Hace más de tres décadas, cuando estudiaba inglés, me sorprendió que los anglosajones tuvieran un verbo para la acción de observar aves: bird-watch. Dada la escasa atención que en el país le prestábamos a la naturaleza –y eso que me encantaban los animales– tener un verbo para semejante acción me parecía un exceso. Por suerte, las cosas han cambiado y hoy el bird-watching o avistamiento de aves es una actividad que no sólo mueve a millones de personas alrededor del globo: también aquí hay personas que, largavista o cámara en mano, encuentran placer en esa actividad.

Cuando converso con Gabriel Rocha, el autor de la Guía completa para conocer aves del Uruguay, que acaba de editar la segunda edición ampliada, los anglosajones vuelven a meterse en el tema: “De niño me encantaban las aves, y cuando en 1978 salió el libro Aves del Uruguay, de MEJ Gore y ARM Gepp, dos ingleses que vivían en nuestro país, me lo compré enseguida”, cuenta. Rocha entonces tenía diez años y, pese a que recuerda que era un libro “demasiado técnico”, confiesa que no sólo le sirvió mucho entonces, sino que lo sigue haciendo hasta ahora. “Los ingleses tienen una gran tradición de bird-watching, por lo que no es raro que en aquel libro dos ingleses describieran nuestras aves”, agrega.

Cada vez somos más

La primera edición del libro de Rocha está agotada. Lo que no se agota es el creciente conocimiento de la fauna del país: mientras que la edición de 2015 contenía 480 especies, la edición de 2019 incluye 484. “En Uruguay se siguen descubriendo nuevas especies. En 1978, cuando salió la primera gran recopilación de aves del Uruguay de Gore y Gepp, se consignaban 376 especies. Hoy estamos en un poco menos de 500, y creo que en pocos años habremos alcanzando esa cifra”, dice Rocha con optimismo. Se trata de cuatro nuevas aves en cuatro años, un hecho llamativo, sobre todo si se tiene en cuenta que parte de ellas son animales de grandes dimensiones.

Los nuevos habitantes del país, y por tanto de la guía de Rocha, son el elegante flamenco andino (Phoenicoparrus andinus), el oportunista scúa polar del sur (Stercoraruius maccormicki), la más norteña paloma montera castaña (Geotrygon montana) y el llamativo yacutoro (Pyroderus scuatus). El yacutoro y la paloma montera castaña fueron ambos registrados por primera vez para nuestro país en Cerro Largo recién en 2017, mientras que el flamenco se identificó por primera vez en la Laguna de Rocha en 2015 (probablemente antes se confundiera con el flamenco austral, que ya se conocía) y el del scúa, ave proveniente de la Antártida, se produjo en 2013 en la desembocadura de la misma laguna. Más allá de los efectos del cambio climático –algunas aves de zonas más templadas ahora están apareciendo en el norte de Uruguay–, Rocha explica que el registro de nuevas especies se debe en parte a los adelantos tecnológicos, como las cámaras digitales o los dispositivos para reproducir y grabar cantos de aves y en parte a que “hay más observadores de aves y más gente que las investiga”. Es que con una buena guía, como la de Rocha, y una cámara, tres millones de personas pueden ver más que un puñado de ornitólogos. “Es algo que por suerte se está difundiendo más en nuestro país. Ya hay cientos de observadores de aves, y aunque es posible que no todos tengan la gran profundidad técnica, pueden identificar bien las especies”, agrega.

De las más de 1.700 fotos que tiene su libro, Rocha sacó la mayoría, aunque contó con colaboraciones de colegas, expertos y entusiastas. “Hay especies que son bastante complejas para fotografiar y, por más que uno las busque, no siempre aparecen. La suerte también juega su papel”, reconoce, y cuenta que una vez fueron al valle del Lunarejo, en Rivera, a buscar una especie de zorzal que era nueva para Uruguay y que si bien no la encontramos, se toparon con una especie de fío fío que también era nueva para el país. El que no mira no descubre. Y si bien hay muchos entusiastas, sin inversión se hace difícil investigar.

“Como en casi todos los países de América del Sur, en Uruguay no hay muchos medios económicos para financiar investigaciones. Al haber pocas investigaciones, cada vez que hacés una, por pequeña que sea, si la hiciste con seriedad y profundidad, generalmente encontrás cosas que no esperabas”, dice, en una forma de encontrarle algo positivo a la carencia de fondos. “Una ONG de Estados Unidos o Inglaterra puede llegar a recaudar millones de dólares porque tiene 700.000 socios, y eso le permite destinar dinero a la investigación. Aquí investigamos cuando nos llega un fondo del exterior, y por lo general es para estudiar una especie amenazada”.

¿Cada vez somos más?

Si bien tendemos a pensar que Uruguay es un país pequeño y que no tiene maravillas como los elefantes africanos o los tigres asiáticos, presenta algunas características particulares para los que se deleitan con la naturaleza. La guía de Rocha contiene 484 especies de aves, número que contrasta con las 1.100 que posee Argentina, “un país que es 15 veces más grande que el nuestro”. Por otro lado, a diferencia de zonas selváticas, que tienen una gran biodiversidad pero en las que, por la vegetación enmarañada, resulta trabajoso el avistamiento de aves , nuestra apacible penillanura aguarda sorpresas para el avistador de aves: “Por suerte, Uruguay tiene la característica de que en cualquier lugar al que vas por un par de horas no encontrás menos de 25 o 30 especies de aves, incluso a esta altura del año, cuando ya se fueron las aves migratorias. Eso puede sucederte en el Jardín Botánico o en la rambla, a la altura de faro de Punta Carretas o del puertito del Buceo”, afirma Rocha. La sorpresa está a la vuelta de la esquina: garzas moras, blancas y brujas, cuervillos, halcones, gavilanes, entre otras aves carismáticas, aletean entre nosotros sin mucha alharaca.

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“Es impresionante lo que ha aumentado la presencia de las aves en la ciudad. En Montevideo se ven muchas más especies que antes”, confirma Rocha, y uno se pregunta si no estará pasando con las aves algo similar que con la gente, que fue expulsada del campo hacia las metrópolis: de un campo con áreas crecientes dedicadas al monocultivo y en el que abundan los plaguicidas, se van hacia las ciudades en busca de una vida mejor. Más allá de los estudios de vulnerabilidad, los trabajos académicos y las listas rojas de aves amenazadas, uno no puede dejar de preguntarle a Rocha, que observa aves con pasión desde 1978, si ha observado cambios en la abundancia de determinadas aves como consecuencia del avance de la forestación en el norte y de la soja en el sur. Rocha no demora ni un instante en contestar: “Una especie que creo que habría que estudiar es el brasita de fuego [Lanio cucullatus]. Para mí es un ave que ha disminuido montones, y eso es algo de lo que nadie habla”.

Rocha es una persona seria, por eso aclara que dice eso “de forma coloquial”. “Para ser precisos tendríamos que hacer un verdadero estudio. Lo que digo es que, a simple vista, me doy cuenta de su disminución. Antes iba a determinados lugares y se veían, posados en los alambrados, con bastante frecuencia. Hoy hace tres o cuatro años que no veo un solo brasita de fuego, y eso que voy continuamente al campo”, explica. Pero los cambios de nuestra tierra no afectan a todos por igual: “También sería interesante hacer un estudio profundo sobre por qué están aumentando notoriamente las poblaciones del cardenal copete rojo, aun cuando, lamentablemente, siguen siendo objeto de caza”. Lo que dice Rocha es evidente. Cuando era niño, ver un cardenal en el campo era una experiencia memorable. Hoy se los ve con frecuencia al costado de las carreteras y para una persona atenta es casi imposible viajar unos pocos kilómetros sin cruzase con un copetudo rojo. “Hace poco estuve en un lugar del norte de Florida, donde hace cinco años, a lo sumo, veías una pareja de cardenales copete rojo. Cuando fui, vi grupos de 15 en el mismo árbol”, ejemplifica el experto.

Pero no todos corren la misma suerte: “En el caso del cardenal amarillo, que está muy amenazado a nivel global y prácticamente está extinto en Brasil, no sólo no ves que aumente la población, de la misma manera que la del cardenal copete rojo, sino que disminuyendo progresivamente. Es algo extraño, que requeriría un buen estudio, pero como dije, no hay muchas vías para financiar especies que no están amenazadas a nivel global”, lamenta el ornitólogo, que agrega: “Sería inusual que me dieran fondos para estudiar el brasita de fuego, porque a nivel internacional no está amenazado y entonces no ‘importa’ tanto”.

Le cuento que una de mis aves rapaces favoritas es el carancho (Caracara plancus), pero cuando les pregunté a biólogos amigos cuántos habría en Uruguay todos me dijeron que no hay datos al respecto. Seguramente lo que pasa con el carancho se repita con casi todos los animales de nuestro territorio. “Lo mismo ocurre con algunas especies que están consideradas plagas. Se consideran plaga a golpe de ojo, pero no hay estudios sobre, por ejemplo, las poblaciones de cotorras. No se sabe si están disminuyendo o si se están incrementando. Uno dice que la cotorra, la paloma doméstica y el gorrión son plaga nacional, y sí, vemos un montón, pero no hay estudios sobre esas poblaciones. En Estados Unidos pasó que se suponía que había una población de dos millones de individuos de una paloma, hasta que empezaron a dejar de verla, y hoy se considera extinta. Las ONG no contamos con dinero suficiente para emprender esos estudios poblacionales, y el Estado tampoco”, se lamenta Rocha.

Ver para crecer

La guía escrita por Rocha es un libro más que útil para quien desee conocer las aves de nuestro país. Tal vez una de sus mayores virtudes sea que no presenta una única foto por ave, lo que permite verlas en distintas poses, vistas y hasta plumajes, en los casos en que las hembras difieren de los machos o en el caso de los pichones. Eso hace que hasta el entusiasta menos avezado pueda identificar con más facilidad a las especies que no siempre posan para uno en la forma en que están en la única foto de los libros.

La guía anterior está agotada, lo que quiere decir que hay 2.000 ejemplares del libro de Rocha que ayuda a miles de personas a identificar las aves que las rodean. Debe de ser una sensación especial saber que muchos amantes de la naturaleza, con sus cuellos al borde de la tortícolis de tanto mirar ramas, postes y hasta campanarios, pasan las páginas de su libro para conocer y apreciar la fauna emplumada. “Es un orgullo, pero lo que más satisfacción me da es que quizá el trabajo que uno hace ayuda a concientizar a la gente sobre el valor de las aves y del medioambiente y la biodiversidad”, responde Rocha. “Creo que estos libros acercan al público a la naturaleza, en la medida en que le permiten conocer cosas que quizá desconocían, y entonces uno siente que aporta su granito de arena a la conservación. Muchas veces la gente no le hace daño a la naturaleza porque quiere, sino como consecuencia de un gran desconocimiento sobre el tema”, reflexiona. Rocha da un ejemplo claro: “Mucha gente en el campo quema los pastizales porque son mugreros que, además, juntan víboras, por lo que prefieren que el pasto esté bien corto. Cuando uno les explica la cantidad de especies amenazadas que viven en el pastizal, o lo leen en el libro, empiezan a valorarlo de otra manera”. No lo dice por decir; cuenta que le ha pasado con propietarios de estancias a las que ha ido a investigar. “Después de ver el libro te dicen, con emoción, que no sabían que todas esas especies amenazadas a nivel mundial estaban en su campo. Todo eso ayuda un poco a la conservación”, sostiene.

Rocha tiene razón. Pero los libros como el suyo tienen otra gran función: prolongan el tiempo de goce que nos proporciona la naturaleza. Uno coteja las fotos que trajo de una salida con la guía y, mientras aprende y conoce más de aves, hace que el paseo dure un rato más. Hundirse en sus páginas es entonces sumergirse un poco más en este fantástico planeta.

Guía completa para conocer aves del Uruguay. Gabriel Rocha. Editorial: Ediciones de la Banda Oriental.