En 1818, mientras dormía en la campaña, José Gervasio Artigas sintió que le olfateaban los pies. Según cuenta su lugarteniente Ramón de Cáceres, el prócer pensó que el intruso era un zorro e intentó espantarlo un par de veces con el pie. Indudablemente no tuvo éxito, porque poco después sintió un peso enorme en el cuerpo y un olfateo muy fuerte a un costado. Se destapó para comprobar quién era el responsable y descubrió que lo que tenía encima no era un zorrito sino un jaguar, aparentemente con planes de finiquitar su gesta revolucionaria con más rapidez que Manuel de Sarratea.

Artigas se incorporó con esfuerzo (también con pánico, suponemos) y puso el rancho patas arriba hasta asustar al jaguar, que huyó al monte y se conformó con llevarse a uno de sus perros.

Un par de años después, Artigas marcharía por la fuerza a Paraguay para no volver jamás. El jaguar demoraría un poco más, pero también sería exiliado de nuestra patria tras aguantar la persecución por unas cuantas décadas. El último jaguar en tierras uruguayas (al menos si uno apela al registro oficial) fue cazado en 1901. Para entonces, la era de los grandes felinos en este territorio ya estaba acabada.

De los felinos que siguen al jaguar en tamaño, como el puma, el ocelote o el yaguarundí, se tienen registros muy raros en Uruguay, generalmente en las fronteras. Con su ausencia, los puestos de depredadores tope de nuestra tierra quedaron vacantes. Y como nos ha enseñado muy bien la dinámica laboral, siempre hay candidatos para llenar una vacante.

Cuando la bióloga Nadia Bou decidió dedicarse al estudio de los carnívoros, se percató de la poca información existente en Uruguay sobre aquellos animales que justamente ocuparon ese lugar, pasando de ser consumidores intermedios en la cadena a convertirse en los únicos mamíferos hipercarnívoros que cumplen esas funciones. Los hipercarnívoros se alimentan mayormente de otros vertebrados y por tanto limitan la abundancia de estas especies, ejerciendo una regulación que impacta en toda la red trófica. Además tienen la característica de ser buenas “especies paraguas”. “La especie paraguas es la que tiene un área de distribución muy grande para poder subsistir. La idea detrás de este concepto es que si se le proporciona y protege el espacio que necesita, se abarca un montón de otras especies con menos requerimientos y que se ven beneficiadas de este protección”, explica Bou a la diaria.

Además, se convierten en un indicador de un ambiente saludable: si existen los predadores tope, significa que hay una población adecuada de consumidores intermedios que los pueden sustentar y un conjunto de vegetación que permite a estos subsistir.

Lamentablemente, como ya vimos, no hay en Uruguay una cantidad suficiente de próceres y otras presas para mantener una población saludable de jaguares.

Ese puesto es casi suyo

¿Quiénes han tomado su lugar? ¿Cuáles son las especies paraguas cuya protección es importante para todo nuestro ecosistema? Con ustedes, tres pequeños felinos con distribución amplia en Uruguay: el margay (Leopardus wiedii), el gato montés (Leopardus geoffroyi) y el gato de pajonal (Leopardus colocola munoai).

Al gato montés prácticamente no hay necesidad de presentarlo. El margay es parecido pero más carismático, con un pelaje amarillento con manchas oscuras que lo hace parecer un pequeño leopardo. Su principal peculiaridad es que puede rotar 180 grados los tobillos, producto de su adaptación a la vida en los árboles. El gato de pajonal es el más extraño y huidizo de los tres: tiene orejas puntiagudas, hocico ancho y un pelo largo que le da aspecto de peluche, una definición que jamás aparecerá en ninguna tesis de biología.

Margay, Leopardus wiedii, en la reserva de M´bopicuá. Foto: Leo Lagos.
Margay, Leopardus wiedii, en la reserva de M´bopicuá. Foto: Leo Lagos.

A Bou, que buscaba un tema para su tesina de grado, los felinos le interesaban especialmente. Aunque muy difíciles de ver y estudiar (como sabrá cualquiera que haya hecho trabajo de campo), son de los primeros en sufrir los cambios de ambiente o la influencia humana. A pesar de ser muy carismáticos, mucha gente quiere matarlos, característica que comparten con especies como los zorros o algunos conductores de televisión.

Estos tres, en particular, plantean un interrogante: como dijimos, son los únicos mamíferos hipercarnívoros que quedan en el país, y por lo tanto cuidarlos se vuelve prioritario para la salud de nuestros ecosistemas. La información que tenemos sobre ellos, sin embargo, es muy poca.

Con esto en mente, la bióloga pensó en cuál podía ser el aporte de su trabajo de grado al estado actual de los felinos en Uruguay. Ya que salir a repartir roedores y aves, replantar monte nativo o impedir el avance de la agricultura intensiva no eran opciones viables, llegó a una idea simple pero efectiva tras charlar con Enrique González, encargado de la sección Mamíferos del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN).

Bou analizó todas las muestras existentes de estas tres especies en el MNHN y estudió también los reportes de animales atropellados, bibliografía y apariciones reportadas (tanto de testigos confiables como de cámaras trampa), hasta llegar a 218 registros. Usando estos datos, aplicó un software que crea modelos de distribución potencial para las tres especies en Uruguay basándose en variables bioclimáticas y topográficas, y contrastó los resultados de las zonas más idóneas con el actual Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SNAP). Las conclusiones demostraron que en Uruguay, al menos por ahora, no corre eso de las siete vidas del gato.

Buscar tres patas al gato

Este sistema de modelos de distribución no es infalible, nos dice Bou, pero aporta información valiosa sobre los lugares en los que estas especies pueden prosperar en el territorio nacional. El programa analiza el conjunto de condiciones que se dan en los sitios donde fueron registrados los animales y en base a eso define qué otras áreas reúnen condiciones idóneas para cada especie.

“Sabemos que no se tienen en cuenta todas las variables que están influyendo”, nos dice la bióloga en los jardines del Instituto Clemente Estable, mientras se sacude delicadamente del hombro una araña saltadora. Por ejemplo, no considera las variables antrópicas (el impacto humano) porque los resultados serían mentirosos. Los felinos suelen ser vistos en lugares donde obviamente hay personas –de otro modo no habría reportes–, lo que no significa que necesiten nuestra compañía para sobrevivir o que les seamos beneficiosos.

Su trabajo concluyó que el margay tiene un hábitat favorable en el este del país, el gato pajonal en el sur y el montés en todo el territorio, pero al contrastar las zonas sugeridas con el mapa actual del SNAP, constató que menos del 1% de las regiones favorables para los felinos están protegidas actualmente.

Los resultados no son una gran sorpresa, porque los felinos precisan grandes extensiones de tierras para prosperar y porque las áreas protegidas ocupan muy poco espacio del territorio nacional, pero demostraron la necesidad de trabajar por fuera del SNAP si queremos que nuestros felinos sobrevivan. “El sistema, por como está planteado ahora, no está proporcionando protección adecuada al menos para el margay y el gato de pajonal, que son considerados prioritarios justamente por el SNAP”, cuenta Bou.

Hilando fino, el trabajo halló seis regiones en las que debería priorizarse la investigación y las medidas de conservación. Tres de ellas están en áreas del SNAP (o a punto de entrar en él): los humedales de Santa Lucía, Valle del Lunarejo, Laureles Cañas. Las otras tres se encuentran fuera de él: la Cuchilla Grande (que conecta con Brasil), la Laguna Merín y las sierras de Rocha (al sur de la Cuchilla Grande).

Gato de pajonal (Leopardus colocola munoai). Foto: Leo Lagos.
Gato de pajonal (Leopardus colocola munoai). Foto: Leo Lagos.

No todas estas áreas son aptas para las tres especies, aunque a veces coinciden. Por ejemplo, el margay aparece en zonas menos modificadas por la agricultura y la ganadería y en las que se preserva el monte nativo, mientras que el gato de pajonal está asociado a cursos de agua y zonas bajas, que siguen las márgenes de ríos. El gato montés puede aparecer tanto en zonas de monte como en vegetación de humedal.

De estas regiones, hay tres que se destacan por su tamaño. Valle del Lunarejo y Laureles Cañas (en Rivera y Tacuarembó) son importantes por la conectividad con Brasil y porque entre ambas generan una continuidad importante para el margay y el gato montés. La tercera es los humedales de Santa Lucía, muy adecuados también para el gato montés pero especialmente para el gato de pajonal. La falta de investigación crea allí una paradoja, porque, como dice Bou, hay que corroborar que el animal siga estando en el área. Esté o no esté, es importante proteger la zona. Hay que actuar como si fuera el gato de Schrödinger, además del de pajonal: está y no está al mismo tiempo.

Como bien dice Bou, el futuro de estos felinos depende de lo que se haga por fuera de las zonas que ya cuentan con protección (aunque también debe investigarse si las medidas que se toman dentro de ellas están siendo efectivas). Ningún área del SNAP tiene hoy un tamaño adecuado como para sustentar poblaciones viables de estos felinos (ver “Dime cuánta tierra proteges y te diré cuántos felinos caben”). “Podemos pensarlas como núcleos con cierta protección, pero no para que sobrevivan a largo plazo. Hoy en día, es como si no estuviéramos haciendo casi nada por estas especies”, explica la bióloga.

Garras a la obra

Crear nuevas áreas protegidas de gran tamaño, en un país de territorio relativamente chico y que depende de la agricultura y la ganadería, es una utopía. Es por eso que Bou y los coautores del trabajo plantean que, si se quiere preservar a estos felinos, debe actuarse especialmente por fuera de estas zonas.

Para ello se necesita más investigación y mucha educación ambiental, por supuesto, pero también medidas prácticas a corto plazo. Por ejemplo, conectar las áreas protegidas mediante corredores biológicos, que permitan moverse a estos animales en áreas más grandes, o implementar planes de conservación en terrenos privados. El uso de la tierra en Uruguay debe tener en cuenta iniciativas para la conservación de la biodiversidad, señala el trabajo.

“Hay que apuntar a métodos de convivencia, a usar la zona de modo que impacte lo menos posible. No es tan difícil con estos felinos chicos. Podemos llegar a tener agricultura, ganadería y que ellos puedan sobrevivir en la misma zona”, opina la bióloga. Para ello hay que disminuir también otros factores que los afectan, como la caza y los atropellamientos en la ruta.

La educación ambiental y los programas de sensibilización con los vecinos (ofreciendo soluciones, por ejemplo, cuando hay conflictos con la actividad humana, como ocurre con la depredación en gallineros) son esenciales. Para implementar estas medidas es necesario que la señal de alerta y las conclusiones de trabajos como este lleguen también a los tomadores de decisiones, no sólo a los lectores de periódicos, algo de lo que Bou se aseguró en este caso. “Hay que trabajar en educación ambiental siempre, dentro y fuera del área”, cree la bióloga.

Como ya vimos, asegurar la supervivencia de estos felinos implica también proteger a muchas otras especies, pero la motivación para hacerlo no es sólo el altruismo.

“Yo quiero que los animales sobrevivan, que mi hijo llegue a conocerlos y saber que existen y están ahí. Pero más allá de eso, cumplen un rol en el ecosistema, lo conozcamos o no”, explica Bou. “Si lo perdemos va a ser grave para el ecosistema y para nosotros en una medida que no podemos llegar a visualizar. ¿Para qué sirven estos gatos? Algunos creen que al no haber una respuesta asociada a la producción es como si no sirvieran para nada, pero se ha visto que los carnívoros ejercen una influencia en el ecosistema muy grande y de efectos impredecibles”, prosigue.

Como ejemplo clásico, cita lo ocurrido en el Parque Yellowstone, en Estados Unidos, en el que la ausencia de los lobos terminó influyendo sobre la salud y circulación de los ríos, algo “dificilísimo de ver a priori” (el lector curioso podrá encontrar varios trabajos al respecto). “Hay que usar un criterio precautorio, ser conscientes de que el equilibrio del ecosistema es tan profundo, tan conectado y tan grande que hay que ser respetuosos en mantenerlo, porque no puedo prever qué pasará si lo modifico. Ese respeto por la naturaleza hay que predicarlo en las modificaciones que hacemos al ambiente”, dice la bióloga.

Nadia Bou. Foto: Federico Gutiérrez
Nadia Bou. Foto: Federico Gutiérrez

“Hay que apuntar siempre a la coexistencia, no sólo por ‘salvar a los pobres gatos’ sino por el impacto directo en nosotros y las futuras generaciones, pensando en cuál es el mundo que les vamos a dejar”, concluye. Si no, de ellos sólo nos quedará el recuerdo de su importancia y la sensación de que pudimos haber hecho mucho más. Como con Artigas.

Artículo: “Conservation planning in Uruguay based on small felids (Leopardus spp.) as umbrella species”.

Publicación: Studies on Neotropical Fauna and Environment (2019).

Autores: Nadia Bou, Griet Cuyckens, Enrique González, Melitta Meneghel.

Dime cuánta tierra proteges y te diré cuántos felinos caben

Los felinos son animales que necesitan grandes extensiones de territorio, aunque la cantidad exacta de kilómetros cuadrados varía según especie y región. En este caso, los autores del trabajo se basaron en estudios hechos en ambientes similares (en Argentina) para establecer un rango de tres km2 para cada ejemplar.

Para que la población de una de estas especies prospere y no tenga pérdida de diversidad genética por cruzamiento entre parientes, debe tener al menos entre 50 y 100 individuos reproductivos, lo que se conoce como tamaño efectivo (Ne).

Esto es algo muy distinto a la población total de la especie. En ella hay un montón de individuos que no forman parte del pool reproductivo por ser jóvenes o viejos, o por verse desplazados en la competencia por parejas. Se estima que el Ne representa entre 10% y 20% de la población total.

Por lo tanto, una sencilla cuenta matemática nos indica que para tener entre 50 y 100 ejemplares reproduciéndose efectivamente, la población total requerida estará entre 250 y 1.000 individuos.

Si ahora aplicamos el estimado de tres km2 por individuo en Uruguay, concluimos que se necesita un área de 750 km2 en el escenario más optimista y de 3.000 km2 en el más exigente. Hablamos de un área con el hábitat adecuado y en el que la población esté conectada.

Para tener una referencia, Laureles Cañas tiene una superficie de 625 km2, que sumada a Valle del Lunarejo (293 km2) alcanza los 918 km2. Allí estaríamos en el entorno del límite más optimista, pero considerando una sola especie. En el caso de los humedales de Santa Lucía, si tomamos en cuenta su superficie continental total nos quedamos cortos por unos cuantos kilómetros cuadrados.