A los animales que tenemos los ojos a más de un metro del suelo muchas veces nos cuesta ver lo que sucede en la vegetación que rodea nuestros pies. Sin hablar de la valiosa existencia de los seres más abundantes de este planeta, los microorganismos (entre los que podemos encontrar a las bacterias y ciertos hongos), la presencia de insectos, arácnidos y moluscos, pese a que pueden verse a simple vista, pasa prácticamente inadvertida, salvo cuando nos pican, comen nuestras plantas o hacen algún ruido. Más grandes aun que estos animales, los anfibios, entre los que podemos encontrar a las ranas, sapitos, sapos y hasta las increíbles cecilias –anfibios que perdieron sus pies y que se asemejan a una mezcla de víbora pequeña con lombriz grande– son casi igual de ignorados. Excepto por el canto de las ranas y ranitas en sus orgías reproductivas, tenemos la tonta idea de que si no estuvieran no los extrañaríamos demasiado. Pero no es así.

Hace ya unas cuantas décadas que los humanos sabemos que todos los organismos de un ecosistema cumplen un rol en él. Cierto que hay algunas especies más importantes que otras –algunos las llaman especies clave– pero hay sobrados ejemplos de que quitar a la población entera de un animal del medio produce alteraciones impensadas y, por lo general, lamentables. En el caso de los anfibios, el tema de su extinción es una preocupación planetaria. La publicación Anfibios amenazados del mundo, editada con auspicio de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), señala que “los anfibios están enfrentando una extinción global a niveles sin precedentes para cualquier otro grupo de organismos en la historia de la humanidad”. Por ello, la reciente publicación de la Dirección Nacional de Medio Ambiente (Dinama) de El libro rojo de los anfibios y reptiles del Uruguay, editado por los investigadores Santiago Carreira y Raúl Maneyro, es una buena noticia. Además de cumplir con la premisa de conocer para conservar, el libro incluye recomendaciones de medidas prioritarias que se deben adoptar si es que realmente queremos que nuestros anfibios y reptiles sigan estando allí, no sólo para nuestros hijos, nietos y bisnietos, sino también para nosotros mismos: algunos de estos simpáticos animales, producto de millones de años de evolución, podrían desaparecer en menos de una década.

Quiénes somos y cómo estamos

En Uruguay hay 48 especies de anfibios nativos, entre ranas, ranitas, sapos, sapitos, escuerzos y cecilias. De estas, 25% están amenazadas, es decir que una de cada cuatro especies podría extinguirse en la próxima década. En el caso de los reptiles, Uruguay tiene 70 especies nativas de lagartijas, lagartos, camaleones, serpientes, culebras y tortugas, de las que 13% están bajo alguna categoría de amenaza. En el libro se señala que esos porcentajes de especies amenazadas son “similares a los observados a nivel global”. Pero uno ya lo sabe: mal de muchos, consuelo de tontos.

“Los anfibios son uno de los pocos grupos que están evaluados a nivel mundial. Los trabajos sostienen que más o menos un tercio de los anfibios están bajo algún grado de amenaza”, dice Raúl Maneyro rodeado de sapos, ranas y víboras en bollones. No se trata de un sádico que está llevando a los anfibios y reptiles aun más rápido hacia la extinción, sino de un herpetólogo que está encargado de la colección de vertebrados de la Facultad de Ciencias y que es investigador y docente del Instituto de Ecología y Ciencias Ambientales de esa misma casa de estudios. “Nosotros estamos un poco más abajo de esa media mundial de anfibios amenazados, en parte porque tenemos relativamente poca cantidad de especies con datos insuficientes, por lo que podemos categorizar casi todas las especies que hay en Uruguay, y porque, además, tenemos muchas especies que están la categoría casi amenazada.

Rana de campo grande. Foto: Rafael Balestrin, libro Rojo de Anfibios y Reptiles.
Rana de campo grande. Foto: Rafael Balestrin, libro Rojo de Anfibios y Reptiles.

El libro rojo es la prolongación de La lista roja de anfibios y reptiles, también coordinada por Carreira y Maneyro, que salió en 2015. “El proceso de elaboración de una lista roja sigue muchos protocolos estandarizados y pautas de la UICN que son los que le dan la fortaleza a la herramienta, ya que permiten generar un producto que es la consecuencia de un proceso de objetivación”, señala Maneyro, quien aclara: “El libro rojo no modifica en nada la categoría de amenaza que tiene cada especie en La lista roja. Lo deseable habría sido que el libro saliera de forma más inmediata a la lista”.

Lo que dice Maneyro no es menor: en cuatro años la información disponible sobre la biodiversidad puede aumentar mucho. Por medio de mejoras tecnológicas, como el uso de teléfonos celulares y redes sociales, y el aumento de la ciencia ciudadana, es decir de personas que se muestran activas respecto de la naturaleza y toman registros, hacen que hoy haya más gente mirando con mejores herramientas a los bichos que pueblan el país. “El trabajo realizado por diferentes investigadores en estos últimos cuatro años implicaría cambios para algunas especies, no tengo dudas”, admite Maneyro y pone el ejemplo del escuerzo común, Ceratophrys ornata. “Con colegas de Argentina y Brasil y financiación de Nat Geo, estamos haciendo un proceso de evaluación de las poblaciones silvestres utilizando como herramienta principal la ciencia ciudadana”, explica, y adelanta que “los resultados son muy buenos para la región pero malos para Uruguay, porque no estamos encontrando registros recientes para la especie”. En El libro rojo, el escuerzo figura hoy en la categoría vulnerable, cuando las palabras de Raúl hacen pensar que para él ya estarían las condiciones para que se lo declare en la categoría en peligro crítico o quizás extinto (ver recuadro).

Números Anfibios

48 especies nativas en Uruguay
3 especies en peligro crítico de extinción
8 especies en peligro de extinción
1 especie vulnerable
4 especies casi amenazadas
4 especies con información insuficiente

“Al escuerzo en su momento lo categorizamos como una especie ‘vulnerable’ porque era lo que correspondía en base a los protocolos de UICN. Uno puede tener una percepción subjetiva de que es una especie mucho más comprometida que lo que dan los números, pero hay que respetar lo que dan esos números porque, justamente, respaldarse en esa herramienta de objetivación es lo que le da credibilidad al trabajo”, explica Maneyro. “Nosotros sabemos que si un animal está en una lista roja bajo peligro crítico, es porque está en peligro crítico, y no por una percepción subjetiva de que se trata de una especie rara o que uno ve poco. Para llegar a cada categoría la información tuvo que pasar por una serie de filtros y, aun dándole el beneficio de la duda, llegó a esa categoría”, defiende el editor de El libro rojo.

“Para mí fue todo un descubrimiento trabajar con ciencia ciudadana, y es una fuente fundamental de información, porque las personas que están en contacto con la naturaleza y que tienen el hábito de estar en el campo son más observadoras de lo que creemos”, cuenta el investigador. “En el caso de las ranas hay gente que me manda cantos. Y mucha gente sabe lo que es común y lo que no, entonces envía cantos de anfibios que no son tan frecuentes. El que vivió toda la vida en un lugar y de repente escucha un canto que nunca había oído probablemente esté registrando una especie rara”, agrega.

Pero además de los aportes de la gente y los avances tecnológicos que permiten mejores registros de forma más sencilla, hay otro factor: la Lista roja, si bien salió en 2015, contenía datos recolectados hasta 2014. “En cinco años las transformaciones en lugares costeros, como la Costa de Oro, pueden implicar grandes cambios del entorno”, dice Maneyro y pone un ejemplo: “En el tramo entre Roosvelt y El Pinar se hizo una rambla. Hacía 20 años que no teníamos datos de la presencia del sapito de Darwin allí, pero si hubiera quedado una población relictual es poco probable que hubiera sobrevivido al impacto que implicó la construcción de esa rambla y su ciclovía. Sin juzgar la obra en sí, desde el punto de la conservación de las especies son procesos de transformación muy rápidos e importantes”.

Números reptiles

70 especies nativas en Uruguay
1 especie de reptil en peligro crítico de extinción
2 especies de reptiles en peligro de extinción
5 especies vulnerables
3 especies casi amenazadas
7 especies con información insuficiente

¿Cuáles son nuestros anfibios más comprometidos? Dado que los procesos de extinción son muchas veces graduales, ¿qué sapitos, ranas, escuerzos y ranitas podrían estar desapareciendo bajo nuestras propias narices? ¿Y qué pasa con los reptiles?

En peligro crítico

En Uruguay hay cuatro especies de anfibios y reptiles que están en peligro crítico de extinción. Se trata del sapito de Langone (Melanophryniscus langonei), el sapito de Darwin (Melanophryniscus montevidensis), la rana de campo grande (Leptodactylus furnarius) y la tortuga de siete quillas o laúd (Dermochelys coriacea). Llama la atención que de los tres anfibios en peligro crítico, dos sean de género Melanophryniscus (el sapito de Darwin y el sapito de Langone), y que además haya dos especies del mismo género en la categoría en peligro (el sapito de Devicenzi y el sapito de São Lourenço) y otra que está casi amenazada (el sapito de San Martín). ¿Tienen los Melanophryniscus una predilección por extinguirse?

“De las seis especies de Melanophryniscus que hay en Uruguay, cinco están amenazadas”, resume Maneyro, y ensaya dos explicaciones. “En general son muy especialistas de hábitat, lo que las hace particularmente susceptibles de estar amenazadas, pero además viven en hábitats donde se están produciendo transformaciones importantes, bastante drásticas y bastantes continuas, ya sea en el caso de los animales que viven en zonas arenosas, como el sapito de Darwin, como de las especies que viven en ambientes serranos, como el sapito de Devicenzi y el sapito de São Lourenço”. Lo que dice Raúl es una verdad triste y dura para los anfibios: son animales que no están en peligro por la caza o porque sean una molestia o un placer en el menú, sino porque el ser humano está destruyendo los lugares en los que viven. “Pero además estas especies son microendémicas, o por lo menos tienen distribuciones geográficas muy reducidas. Por ejemplo, Melanophryniscus langonei vive sólo en Uruguay, ya que hasta ahora no se ha reportado en Brasil, pese a que lo describimos a 500 metros de la frontera”, señala el herpetólogo.

Tortuga de siete quillas. Foto: Karumbé, libro Rojo de Anfibios y Reptiles.
Tortuga de siete quillas. Foto: Karumbé, libro Rojo de Anfibios y Reptiles.

Dentro de los Melanophryniscus, el sapito de Darwin supo tener una distribución más amplia que la actual –de hecho, se llama Melanophryniscus montevidensis porque abundaba en la capital–, por lo que uno podría pensar que estaría más comprometido. Pero resulta que al sapito le encantaba vivir en un lugar que a los humanos también. “Su distribución justo coincidió con la expansión urbana sobre la faja costera. Las primeras en desaparecer fueron las poblaciones de Montevideo, después empezaron a desaparecer las de Canelones, ahora en Maldonado se encuentra pero con muy poquitas poblaciones –casi que de Punta del Este hacia el este–, y lo que va quedando es Rocha”, relata Maneyro, que hace una predicción casi obvia: “Si la faja costera de Rocha va a ser manejada como se manejó en los otros departamentos, el sapito de Darwin va a desaparecer. Es una especie bastante emblemática, conspicua, visible. Es decir, si desparecen ellos, también desaparecen muchas otras especies, como insectos u otros organismos que no tienen tanta prensa ni son tan notorios”.

Sería una pena: cualquiera que vea a los sapitos de Darwin en actividad quedará fascinado. Con un canto único, se juntan en grupos y uno podría pasarse horas mirándolos. De hecho, el nombre popular del animal se debe a que el naturalista Charles Darwin, de paso por estas tierras, también sucumbió a sus encantos y el encuentro quedó registrado en sus bitácoras de viaje.

Si bien depende de lo que queramos hacer con él y con nuestros sistemas dunares, el sapito de Darwin aún tiene tiempo. No es el caso de la lagartija del Polonio (Contomastix charrua), que es el único animal en el libro que figura en la categoría extinta. Como posibles causas de su desaparición, en El libro rojo se señala que “la fuerte presión antrópica a la cual fue sometida el área de Cabo Polonio, junto a la proliferación de gatos y perros, fueron sugeridas como causas que explican la disminución y posterior extinción de esta población”.

También en el mar

Las tortugas marinas están casi tan complicadas en Uruguay como los sapitos de género Melanophryniscus. Mientras la de siete quillas está en peligro crítico, la tortuga cabezona (Caretta caretta) y la tortuga verde (Chelonia mydas) están en la categoría vulnerable. Las tres especies de quelonios son turistas fieles que visitan el país periódicamente pero que rara vez fijan residencia en él. “Las tortugas marinas no anidan en nuestro país, por lo que para la conservación de las especies que llegan a Uruguay dependemos de que en los lugares de anidamiento tengan ciertas garantías de supervivencia”, dice Maneyro.

Pero como con los turistas, que queremos que pasen bien para que vuelvan al año siguiente, también somos responsables de que aquellas tortugas que llegan a nuestras costas a alimentarse sean bien tratadas, de manera de que se vayan felices a procrear a otra parte y les cuenten a sus cachorros lo bien que se pasa en nuestras costas. A diferencia de los turistas, que podrían ser espantados por chivitos a 2.500 pesos, las tortugas enfrentan el problema de las redes de pesca y de la obstrucción de sus tractos digestivos por el plástico.

“En ese sentido el rescate de tortugas que hace la gente de Karumbé es importante, no sólo desde el punto de vista de la incidencia demográfica, sino principalmente desde el punto de vista educativo”, señala Maneyro, complacido de que la redacción del capítulo sobre tortugas haya estado a cargo de investigadores de esa ONG. “Todo lo que tiene que ver con conservación pasa por sensibilizar, por informar y por educar. Más allá de que nosotros podemos hacer trabajos de ecología y modelos biológicos para cada una de estas especies, si eso después no llega a la gente es un ejercicio académico fantástico, pero es difícil que tenga éxito desde el punto de vista de la conservación”, reflexiona Maneyro. “Estos trabajos tienen que derramar tanto hacia la sociedad, mediante la sensibilización, la divulgación y la educación, como hacia el sector político, para que sirvan de base para tomar decisiones”, remata.

Sapito de Darwin. Foto: Leo Lagos
Sapito de Darwin. Foto: Leo Lagos

Casi no es lo mismo...

En El libro rojo se incluyen también las especies que si bien no están amenazadas hoy, podrían estarlo. “Las especies casi amenazadas son importantes, y por eso las consignamos en el libro”, explica el investigador. Y si bien es cierto que cualquier animal podría estar amenazado –nadie está a salvo en caso de que caiga un meteorito como el que acabó con los grandes dinosaurios–, a esta categoría no entra quien quiere (en realidad nadie quiere entrar en ella) sino quien cumple con ciertas condiciones.

“Una especie está casi amenazada cuando si bien no satisface los criterios de amenaza, por sus características biológicas, por el hábitat que ocupa, por cuestiones comportamentales o ecológicas, sospechamos que en un plazo breve podría estar en una categoría de amenaza”, explica Maneyro. “El caso típico en el libro son algunas especies muy especialistas de hábitat”, dice, y habla de animales que por ejemplo sólo viven en lugares rocosos, muchos de los cuales son suelos de prioridad forestal.

“Quizás algunas de esas especies hoy no están en una categoría de amenaza porque los números no alcanzan para que estén en ellas, pero sabemos que el avance de la forestación va a continuar, porque el desarrollo del país viene por ese lado”, señala, analizando que hoy hay forestadas poco más de un millón de hectáreas, cantidad que se piensa duplicar, y que gran parte de esa forestación va a ir avanzando sobre suelos superficiales de poco interés para uso agrícola. “Entonces hay una serie de factores que indican que en los próximos cinco o diez años, en muchas de las sierras donde viven algunos anfibios y reptiles, habrá plantaciones de pinos o eucaliptos, y sabemos que esas plantaciones afectan a estas especies”, dice. “Prendemos entonces una luz amarilla: ese es el sentido de la especie casi amenazada. No es una cuestión de subjetividad caprichosa, tiene una lógica y una razón científica, y por eso se consignan”.

En el libro también hay un capítulo especial dedicado a las especies que están en la categoría deficiente de datos. “Lo hicimos porque, por un lado, no era un esfuerzo mucho mayor al que ya habíamos hecho y, por otro, porque les dice a las personas que están interesadas en el tema que son especies sobre las que cualquier información que se pueda compartir es importante”, justifica Maneyro. “No es lo mismo que una especie no esté amenazada a que esté en la categoría deficiente de datos, pero son especies que probablemente estarían amenazadas si tuviéramos datos para evaluarlas”, complementa. “Las ponemos allí porque lo que conocemos de ellas no nos permite satisfacer los criterios de amenaza esperables para que un animal integre este tipo de listas”.

Categorías de peligro de extinción para la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza

Las especies son evaluadas de acuerdo a distintos criterios (abundancia, distribución geográfica, aumento o declive de la población, etcétera) y luego categorizadas en los siguientes grupos:

LC: preocupación menor
NT: casi amenazada
VU: vulnerable
EN: en peligro
CR: en peligro crítico
RE: extinta a nivel regional
EW: extinta en estado silvestre
EX: extinta

De cierta manera, los animales que figuran allí, como la rana motor (Argenteohyla siemersi), o la falsa coral de hocico respingado (Xenodon histricus), son una invitación para salir a recolectar datos sobre ellas. “Exactamente ese es el sentido”, concuerda. “No necesariamente son animales raros, sino que son animales sobre los que no se ha trabajado demasiado y no tenemos nada documentado”. Maneyro pone el ejemplo de la rana perro, Physalaemus cuvieri. “La describimos por primera vez para el norte de Uruguay en 2005. Es una especie imposible de confundir si uno ya la escuchó alguna vez”, dice, y empieza a imitar su canto, que, como indica el nombre común, suena a un perro ladrando.

“La gente de la zona de Rivera sabía de la existencia de esa rana, porque conocía su canto, pero nunca les llamó la atención porque era una rana que habían escuchado toda la vida”, explica. Argumenta que ese es otro aspecto que hace importante la inclusión de este capítulo: “Hacer saber que en determinadas especies cualquier información, por más que alguien piense que no aporta, es necesaria, porque no es información que se maneje a nivel científico”. El investigador apuesta a que los datos recogidos por la gente curiosa pueden ser utilizados para hacer una categorización, porque son datos fiables y verificables en gran parte de los casos. “No es lo mismo media docena de herpetólogos trabajando en Uruguay que tener una red de centenares de personas observando la naturaleza. Lo que reportan estas personas puede ser la punta de una madeja”.

Sapito de langone. Ilustración de ejemplar adulto.  Libro Rojo de Anfibios y Reptiles del Uruguay
Sapito de langone. Ilustración de ejemplar adulto. Libro Rojo de Anfibios y Reptiles del Uruguay

Prioritario

“A los anfibios por lo general la gente no los mata. Las poblaciones de anfibios se terminan extinguiendo porque las cosas que hacemos provocan la extinción de forma indirecta”, señala Maneyro, y pone un ejemplo para que entendamos las consecuencias indirectas de nuestro accionar. “En la faja costera estamos construyendo, y si todas las zonas bajas donde se junta agua se rellenan, porque es lógico que nadie quiera un charco lleno de mosquitos en su casa, lo que sucede es que esos charcos dejan de ser sitios de reproducción. Si se tapa uno y luego otro y otro, llega un momento en que no quedan hábitats disponibles para la reproducción de los anfibios”, dice. Sin ira pero con pena, señala: “Esa población de ranas va a estar ahí hasta que se muera de viejo el último individuo”.

Foto del artículo ''

El libro rojo, a diferencia de La lista roja, tiene fotos a todo color de cada una de las especies mencionadas, datos sobre su nombre, distribución, biología, estados de conservación y amenazas. Pero también da un paso más allá para cada una de las especies en peligro crítico, en peligro, vulnerable o casi amenazada: los autores incluyeron las medidas prioritarias de conservación que consideran que deberían aplicarse. “Realizar un control de la circulación de vehículos en la faja costera, en especial durante los meses de verano y/o luego de fuertes lluvias (períodos de mayor actividad de la especie)”, dice una de las seis medidas sugeridas para que el sapito de Darwin no desaparezca. “Monitorear el efecto de los agrotóxicos en los ambientes donde la especie se reproduce” y “la calidad del agua en las cabeceras de las microcuencas para evaluar potenciales efectos del ganado a través de la compactación del suelo y eutrofización de sitios reproductivos”, señalan para el sapito de Devincenzi. “Conservar de forma estricta e inalterada un mayor número de zonas de la faja costera entre el arroyo Valizas y la Barra del Chuy”, proponen como una de las tres medidas para que la lagartija de la arena siga en las dunas, y para la tortuga verde, llaman a “continuar con programas de investigación para evaluar y realizar un seguimiento de la pesca incidental (con énfasis particular en pescadores artesanales y deportivos)”.

“Uno empieza a comprender la necesidad de comprometerse con estos temas”, dice Maneyro. “Acabo de cumplir 50 años y vi transformarse los ambientes en forma importante. No tengo duda de que es fundamental empezar a devolver lo que uno ha ido aprendiendo. Trabajar en conservación es una forma de devolver la formación que recibimos acá, en la Universidad, y la experiencia que fuimos colectando en el campo”, dice, y con sus palabras sé que está el final de esta nota.

Publicación: Libro rojo de los anfibios y reptiles del Uruguay. Biología y conservación de los anfibios y reptiles en peligro de extinción a nivel nacional.

Autores: Santiago Carreira y Raúl Maneyro (editores).

Edita: Dinama.