Dicen que el saber no ocupa lugar. O espacio-tiempo, si reconocemos los aportes de Albert Einstein a la comprensión del mundo. Pero no es así: cuando buenos libros de divulgación científica salen de imprenta, buscan quedarse con un espacio en la biblioteca personal (o al menos en la mochila o la mesa de luz, si son prestados) a la vez que demandan tiempo para devorar sus páginas y asimilar sus contenidos. Los libros, como buenos objetos con masa, distorsionan el mundo que los rodea, al menos para sus potenciales lectores. Aquí van dos novedades para curvar nuestra existencia escritas por físicos teóricos.

Huyendo de nuestros errores

“Fueron sólo los humanos completamente modernos los que empezaron con esa cosa de aventurarse en el océano en el que uno no ve tierra”, decía en el libro La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert el investigador Svante Pääbo al respecto de la expansión que diferenció al Homo sapiens del Homo erectus y del resto de los homínidos que, según él, “se dispersaban como cualquier otro mamífero del viejo mundo”. Además de la tecnología necesaria para construir embarcaciones, el científico del Departamento de Genética Evolutiva del Instituto Max Plank decía que la explicación debería tener un aditivo extra: “Quiero creer que también hubo algo de locura. ¿Cuánta gente debe haber navegado y desaparecido en el océano Pacífico antes de encontrar la Isla de Pascua? Es ridículo. ¿Por qué uno lo haría? ¿Por gloria? ¿Por la inmortalidad? ¿Por curiosidad? Y ahora vamos a Marte. Nunca nos detenemos”, reflexionaba Pääbo, quien logró, junto con un gran equipo, secuenciar ADN del hombre de Neanderthal y que espera, comparando ese ADN con el de los humanos modernos, encontrar el o los genes que expliquen la “rara mutación que hizo posible esa locura exploratoria”. Hoy, 200.000 o 300.000 años después de surgido el Homo sapiens, no son pocos los que, ante la catástrofe ambiental de nuestra Tierra, miran seriamente el cielo y trabajan para que la humanidad se perpetúe en el espacio, libre de las limitaciones que le impone la tercer roca que gira en torno al Sol.

El libro de Michio Kaku, físico teórico y divulgador que ha escrito varios best sellers y conducido cuantiosos programas de televisión, hace un repaso sobre en qué está la ciencia actual respecto de los viajes tripulados a Marte, el establecimiento de colonias fuera de la Tierra y, un poco más en el mundo de lo hipotético, cómo las estrellas podrían terminar siendo el futuro hogar de la humanidad.

Para todo ello, Kaku repasa la historia de los vuelos espaciales, desde los pioneros que desarrollaron los primeros cohetes, como Konstantín Tsiolkovski o Robert Goddard, pasando por polémicas figuras como Wernher von Braun, ex nazi que diseñó los cohetes que llevaron a los estadounidenses a la Luna, y terminando con los nuevos emprendedores multimillonarios como Elon Musk, fundador de PayPal que tiene la empresa espacial Space X o Jeff Bezos, fundador de Amazon que regentea Blue Origin. Sobre estos últimos dice maravillas, como que “los audaces astronautas están siendo sustituidos por apuestos empresarios multimillonarios”, que según él, “están rompiendo las reglas del juego”. También afirma que “dado que la NASA suele actuar de una forma angustiosamente lenta y parsimoniosa, los empresarios creen que pueden introducir con rapidez ideas y técnicas innovadoras”. Como ejemplo de ese genio innovador, Kaku nos regala una maravillosa declaración de Musk: “En la NASA existe esa estúpida idea de que el error no es una opción. Si las cosas no fallan es que no estás innovando lo suficiente”. Al parecer, los Homo sapiens somos grandes innovadores innatos: nuestra tecnología es tan maravillosa e innovadora que hemos cometido un error tan grande que pone en peligro nuestra subsistencia y que obliga a que los multimillonarios sueñen con vivir en otros mundos.

Si bien hay capítulos en los que explica los peligros de la vida en el espacio y de los largos viajes hacia otros planetas y satélites, y si bien Kaku pone lo mejor de sí para explicar en qué lugares de nuestra Vía Láctea o incluso fuera de ella hay cuerpos celestes candidatos para albergar vida o nos acerca a los principos básicos de la teoría de cuerdas, hay un punto en el que el libro parece fallar estrepitosamente. Dado que este planeta colapsará o nos quedará chico en no mucho tiempo, para el autor lo lógico es salir a buscar nuevos hogares en el cosmos. Con precisión, narra planes para establecer bases en la Luna con el objetivo de facilitar la colonización de Marte, el candidato más cercano para que los humanos sigan con su negocio. Claro que Marte, así como está, no es un lugar cómodo para la vida terrícola, incluso para unos mamíferos tan adaptables como nosotros. ¿La solución? Terraformar Marte, es decir, mediante ingeniería planetaria, cambiar su atmósfera y las condiciones para que haya agua líquida, oxígeno y se puedan cultivar plantas y vivir vidas felices.

“El objetivo de terraformar Marte está por encima de nuestras posibilidades actuales, pero las tecnologías del siglo XXII nos permitirán convertir ese desierto estéril y helado en un mundo habitable” reconoce Kaku. “Consideraremos el uso de robots capaces de autorreplicarse, nanomateriales superligeros y superresistentes y cultivos genéticamente modificados para reducir drásticamente los costos de convertir Marte en un verdadero paraíso”, dice el autor, que incluso agrega que “la ciencia nos proporcionará los medios para dar forma al universo a nuestra imagen y semejanza”. Cuesta pensar cómo una persona tan inteligente como Kaku puede imaginar esas maravillas de la ciencia del siglo XXII pero no se le cae una idea sobre cómo detener el camino destructivo de la sobreexplotación de los recursos naturales, la trampa del crecimiento continuo del capitalismo y el desprecio actual por el resto de las formas de vida que viven a nuestro alrededor. ¿Por qué, si no logramos construir un “paraíso” en la Tierra, Kaku confía en que sí podremos hacerlo en Marte? ¿Acaso la debacle ambiental y política de nuestro planeta no es justamente “un universo a nuestra imagen y semejanza”? ¿Es que acaso cuando escribe sobre cómo explotar los minerales de los asteroides no piensa ni un instante en que tal vez habría que encontrar una cura, ciencia y tecnología mediante, a nuestra adicción a los minerales? En caso de que esos multimillonarios innovadores y emprendedores logren abaratar los costos de los vuelos espaciales, ¿quiénes serán los que vayan a vivir en el espacio? ¿El puñado de afortunados como ellos que poseen el 1% de la riqueza del mundo, o el 99% de los que somos una afrenta para el espíritu emprendedor porque no hemos sido lo suficientemente exitosos para acumular riquezas obscenas?

Nadie duda del talento como físico de Michio Kaku. Pero cuando habla de ciencia, Kaku parece ese excelente científico que sin embargo no es un gran profesor. Carece de estilo al escribir y sus ideas nunca deslumbran ni cautivan, como sí han logrado hacerlo colegas suyos como Carl Sagan, Stephen Hawking, Neil deGrasse Tyson o José Edelstein. Cuando en lugar de hablar de ciencia pura y dura especula sobre el futuro de la humanidad, como cuando habla de nuestras conciencias viajando por el espacio sin cuerpos o de civilizaciones del tipo III que utilizan la energía de una galaxia entera, palidece frente a la frondosa imaginación de autores de ciencia ficción que tanto cita a lo largo del libro. Puede que el futuro esté en Marte, pero ojalá no sea así como lo cuenta Kaku: tecnológico, innovador, carente de autocrítica y sin medio gramo de poesía ni de la locura que Pääbo piensa que nos hace distintos a los otros primates. Leer el libro de Kaku proporciona unas cuantas buenas razones para tratar de evitar que la humanidad infecte al resto del universo. Uno supone que hay vida en otras partes del cosmos. Ojalá lo estén haciendo mejor que nosotros.

El futuro de la humanidad. La colonización de Marte, los viajes interestelares, la inmortalidad y nuestro destino más allá de la tierra. Autor: Michio Kaku. Editorial: Debate (Penguin Random House Grupo Editorial).

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El tiempo ha muerto, viva el tiempo

Como Michio Kaku, Carlo Rovelli es físico teórico. Mientras que para unificar la física cuántica con la relatividad de Eistein el primero ha hecho sus aportes a la teoría de cuerdas, Rovelli trabaja en lo que se conoce como la gravedad cuántica de bucles, teoría en la que también ha hecho contribuciones fundamentales nuestro compatriota y físico teórico Rodolfo Gambini. El orden del tiempo es un libro que habla de asuntos mucho más complejos que los tratados en El futuro de la humanidad. Pese a que en él no se habla de viajes a otros planetas ni de hacia dónde va la humanidad, Rovelli logra algo maravilloso: arrastrándonos hacia los problemas que hay entre nuestra idea del tiempo y las más osadas teorías de la física actuales, el italiano nos lleva hacia la esencia misma de lo que somos.

Al principio los lectores y lectoras podrán experimentar cierta angustia al contemplar cómo la idea intuitiva que tenemos del tiempo se hace añicos contra la física propuesta por Albert Einstein hace ya casi un siglo. Rovelli da ejemplos claros de cómo la masa altera el tiempo, al punto de que, si tuviéramos los instrumentos adecuados, podríamos ver que pasa más lento en nuestros pies que en nuestra cabeza (siempre y cuando estemos parados). Rovelli incluso explica que que quienes viven en la cima de una montaña tienen más tiempo y más vida que los que vivimos a nivel del mar, como los montevideanos: cuanto más cerca estamos de un cuerpo con masa, en este caso la Tierra, más comprimido está el espacio-tiempo. Pero la idea del tiempo como algo objetivo que transcurre igual para todos tiene aun más problemas: el tiempo también “discurre a velocidades distintas en función de dónde estamos y a qué velocidad nos desplacemos”. De esta manera, la ilusión de que hay un presente igual para todos, o una hora común para todo el universo, colapsa. Por otro lado, “la diferencia entre pasado y futuro no existe en las ecuaciones elementales del mundo” y son producto de “observar las cosas descuidando los detalles”. Tan así es la cosa que Rovelli provoca: “El tiempo de la física, en última instancia, es la expresión de nuestra ignorancia del mundo. El tiempo es ignorancia”. Ese es el mundo que nos dejó Einstein: “Si omitimos los efectos cuánticos, tiempo y espacio son aspectos de una gelatina móvil en la que estamos inmersos”, resume Rovelli sobre el relativismo al tiempo que anuncia que las cosas son aun más complejas, ya que hace tiempo que no hay quien sostenga que los efectos cuánticos son pura palabrería.

Rovelli reconoce que la física cuántica es aun más “ajena” y contraintuitiva que la enunciada por Einstein. A escala cuántica, muy pero muy pequeña, las partículas dejan de ser algo que está allí y pasan a formar parte de una nube de probabilidades. Sólo cuando medimos alguna de sus características –como la posición o la velocidad– esa nube de probabilidades colapsa en un punto y decimos que o bien la partícula está en determinado lugar o se mueve a determinada velocidad. Y Rovelli señala que “medir” no es el término adecuado, pues “parece implicar que para crear la realidad tiene que haber un físico experimental con una bata blanca”, y propone en cambio el de “interacción”, de manera que la indeterminación cuántica se resuelve “cuando una magnitud interactúa con cualquier otra cosa”. Y, caracoles: el tiempo, a escala cuántica, sostiene Rovelli, fluctúa, ya que “el espacio-tiempo es un objeto físico igual que un electrón”, es granular y, por tanto, sujeto a la misma indeterminación. De allí nos lleva a su teoría de la gravedad cuántica de bucles: el tiempo “también es una entidad cuántica que no tiene valores determinados más que cuando interactúa con algo”.

En “el mundo descrito por la teoría de bucles”, dice Rovelli, todavía tenemos ecuaciones que nos dicen qué sucede cuando el tiempo es completamente indeterminado, como dentro de un agujero negro y su vecindad, “cuando ya no hay un espacio-tiempo único” y en su lugar encontramos “una superposición cuántica de redes de espín”. Pero el físico es honesto sobre este mundo sin tiempo: “¿Estoy seguro de que esta es la descripción correcta del mundo?” se pregunta. La contestación requiere humildad y coraje: “No, no lo estoy, pero es el único modo coherente y completo que hoy conozco de concebir el espacio-tiempo sin descuidar sus propiedades cuánticas”.

El orden del tiempo llega entonces al fin de su primera parte: el tiempo que conocíamos como variable fija, ordenada, que fluye del pasado al futuro, ha colapsado. Vivimos en un mundo de acontecimientos y no de cosas, en “un universo sin tiempo”. Pero entonces el físico se adentra en cómo nosotros, los humanos, percibimos el tiempo. Y las maravillas no dejan de sucederse: la orientación del tiempo, que lleva del pasado pasando por el presente al futuro es real, pero fruto de nuestra perspectiva. El tiempo de nuestra experiencia sí es “uniforme, universal y ordenado”, es “la aproximación de una aproximación de una aproximación de una descripción del mundo realidad desde la perspectiva concreta de esos seres que somos nosotros, nutridos del crecimiento de la entropía y anclados en el discurrir del tiempo”.

Rovelli entonces se vuelve profundamente filosófico y poético. “El tiempo somos nosotros. Somos ese claro abierto por las huellas de la memoria en las conexiones de nuestras neuronas. Somos memoria. Somos nostalgia. Somos anhelo de un futuro que no vendrá. Ese espacio que de tal modo nos abre la memoria y la anticipación es el tiempo, que quizás a veces nos angustia, pero que al final es un don”. Hay pasajes deliciosos en los que habla del temor a la muerte como un conflicto evolutivo, o cuando se toma su tiempo para recordar a un querido amigo que ya no está físicamente –si es que eso significa algo– entre nosotros.

Ilustrado con diagramas en los que aparecen los pitufos, el libro se disfruta de principio a fin aun cuando uno está leyendo sobre los límites más complejos de la física teórica actual. Porque Rovelli es un científico pero también un escritor sensible, humano y brillante. “Los eventos del mundo no se ponen en fila como los ingleses; se amontonan caóticos como los italianos”, afirma en un pasaje. “Nosotros los seres humanos vivimos de emociones y pensamientos. Nos los intercambiamos cuando estamos en el mismo lugar y en el mismo tiempo, hablándonos, mirándonos a los ojos, rozándonos la piel. Nos alimentamos de esa red de encuentros e intercambios, o, mejor dicho, somos esa red de encuentros e intercambios”, destila en otro. Todo eso también es Rovelli: un punto de vista en el que física, humor, filosofía y poesía se unen como los espines de dos partículas con un entrelazamiento cuántico. Tal vez como dice el propio Rovelli, para describir el mundo no se necesite la variable tiempo. De lo que no cabe duda es que para enriquecer el nuestro sí se necesita El orden del tiempo.

El orden del tiempo. Autor: Carlo Rovelli. Editorial: Anagrama.