosa es decir, sin más apoyo que la intuición, que el ganado espanta a la fauna, y otra cosa es usar la ciencia para determinar, con la mejor metodología disponible, el alcance del fenómeno en el terreno.

Uníos, esa es la ley primera

Martín Buschiazzo es biólogo y trabaja en el Museo de Historia Natural Dr. Carlos A Torres de la Llosa, que se encuentra en el edificio del liceo IAVA. Mauricio Álvarez, contador, es uno de los fundadores de la ONG Conservación de Especies Nativas de Uruguay (COENDU). Sus destinos se cruzaron en un congreso sobre zoología realizado en Santa Fe, Argentina, al que Buschiazzo había ido a presentar un trabajo sobre conocimiento de fauna autóctona del museo donde trabaja. Al conversar entre ellos, Álvarez le contó que tenía un campo de 39 hectáreas cercano a Aiguá, en las sierras de Maldonado, en el que hacía cosa de un año había colocado varias cámaras trampa para ver qué animales aparecían. También le contó que estaba por colocarle alambrado a su terreno de pedregales y monte nativo para evitar que ingresara el ganado de predios vecinos. “Uruguay es un país que en lugar de unir esfuerzos, los divide, así que nos dijimos de hacer lo contrario” recuerda Buschiazzo entre risas. “Él es contador y aficionado a temas de biodiversidad, yo tenía el conocimiento biológico que la formación me dio, y lo natural fue hacer un equipo” agrega.

Dado este encuentro azaroso, el biólogo y el conservacionista se dieron cuenta de que tenían ante sí la posibilidad de llevar a cabo un trabajo sobre diversidad de fauna en una condición que no se da frecuentemente: si ambos fueran a pedirle a un productor ganadero que saque el ganado por un año y medio de sus 39 hectáreas, es más que probable que Álvarez y Buschiazzo pasaran a formar parte de las lista de especímenes en peligro de extinción. “Martín me propuso entonces hacer algo con todo eso, utilizando el fototrampeo con el ganado y luego comparándolo con la etapa sin ganado”, cuenta Álvarez. No sabemos si en el congreso de Santa Fe tenían tinas de baño como para salir en paños menores gritando “eureka”, pero lo que sí tenían era ganas, cámaras, el campo y un diseño experimental que les permitiría observar qué pasaba en un mismo predio cuando el ganado dejaba de entrar.

Margay captado por la cámara trampa en el campo de Maldonado.

Margay captado por la cámara trampa en el campo de Maldonado.

El uso extendido de las cámaras trampa ha permitido realizar observaciones sobre fauna que hace poco más de una década eran impensadas. Uno podría creer que estos diminutos aparatos que recogen datos y no pagan BPS podrían provocar que los biólogos se quejaran ante el PIT-CNT por la automatización del trabajo de campo, pero el asunto no es tan así. “Las cámaras trampa dan bastante trabajo después, porque hay que bajar las fotos, verlas, identificar las especies, pasar las planillas”, dice Buschiazzo. El investigador agrega: “Cuando entrás a la facultad todos quieren ir al campo... pero nadie quiere procesar todos los datos que se obtienen allí”. Es que luego de la obtención del dato viene el trabajo arduo de procesar y analizar. Sin profesionales para interpretar y exprimir la información, las cámaras sólo sacan fotos a todo lo que se mueve a su alrededor. Y en este caso, había bastante trabajo para hacer: “Las fotos para analizar anduvieron en el entorno de las 5.000”, destaca Álvarez, que cuenta que cuando a finales de 2016 se sumó Buschiazzo, las cámaras venían sacando fotos desde 2014.

Los lentes transistorizados fotografiaron desapasionadamente a todo animal que les pasaba por enfrente desde 2014, cuando el terreno tenía ganado porque estaba sin alambrar. Esto les permitía tener una línea de base de lo que sucedía entre los mamíferos y la presencia de vacunos. En mayo de 2015, cuando el trabajo del alambrador estuvo terminado y los piques y el acero pusieron fin al rumiar ganadero, las cámaras trampa volvieron a parecerse a los fotógrafos compulsivos que bajan de los cruceros en la Ciudad Vieja, y recolectaron datos sin ganado hasta diciembre de 2017. “Lo que hicimos fue aprovechar datos que ya existían, que muchas veces se pierden, y que en este caso hubieran quedado en la computadora de Mauricio”, comenta Buschiazzo. “Con Martín se logró quizás darle una validez, gracias a la metodología científica, a lo que hasta ese entonces podía ser sólo una percepción de mi parte o de quienes miraran las fotos”, dice a su vez Álvarez, quien amplía: “De hecho él mirando las fotos podría tener una percepción de lo que pasó, pero una cosa es una percepción y otra es trabajar con una metodología que valide toda la información que uno puede darle a la comunidad sobre un efecto que no sabemos si se va a dar en todos los campos, pero que sí nos permite decir que en ese campo en particular, la extracción del ganado tuvo determinado efecto sobre la fauna de mamíferos”. Y sí, el efecto fue notorio.

A no desalambrar, a no desalambrar

No es que uno le quiera llevar la contra a Daniel Viglietti ni que la distribución de la tierra en nuestro país –y en cualquier otro– no implique injusticias. Pero a la hora de ver los efectos del alambrado en el campo de Álvarez, uno constata una vez más que los fenómenos son complejos y que algo a priori negativo puede tener efectos positivos.

Uno podría pensar que en el campo con ganado no habría muchos mamíferos. Pero esa sería una percepción equivocada: pese a las vacas –que vienen acompañadas de hombres y perros para el arreo– había unos cuantos animales peludos y con mamas por allí. Los investigadores obtuvieron fotos de ocho especies: zorro de monte (Cerdocyon thous), tatú (Dasypus novemcinctus), hurón (Galictis cuja), zorro de campo (Lycalopex griseus), ciervo guazubirá (Mazama gouazoubira), mano pelada (Procyon cancrivorus) y las especies exóticas invasoras jabalí (Sus scrofa) y liebre (Lepus europaeus). Hay que hacer una aclaración: dadas las características del predio y de las condicionantes para colocar las cámaras trampa, las fotos se sacaron dentro del monte o en el borde de este. Esto podría explicar la ausencia de algunas especies como la mulita (Dasypus septemcinctus, Dasypus hybridus o Dasypus septemcinctus hybridus; el nombre científico está en debate en este momento), animal típico de la pradera. También corresponde notar que las cámaras trampa tienen sus limitaciones: los pequeños roedores y los murciélagos casi siempre logran burlarlas.

Al comparar esos registros con los que obtuvieron luego, las cosas cambiaron. “Cuando se quitó el ganado aumentó el número de especies, que de ocho pasaron a diez”, dice Álvarez. Entre las que no se habían arrimado, presumiblemente por el ganado y sus actividades conexas, y que sí aparecieron tras la instalación del alambrado estaban el zorillo (Conepatus chinga), el margay (Leopardus wiedii) y un micromamífero que no lograron identificar (probablemente un roedor). Sin embargo, una especie pareció incomodarse con el pasto más alto y el alejamiento de los vacunos: ya no se registró el mano pelada. Los zorros de monte, zorros de campo, hurones, tatúes, guazubirás, jabalíes y liebres aparecieron tanto con la presencia como con la ausencia de los rumiantes. Eso sí: cambiaron las cantidades y surgió una alteración inesperada: “Cambiaron los horarios en los que registramos a las especies” dice Álvarez.

“Cuando estaba el ganado, los mamíferos usaban el campo más que nada por la noche”, cuenta el contador. Los datos son contundentes: 92% de los registros fueron nocturnos. Cuando se excluyó el ganado, los mamíferos uruguayos se desinhibieron un poco y se dejaron ver más a plena luz del día: el registro nocturno baja a 76%.

“Otra cosa que nos llamó la atención es que cuando estaba el ganado el zorro de monte predominaba sobre el zorro de campo”, dice Buschiazzo. La gráfica de su trabajo muestra claramente la diferencia: mientras que en la etapa con ganado los zorros de monte duplicaban con creces a los de campo (unos 50 registros contra menos de 20), tras la exclusión ganadera se registraron unos 30 zorros de monte contra 160 de campo. “Los registros de zorro de monte, aunque parezca mentira, disminuyen con el campo alambrado, pero aumenta exponencialmente el zorro de campo, que es el que utiliza el espacio donde está el ganado”, dice con sorpresa Álvarez. Para Buschiazzo tendría su lógica: “Se liberó el ambiente”.

Muchas veces los nombres comunes aparejan problemas: por ejemplo, la distinción entre rana y sapo no tiene mucho sentido, y en Uruguay tenemos águilas que no lo son, o incluso llamamos cuervos a los tres tipos de buitres que sobrevuelan nuestro espacio aéreo. Sin embargo, en este caso el nombre popular dado a los zorros parece estar muy bien dado: al salir el ganado, el zorro de campo reclama el ambiente que le dio el nombre popular. “En los zorros se dio uno de los cambios más importantes, hubo una sustitución del predominio de una especie por la de la otra”, comenta Álvarez. Cuando le pregunto a Buschiazzo si se plantearon alguna hipótesis para el cambio del tipo de zorro predominante, contesta con sinceridad: “Por ahora es sólo una constatación, un primer acercamiento. Trato de estar limpio, porque muchas veces los científicos plantean hipótesis que luego quieren que se les cumplan. Yo prefiero ir desprejuiciado”.

Otro de los cambios notorios en número se dio en los registros de jabalíes. “Había muy pocos registros cuando no había ganado, y llegaron a casi 40 en el período con alambrado”, señala Álvarez. O el caso de los tatúes: pasaron de una veintena de registros con ganado a más de 160 cuadrúpedos rumiantes. Y no sólo aumentó el número de animales que usan el pasto o la pradera como su hábitat de preferencia: el pequeño cérvido guazubirá, que usa la galería baja del monte nativo, pasó de unos pocos registros que no llegaban a la media decena a más de 80. Por su parte el margay, un felino de cola anillada y pelaje ocelado que a la distancia puede confundirse con un gato montés, pasó de no registrarse a dejarse ver en más 20 ocasiones. Otros aumentos pueden resultar más modestos en números, pero, por ejemplo, los hurones duplicaron sus registros. De todas formas, la información sobre la abundancia de cada especie está siendo trabajada con una bióloga argentina experta en el manejo de datos para estandarizar los registros obtenidos en las dos etapas, sobre todo porque la primera duró un año y medio y la segunda dos años y medio.

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“El margay pasó de no tener ningún registro a tener registros permanentes todos los meses”, dice Álvarez y allí se enciende una luz de esperanza: si a pocos meses de quitar el ganado el margay se registra habitualmente, hay entonces medidas a adoptar en algunos campos que ayudarían a que la especie repoblara lugares de los que ha huido. “Al menos en este caso se dio así, y es una especie que no es de la más común que ves en Uruguay”, reflexiona Buschiazzo.

¿Qué está pasando?

Uno pensaría que la mayor proliferación de zorros de monte y, a su vez, un cambio hacia el día de las apariciones de ambos zorros (los de monte pasaron de 12% de registros diurnos a 67%, mientras que los de campo de 10% a 47%), tendría más que ver con los perros que acompañan a las vacas que a las vacas en sí. “Asumimos que sí”, se anima a aventurar Buschiazzo. “El perro es un predador del zorro”, agrega Álvarez, pero sostiene que determinar cuánto incide el ganado, cuánto la presencia humana y cuánto el manejo del ganado con perros son las variables que tendrán que estudiar más en profundidad. “Nos estamos planteando volver a colocar ganado en el predio pero con un manejo mínimo y sin perros”, adelanta. “Sería una tercera etapa: fototrampear con ganado, fototrampear sin ganado y luego fototrampear de nuevo con ganado pero sin manejo. Capaz que recién ahí tenemos la respuesta a la discusión de los resultados encontrados hasta ahora” ilustra.

Buschiazzo se muestra ansioso por esa tercera etapa, y ya tiene una hipótesis: “Para mí los cambios se deben, seguramente, a la presencia de los perros”. “El hombre entrando a caballo una vez por semana no sería lo que está provocando estos cambios”, comenta Álvarez, aunque aclara que, “a diferencia de la hipótesis de Martín, que es biólogo, la mía es una hipótesis de contador público”. Mientras las risas inundan la sala del Museo –si los animales no estuvieran embalsamados tal vez hubieran acompañado–, Buschiazzo acota: “Creo que el tema son los perros. Los arreadores entran con jaurías de entre cinco y diez, y no todos se quedan al lado de los caballos”, dice, mientras me muestran una foto de cómo se manejaba el ganado en el campo en que se hizo la investigación. “Al hecho de que algún perro salga a correr a la fauna hay que sumar el efecto disuasivo que tiene para cualquier animal el olor y el ruido de un predador”, agrega Álvarez, que cuenta que ya hay un vecino que se ofreció a llevar ganado, sin perros, a su campo.

El tema no es menor. Si excluimos al propio ser humano y al hongo quitridio, que afecta a los anfibios, en el podio de los seres vivos más peligrosos para la biodiversidad los perros están terceros. Según estudios realizados a lo largo y ancho del mundo, nuestros mejores amigos son una amenaza para 156 especies de animales, sólo superados por gatos y ratas (con 430 y 420, respectivamente). De todas formas, ambos son claros: “Lo de los perros es una hipótesis, pero hay que comprobarlo. No vamos a flechar los datos”, dice Buschiazzo. Ambos están contentos con su trabajo y entienden que podría ser relevante. “Tratamos de rescatar información que se podría procesar y dar a conocer a la comunidad, porque más allá del prestigio académico, que a mí no me importa tanto, uno hace ciencia para que la gente conozca lo que pasa a su alrededor”, remata Buschiazzo. Y uno queda contento de poder usar las páginas de un medio para hacer que la gente conozca lo que los investigadores saben de lo que pasa a su alrededor.