La cultura pop no ha ayudado mucho a la ya castigada e injusta reputación de las arañas. Aunque sólo alrededor de 30 de las más de 40.000 especies identificadas en el mundo tienen un veneno realmente peligroso para el ser humano, y pese a que cumplen un rol esencial para nuestra supervivencia y el control de plagas, basta una sola escena de una película clase B para activar toda clase de miedos ancestrales en nuestro cerebro.

Quizá por eso la aparición en diciembre de las llamadas “arañas bananeras” en Uruguay generó una reacción de pánico y trajo a la mente los clichés de películas como Aracnofobia: arañas tropicales peligrosísimas que llegan como polizontes (escondidas en equipos científicos o cargamentos de frutas) únicamente para comenzar a liquidar con una astucia y malicia típicamente humanas a cada Homo sapiens con el que se cruzan en su nuevo hábitat.

Al menos la manida premisa cinematográfica se cumple: la “errante del banano” (Phoneutria nigriventer) llega generalmente a Uruguay en los cargamentos de plátanos provenientes de Brasil, como sucedió en diciembre. Su presencia no llegar a ser insólita pero las apariciones ocurridas durante diciembre no son comunes en Uruguay, aseguró a la diaria el biólogo colombiano Luis Fernando García-Hernández, docente del Centro Universitario Regional del Este (CURE).

Si tuviéramos que explicarlo en clave de película aracnofóbica, diríamos que la primera escena tuvo lugar el 5 de diciembre, cuando una araña del género Phoneutria apareció entre las bananas de un autoservicio de Piriápolis. Tras ser retenida por el personal del reptilario Alternatus, fue derivada a la Facultad de Ciencias, no sin antes inspirar unos cuantos títulos de prensa rimbombantes. El segundo episodio ocurrió diez días después, en una verdulería de San Carlos, cuando otra araña volvió a pasearse entre los plátanos. Igual que en el caso anterior, el animal sobrevivió intacto su encuentro con los humanos y fue conservado para su estudio, en esta ocasión en el CURE.

Pero hubo una escena más en esta película que no tuvo el mismo destaque en los medios. Una tercera araña bananera fue encontrada muy poco después en otra verdulería del este, nuevamente entre la fruta, pero no vivió suficiente tiempo para ser aprovechada por la ciencia. A esta altura, las Phoneutria ya estaban mostrando más fidelidad al este uruguayo en temporada que los turistas argentinos. Esta tercera visitante fue también enviada al CURE, pero estaba tan maltrecha que los especialistas no pudieron salvarla, explicó el García-Hernández. El segundo ejemplar (el de San Carlos), sin embargo, es objeto de un estudio con colaboración internacional que nos permitirá aprender un poco más sobre la potencia de su veneno.

Vayamos por patas

Las arañas de este género presentan efectivamente peligros que ameritan algunas precauciones, pero su cinematográfica presentación en los medios locales no fue del todo justa. La Phoneutria nigriventer fue señalada como “la araña más venenosa del mundo”, un título que sencillamente no es cierto. García-Hernández explicó que el género Phoneutria está incluido entre los más venenosos a nivel mundial, pero en cuestión de letalidad para el humano son las arañas de la familia Hexathelidae, como la Atrax robustus, las que sacan ventaja. Estas especies se encuentran en Australia, país que sabe algo en esto de lidiar con criaturas peligrosas (gracias a la amplia disponibilidad de un antídoto para el veneno, hace muchos años que no se registran casos mortales).

Phoneutria nigriventer sí está entre las cuatro arañas más peligrosas que pueden encontrarse en Uruguay. A diferencia de otra colega famosa, la “araña de los cuadros” (Loxosceles laeta, que a juicio de García-Hernández cuando muerde es capaz de generar incluso más daño que la bananera, ya que su veneno puede necrosar el tejido si no hay tratamiento), la araña bananera, lejos de ser tímida o huidiza, es muy agresiva y no duda en atacar si se la provoca. “Tiene un comportamiento defensivo particular: se levanta sobre las patas posteriores y muestra las anteriores, que tienen una coloración aposemática [de advertencia]. Comienza a oscilar haciendo un despliegue defensivo”, explicó, motivo por el que en Brasil se le llama “armadeira” (de la Armada).

Es causante de frecuentes accidentes en los países donde se encuentra, aunque el número de muertes que ha producido es muy bajo (ninguna en Uruguay, al menos registrada). “En Colombia, por ejemplo, ha sido responsable de accidentes en las plataneras porque los trabajadores manipulan los bultos de bananas, y aunque las mordidas generan incapacidad laboral, no se registraron muertes”, afirma el biólogo.

Su veneno actúa directamente sobre el sistema nervioso, aunque en la gran mayoría de los casos los efectos son leves (dolor local, edema y sudoración en la región de la mordida). Con menos frecuencia puede causar taquicardia, hipertensión, vómitos e incluso priapismo, lo que ha motivado que la prensa sensacionalista británica llame alegremente a su veneno “el nuevo Viagra”. Como la capacidad de acción del veneno está directamente relacionada con la masa corporal de quien lo recibe (además de las defensas con las que cuenta), los niños son quienes pueden llevarse la peor parte, y en un pequeño porcentaje de los casos se registran síntomas graves como arritmia y edema agudo de pulmón, que pueden ocasionar la muerte.

No es el único mito a derribar sobre esta visitante. Aunque se insista con el mote de “araña bananera”, que ha hecho que a esta especie se la asocie más a los plátanos que a la mismísima Carmen Miranda, no se la encuentra solamente allí. “No es su único hábitat. En Colombia por ejemplo son también frecuentes en pastizales, cafetales y en bosques de guadua [tacuaras]. No son exclusivas del banano”, señala García-Hernández.

Phoneutra boliviensis en posición de ataque.  Foto: Julio César González
Phoneutra boliviensis en posición de ataque. Foto: Julio César González

Tuve tu veneno

En el CURE la araña encontrada en San Carlos será tratada igual que al comensal de un viaje en avión, sólo que en vez de tener la opción “pollo o pasta” podría inclinarse por “rana o lagarto”, o “araña o cucaracha”. Pero no “espoileemos” esta película aún. Cuando nuestra estrella llegó al CURE, el estudiante colombiano Juan Carlos Valenzuela-Rojas, en colaboración con Julio González-Gómez, estaba dando los toques finales a su tesis de maestría (“Comportamiento depredador y caracterización del veneno de la “Araña bananera” Phoneutria boliviensis”). Su trabajo pretendía probar que esta especie del género Phoneutria (que suele encontrarse en Colombia y es prima cercana de la que aparece aquí) tiene un veneno mucho más letal para los vertebrados que para los invertebrados, diferencia que tiene su razón de ser en una hipótesis de la que hablaremos más adelante.

Su trabajo fue además el puntapié de un proyecto más grande en el que trabaja el CURE en conjunto con otras tres universidades: dos de Colombia (Universidad del Tolima y Universidad de Ibagué) y la de Porto, en Portugal, que tiene como objetivo comprobar si el veneno de las arañas varía a nivel local. “La idea era tener Phoneutria boliviensis de diferentes lugares y analizar la toxicidad localmente dentro de la misma especie, además de ver si la dieta influye en la potencia del veneno”, explicó García-Hernández. Y aquí es cuando entra en acción nuestra araña de San Carlos. Su llegada al CURE da un nuevo aire al proyecto, ya que los investigadores podrían incluir en futuros experimentos a Phoneutria nigriventer y separar mitos de verdades sobre los efectos de su veneno.

Con toda la experiencia en extracción de veneno que brindó el trabajo de Valenzuela-Rojas, los ejemplares de Phoneutria boliviensis fueron sometidos a dos procesos: el primero debe resultarles de lo más satisfactorio; el segundo es un poco más molesto.

“En primer lugar, pretendíamos demostrar que estas arañas comen efectivamente vertebrados. Para ello se les ofrecían dos tipos de vertebrados: lagartos y ranas; y luego dos tipos de invertebrados: arañas y cucarachas”, explicó Luis García-Hernández. Para terminar con el suspenso, digamos que la Phoneutria aceptó con gusto comer el lagarto (un gecko) y rechazó la rana, “quizá por las toxinas que tiene la rana en la piel, a modo de defensa”. No significa que no demostrara interés alguno por el anfibio, para infortunio de este. Es cierto que por lo general no la consumía, pero sí la mordía, provocándole la muerte con su veneno. Luego, pasando a la segunda opción del menú (los invertebrados), el experimento concluyó que Phoneutria boliviensis prefería otras arañas más frecuentemente que las cucarachas.

Veneno especial

Teniendo ya establecidas sus comidas preferidas entre los vertebrados e invertebrados ofrecidos (el lagarto y la araña), quedaba por comprobar cuán diferente era el accionar del veneno sobre ambos. Para eso debía establecerse la dosis letal media. “Dosis letal media” no es el nombre de una película protagonizada por un Steven Seagal modesto, sino la cantidad de veneno que se necesita para matar a la mitad de los animales con los que se experimenta, de tal manera de comprobar si esta araña efectivamente es más letal para los vertebrados que para los invertebrados.

Esta fue la parte quizá no tan agradable para las arañas, que venían acostumbradas a ser tratadas como clientes distinguidos en un restaurante arácnido. Para obtener la dosis letal media debe extraerse el veneno de la araña, pasarlo por el proceso de liofilización (básicamente preservarlo) y luego inyectarlo en las presas en dosis medidas.

“Lo interesante”, cuenta García-Hernández, “es que la dosis que se necesitaba para llegar a la dosis letal media en vertebrados como los lagartos era mucho más baja que para invertebrados como otras arañas. Es decir, precisaba mucho más veneno para matar a estas últimas, una dosis muchísimo mayor”. ¿Por qué sucede esto? Los autores de la tesis sostienen que la alta toxicidad “podría ser una adaptación para comer y no sólo para defenderse”. Dicho en otras palabras, la evolución la podría haber dotado de esta herramienta decisiva no sólo para defenderse de los depredadores vertebrados, como se ha sostenido tradicionalmente, sino también para alimentarse de algunos de ellos, como se ha propuesto en otras arañas venenosas como las viudas negras (género Latrodectus).

“En el gecko, además, la parálisis después de la mordedura era casi instantánea. Esta acción permitiría paralizar una presa como un vertebrado, que puede escapar rápidamente o defenderse. Así, previene que eso ocurra”, señaló el biólogo. Los resultados parciales de los experimentos hechos en esta tesis ya se mostraron en el V Congreso Colombiano de Zoología y serán publicados próximamente. El siguiente paso, indicó, es estudiar si hay una variación de toxicidad entre machos y hembras. Además de esto, apariciones de arañas como la de San Carlos abren un nuevo panorama para los investigadores, que piensan incluir esta especie en futuros estudios para evaluar, por ejemplo, el efecto del medio o el estrés en las propiedades del veneno de estas arañas y coordinar trabajos entre distintas instituciones.

Los trabajadores o los clientes que deben cargar o tantear las bananas, como vertebrados que son, estarán más preocupados por los efectos de sus encuentros con este animal que por los experimentos en condiciones de laboratorio. Sin embargo, para el ser humano es mal negocio matar a la araña bananera. Estudios como el citado abren la puerta a conocer justamente por qué esta especie tiene una toxicidad tan alta entre el grupo de vertebrados que integramos. Pero el panorama de las investigaciones es mucho más amplio. La ciencia estudia desde hace años el posible uso farmacéutico y biotecnológico de las toxinas de Phoneutria nigriventer. Quizá no como para hacer ya un Viagra súper potente, tal como nos quiere hacer creer la prensa británica, pero quién sabe cuántos secretos aguardan a ser descubiertos en su veneno.

Que no panda el cúnico

El biólogo Miguel Simó, profesor adjunto de Entomología de la Facultad de Ciencias, dijo a la diaria que antes de que cambiara el sistema de empaque de las bananas que llegan de Brasil, la aparición de estas arañas (al igual que muchos otros animales) era más frecuente. Con la mejora de los controles, durante años hubo pocos reportes de su aparición en Uruguay. Por eso sorprendió que se dieran tantos registros en diciembre. Señaló que en Uruguay las personas más expuestas son las que trabajan con los cargamentos de frutas, ya que hasta ahora todas las arañas de esta especie que se han registrado en el país tienen el mismo origen: fueron introducidas accidentalmente desde Brasil en vehículos de carga. No existe una población local, que no tendría en Uruguay el clima propicio para prosperar, aseguró.

La doctora María Laura Tortorella, integrante del Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico (CIAT), dijo a la diaria que desde que se lleva registro de las mordeduras de esta especie nunca hubo muertes o casos de gravedad en el país. En 2018 hubo tres casos, en 2017 dos, en 2016 uno y en 2015 cinco. “Son casos muy aislados y siempre con efectos leves, aunque dé mucho dolor en la zona de la mordedura”, aclaró.

Las víctimas suelen ser los trabajadores que manipulan las bananas, confirmó, aunque muy ocasionalmente han tenido que atender a algún cliente de los comercios. García-Hernández comentó que no son las únicas arañas que aparecen entre las bananas en Uruguay, lo que ha llevado a que a posiblemente se reporten como suyas mordeduras que corresponden a otras especies.