2015. Un grupo de paleontólogos uruguayos acompañados por un colega francés soportan el intenso calor en el yacimiento de la estancia El Barón, ubicada en el extremo norte de Cerro Largo. De pronto un grito agudo y estridente sacude el aire caliente. “¡Una cucaracha, una cucaracha!” se escucha rebotar en la roca expuesta. Pero no se trata de un grito de asco sino de todo lo contrario. La paleontóloga Graciela Piñeiro encontró el fósil de cerca de 300 millones de años de la primera y más antigua cucaracha del registro fósil de Uruguay. Todos corren hacia ella, aún cuando falta tiempo para que sepan que el ala, que quedó perfectamente delineada en los esquistos rocosos, pertenece a una especie nunca antes descrita para la ciencia.

Cuatro años después del hallazgo y tras un intenso trabajo, Piñeiro y la también paleontóloga Viviana Calisto describieron el espécimen hallado en el departamento de Cerro Largo con el nombre de Barona arcuata (género y especie) en un artículo científico publicado recientemente. Calisto estudia los insectos fósiles de la formación Mangrullo, un cuerpo rocoso de alrededor de 290 millones de años que aflora en el norte y noreste del país, como parte de sus estudios de posgrado. El nombre del género, Barona, asignado a la cucaracha arachana, hace referencia a la estancia El Barón, sitio en el que se encontró gracias a que la formación Mangrullo aflora con sedimentos de gran valor paleontológico. El nombre de la especie, arcuata, se debe a que, gracias a la minuciosa descripción de las nervaduras del ala, nítidamente apreciables en la roca de cerca de 300 millones de años, se destaca una que presenta una gran curvatura, de allí el “arqueada”. El ala encontrada mide 3,2 cm, lo que permite saber que Barona era una cucaracha de gran tamaño, similar a las grandes cucarachas voladoras que hoy podemos ver en nuestros jardines.

Siempre se ha dicho que las cucarachas estaban aquí cuando llegamos y probablemente sigan estando cuando la humanidad desaparezca. Originadas en el Carbonífero, período que comenzó hace unos 359 millones de años y que terminó hace 299 millones de años, las cucarachas sobrevivieron a varios cataclismos y cambios, como el que acabó con los dinosaurios y el que estamos creando los humanos en la actual era del Antropoceno. Dado que los seres humanos llegamos a esta parte del mundo hace no más de 15.000 años, Barona arcuata está allí para decirnos que las cucarachas nos llevan casi tres centenas de millones de años de ventaja en el territorio. De todas formas, vale aclarar que esa zona, hoy ubicada en Cerro Largo, en aquella época formaba parte de la región gondwánica (al sur del paleoecuador) de un único continente que existía y que llamamos Pangea. Para conocer más sobre este fascinante hallazgo y sus fabulosas condiciones de preservación –e incluso llevarme una sorpresa que relaciona los fósiles con los agroquímicos– fui al Departamento de Paleontología de la Facultad de Ciencias para encontrarme con Piñeiro.

Cucaracha milenaria

“Barona apareció en 2015”, dice Piñeiro, que ya la nombra como si fueran viejas conocidas. “Estaba acá un paleoentomólogo francés, Olivier Betoux, que se había mostrado muy interesado por los insectos que habíamos encontrado en El Barón”, añade. Dada su especialización en fósiles de insectos –tal es el cometido de un paleoentomólogo–, Betoux comenzó a encontrar un montón de material. “Como él estaba colectando, yo me fui sola para el otro lado de la barranca. Empecé a abrir algunas rocas y encontré un montón de plantas. De repente, parto una roca y veo las alas de esta cucaracha y no lo puedo creer”.

Graciela Piñeiro. Foto: Federico Gutiérrez
Graciela Piñeiro. Foto: Federico Gutiérrez

Es que estas rocas de la formación Magrullo son realmente fantásticas: al dárseles determinado tipo de golpe, la roca se abre como dos páginas contiguas de un libro, revelando en su interior el fósil que contiene. En Uruguay son más frecuente los fósiles que afloran en el sedimento y se ven a simple vista, por ejemplo en barrancos, o los que se depositan por arrastre fluvial en meandros y pedregales. Pero en estas rocas de El Barón los fósiles aparecen en esquistos, comprimidos por el peso de estas rocas de grano muy fino, que al ser abiertas pueden preservar un fósil de cuerpo –huesos, por ejemplo– o un molde y contramolde que en muchos casos presentan una nitidez inconcebible. “Ni bien la vi ya sabía que era una cucaracha”, prosigue Piñeiro. “Me vino una alegría inmensa, porque se habían encontrado cucarachas en Brasil, incluso las había visto, y me había quedado con las ganas de encontrarlas aquí. Viviana también se alegró mucho con este hallazgo, que obviamente formaría parte de los insectos que incluiría en su tesis. Cuando se me pasó la emoción me di cuenta de que era muy parecida a las cucarachas grandes actuales, las que levantan vuelo de repente y la gente no las quiere”, agrega.

En el artículo publicado describen con lujo de detalles el patrón de las venas que presenta el ala fósil que hoy descansa con el código FC-DPI 8710 en la Colección de Fósiles Invertebrados del Departamento de Paleontología de la Facultad de Ciencias. Con un meticuloso trabajo compararon ese patrón de nervaduras con el de otras cucarachas de la zona gondwánica de Pangea y de antigüedad cercana a la de la formación Mangrullo, como la Anthracoblattina mendezi del Pérmico-Carbonífero de Brasil y varias del Carbonífero y Pérmico inferior de la región laurásica de Pangea –que daría lugar a Europa, Asia y Norteamérica–. Tras estas comparaciones, las autoras concluyeron que se trataba de una especie de un nuevo género de cucaracha. Éxito para la paleontología oriental. Y hablando de orientales, también encontraron que la cucaracha conocida más parecida, de acuerdo al patrón de sus venaciones, era Qilianiblatta namurensis, una cucaracha encontrada en China. “Esa cucaracha china es la más antigua Blattaria que se conoce, y fue encontrada en el Estefaniano, una época que marca el fin del período Carbonífero y el comienzo del Pérmico”, comenta Piñeiro.

En el trabajo también afirman que “la cucaracha uruguaya no puede relacionarse con ninguna de las familias descritas dentro del orden Blattaria”, pero son cautas y deslizan que “para la postulación de una nueva familia tendríamos que encontrar especímenes adicionales que permitieran una correcta calibración de los caracteres diagnósticos”. Esta particularidad de no poder asignarla a una familia preexistente es otro rasgo que comparte con su compañera oriental: nuestra cucaracha “es intrigantemente similar a Qilianiblatta namurensis, que es la cucaracha más antigua registrada en este momento y no ha podido ser asignada a una familia previamente conocida dentro del orden”.

Mangrullo, orgullo

La formación Mangrullo, en la que apareció el fósil de Barona arcuata, ha guardado en sus entrañas una gran cantidad de fósiles de plantas y animales. Y todo ello gracias al empecinado trabajo de Piñeiro. “Empecé a ir a Mangrullo en 1996. Se sabía que había afloramientos, pero no fósiles. Mi tutor en ese momento me había preguntado si estaba segura de lo que iba a hacer y me advertía que iba a fracasar. Le dije que quería ir igual. Al tiempo me pidió disculpas, porque en el primer año ya habíamos encontrado como 500 fósiles de crustáceos, insectos y mesosaurios, entre otros”, recuerda hoy la científica. Para justificar un poco el escepticismo previo, aclara: “El asunto es que si vas a Mangrullo no ves nada. Hay que picar desde las seis de la mañana hasta que se va el sol y estar atentos a la nueva técnica de colecta, que nos impone el hecho de que los fósiles se preservan como parte y contraparte y uno no se puede perder de lo que muestra cada una de ellos”.

Tras ensayo y error, Piñeiro fue perfeccionando su técnica, y hoy está convencida de que los fósiles le ayudan a saber qué “piedras” se deben elegir para partir. “Las rocas esquistosas te dan estas sorpresas. Los fósiles, por más comprimidos que estén, por más que sean de escasos milímetros de espesor, van a hacer que la roca se parta por la capa en donde están. El fósil genera esa debilidad en el sedimento”, explica. Así que tras golpear una roca que contiene fósiles, ¡bingo! “Se abre y al ver que hay algo se te entrecorta la respiración. Te preguntás cómo puede ser que eso haya estado allí 300 millones de años, esperando que dieras ese golpe. Es algo que no se puede explicar con palabras”, dice, y si bien esa alegría debe ser vivida en persona, viendo cómo se le agrandan los ojos y una sonrisa se le instala en la cara uno puede tener indicios de lo que debe sentirse en ese momento.

Panorámica El Barón, lugar donde apareció la cucaracha Barona Arcuata. Foto: Susana Piñeyro
Panorámica El Barón, lugar donde apareció la cucaracha Barona Arcuata. Foto: Susana Piñeyro

Sin embargo, por más que hace más de dos décadas que visita el afloramiento de la estancia El Barón, era la primera vez que aparecía una cucaracha. “A nosotros nos extrañan bastante los hallazgos de insectos, porque lo que tenemos en esos yacimientos es un ecosistema acuático que tenía una muy baja diversidad y elevada abundancia, muy pocas especies representadas por muchos individuos, incluyendo todos los estadios de desarrollo. Eso, desde el punto de vista ecológico, se asocia con un sistema hipersalino, y es un ecosistema estable siempre y cuando no desaparezca uno de sus integrantes”. Allí Piñeiro y sus colegas han encontrado fósiles de los asombrosos mesosaurios, reptiles pequeños que se alimentaban de los crustáceos pigocefalomorfos de los que también han encontrado cuantiosos fósiles.

Pero la formación geológica que aflora en El Barón tiene otra característica especial: “La formación Mangrullo es un Konservat-Lagerstätte”, dice Piñeiro. En alemán eso significa “yacimiento de conservación”, y se aplica a aquellos yacimientos en los que los fósiles se preservan de forma excepcional, al punto de que en las rocas se generan impresiones de partes blandas que rara vez se fosilizan. De hecho, eso fue lo que permitió que las alas de nuestra cucaracha se preservaran en tan buen estado. “Estos sitios, además de conservar las partes blandas, permiten conservar las conductas, la biología de los animales. Por ejemplo, en Mangrullo pudimos determinar que los mesosaurios tenían una glándula de la sal, porque encontramos tanto la cavidad de las glándulas como el conducto, lo que nos permitió saber cómo estos animales eliminaban el exceso de sal”, explica la paleontóloga. “También sabemos cómo se reproducían los crustáceos, porque encontramos pigocefalomorfos copulando”.

Cada vez que habla de Mangrullo, Piñeiro lo hace con una mezcla de orgullo, admiración y gratitud. De hecho, también en esa formación, que aflora en un predio que pertenece al Instituto Nacional de Colonización, la paleontóloga y su equipo hicieron un hallazgo de trascendencia mundial: el huevo amniota más antiguo del mundo. Este tipo de huevos fue un salto evolutivo que permitió la reproducción ovípara en el medio terrestre –recordemos que venimos del agua y que la conquista de la tierra firme comenzó con nuestros lejanos parientes anfibios– y que, evolución mediante, hizo posible las formas vivíparas de los mamíferos. “Se trata de una evidencia que se buscó durante cientos de años y que llena un espacio de tiempo de 60 millones de años en torno a la reproducción amniota, la misma que ha perdurado en los grupos más evolucionados y que nosotros tenemos. A medida que te lo cuento me emociono”, dice.

“Lo increíble es que en este ecosistema de baja diversidad los insectos son muy diversos”, comenta Piñeiro, y para hacer más patente esta diversidad, agrega: “Para su doctorado, Viviana está describiendo ocho órdenes de insectos que nunca se habían encontrado para esa edad. Y si el yacimiento de Mangrullo es, como todo parece indicar, más antiguo de lo que hasta hoy se aceptaba, ubicándose entre el Pérmico y el Carbonífero, tendríamos entonces a los representantes más antiguos de esos ocho órdenes de insectos para el mundo”.

Justamente, la antigüedad de la formación Mangrullo es la que este trabajo y otros apuntan a rever. Hasta que Piñeiro comenzó con sus trabajos, se sostenía que los yacimientos de Cerro Largo y otras partes del norte del país de la formación Mangrullo pertenecían al Pérmico superior, es decir, que se ubicaban al final del período que comenzó hace 299 millones de años y que terminó hace unos 251 millones. “Mirando la biota que aparecía en Mangrullo no encontraba nada que fuera del Pérmico superior, era todo más primitivo y más antiguo”, dice la investigadora. Tras la evidencia y la insistencia de Piñeiro, la edad fue llevada entonces al Pérmico inferior, es decir, la parte más antigua del período. Pero Piñeiro va a más, y hoy está convencida de que Mangrullo es una formación que está en el límite entre el Carbonífero y el Pérmico, como así lo sugiriera en 1940 el gran paleontólogo alemán Fredrerik von Huene, en oportunidad de su visita a Brasil. El Carbonífero es el período del Paleozoico que le sigue en antigüedad al Pérmico, yendo de los 359 millones de años hasta los 299 millones. “Ahora, con un proyecto que submitiremos a National Geographic, vamos a datar nuevamente muestras de roca en un laboratorio en Australia, junto a una geofísica de San Pablo”, adelanta, confiada en que tiene información de calidad para darle a Mangrullo una mayor antigüedad. “Al analizar las asociaciones de las plantas de Mangrullo, nos da como edad el Carbonífero superior bajo. Expertos colegas confirmaron que la flora que teníamos en Uruguay, asociada a los insectos, era más típica carbonífera que pérmica, porque en el Pérmico se producen muchos cambios en la flora, hay algunos taxones que ya no están. Eso es lo que pasa en el mundo, sería raro que en Uruguay no pasara”.

Por todo eso, Piñeiro es categórica: “La formación Mangrullo implica que tenemos un tesoro. Cuando vas es increíble. En cada roca que partís prácticamente hay un fósil. Es tanto lo que aparece que aún estamos por describir los mesosaurios más grandes que hemos encontrado allí”. Pero de pronto, su rostro iluminado por lo magnífico de los yacimientos se pone sombrío: “Sin embargo, lo estamos destruyendo. Es triste”.

Una vez más... los agroquímicos

Esa formación maravillosa, Mangrullo, corre peligro, según Piñeiro. La cucaracha se llama Barona arcuata porque fue encontrada en el establecimiento El Barón, por lo que supongo que sus propietarios entienden el valor que tienen estos hallazgos. “Ellos sí lo entienden y siempre nos ayudaron a proteger el afloramiento”, dice Piñeiro. “Es un campo ganadero, y ese afloramiento apareció porque los dueños del campo construyeron un embalse para darles agua a los animales, en la conjunción de la Cañada del Barón y la Cañada de los Burros. Para hacer la pared o la taipa, cortaron parte del cerro, que es un cerro larguísimo, y entonces quedaron expuestos todos los niveles de la formación Mangrullo. Cuando fui, en 1996, el afloramiento tenía ya ocho años”, explica.

“Ahora los yacimientos están en peligro por varias causas; la principal y más importante, porque ya ha destruido muchos yacimientos, es el uso exacerbado de agroquímicos”, dice Piñeiro. “Los agroquímicos desgastan más rápido la roca, aceleran su meteorización, por lo que los fósiles también se meteorizan y pierden su fidelidad y buena preservación. Los fósiles de Mangrullo, que tienen mucha calidad, quedan cubiertos, por ejemplo, por una fina capa de azufre, producto de esa meteorización, la cual se ha acelerado en los últimos años. Las rocas, que incluyen arcillas y limolitas asociadas a niveles de ceniza volcánica, contienen azufre. Cuando la roca está expuesta a las condiciones meteorológicas naturales imperantes se produce la meteorización; si esas condiciones son extremas, como las que vemos hoy en día, la meteorización se acelera y el azufre se volatiliza, y queda como un polvillo que cubre todos los fósiles y los deteriora”, explica con pesar. Piñeiro afirma que en la última década la calidad de los fósiles de la formación Mangrullo ha disminuido considerablemente. “¿Por qué inferimos que esto es consecuencia de los agroquímicos?”, se pregunta, haciendo más fácil mi trabajo. Tiene tres evidencias.

“Por un lado sabemos, sin ninguna duda, que la aplicación de agroquímicos en la zona ha aumentado. Los campos en las zonas aledañas, en lugar de tener vacas, ahora tienen soja. Son campos de brasileños y argentinos”, dice. Luego, además de ese dato objetivo, Piñeiro aporta una experiencia de primera mano. “Hay momentos en los que no se puede trabajar en los sitios. Pese a que tomo precauciones, usando pañuelos como tapaboca, y nos cubrimos la nariz, cuando están aplicando el pesticida con avioneta es intolerable. La última vez fui con estudiantes y la avioneta fumigó durante prácticamente todas las horas que estuvimos en el yacimiento, una de las chicas tuvo vómitos, diarrea y dolor de cabeza, y nos tuvimos que ir a Melo para que la viera un médico. Los campos que se fumigan están más hacia la frontera, y cuando el viento viene del norte hacia El Barón, todo lo que aplican llega”.

Viviana Calisto y Alejandro Ramos en yacimiento El Baron. Foto: Susana Piñeyro
Viviana Calisto y Alejandro Ramos en yacimiento El Baron. Foto: Susana Piñeyro

La evidencia no termina aquí. No sólo ha cambiado el paisaje y ella misma y sus alumnos han sufrido las consecuencias de la aplicación de agroquímicos –tanto que hoy Piñeiro decidió no ir más con estudiantes en épocas de aplicaciones debido al alto riesgo–; no debemos olvidar que los paleontólogos son científicos y no, como en las películas, únicamente aventureros que encuentran fósiles. “Analicé también los sedimentos con microscopía electrónica de barrido, aplicando una técnica de espectrometría de dispersión de energía de rayos X, que se conoce como EDS, que permite medir los elementos químicos que hay en la roca. Tenía muestras analizadas con EDS desde 1998 hasta al presente, lo que me permitió ver la variación en la composición química de las rocas, no sólo de Mangrullo sino de todas las unidades que estudio. Al comparar los valores encontramos una cantidad de elementos contaminantes que forman parte de algunos fungicidas e insecticidas que se usan en la agricultura, sobre todo de un pesticida que es muy utilizado en el país, llamado clorpirifos, cuya fórmula contiene cloro, azufre y fósforo. Por eso sé fehacientemente que el yacimiento está siendo afectado por estos agroquímicos, que incluso están cambiando la composición de los sedimentos”. Contundente. Piñeiro cuenta que además es un problema que está afectando a paleontólogos de varias partes del mundo y no sólo a los uruguayos.

Sin embargo, los agrotóxicos no son el único problema que podría comprometer nuestro rico patrimonio paleontológico del norte. “El otro problema es la caminería que está relacionada con este sistema de producción. Supuestamente ahora los productores quieren caminos anchos para sacar su producción en camiones y más y mejores carreteras. La cuestión es que en los dos últimos dos años me dejaron sin afloramientos. Hoy el único afloramiento que nos queda es el del Barón”. Los dueños de la estancia aceptarían hacer otro corte en el cerro que atraviesa prácticamente todo el campo (de unas 2.000 hectáreas aproximadamente). “Yo no quiero hacer eso, porque sé que los dueños, a los que conozco desde hace mucho tiempo, quieren conservar el lugar. Por ahora estamos trabajando allí, limpiamos la zona deteriorada y vamos más profundo”.

Piñeiro está orgullosa de que, gracias a su trabajo, el sitio está protegido: “Está protegido por National Geographic y por la Dinama [Dirección Nacional de Medio Ambiente]”, dice, y efectivamente, en documentos oficiales se reconoce como “sitios paleontológicos” los “afloramientos en la ruta 7 hacia Paso Centurión, desde el kilómetro 6 hasta el arroyo Chuy; afloramientos en el Camino a Piedras Blancas al Norte; un sector en el padrón 1268 de la zona Puntas de Molles; los padrones 16458, 1610, 5973, 1568 y 4736 de la Estancia El Barón, 5ª sección, en la zona Cañada de los Burros en Mangrullo”.

“La protección de estos sitios no la hago por mí. Estos afloramientos no son míos. En no mucho tiempo me voy a retirar, y estos yacimientos me han dado mucho más de lo que podía soñar; sólo tengo agradecimiento. Pero esta historia no puede terminar acá conmigo. Tiene que venir otra gente, otros estudiantes, a emocionarse como yo. Por eso defiendo estos sitios”, dice Piñeiro, y uno se muere de ganas de abrazarla y darle las gracias por los mesosaurios, los crustáceos, los huevos, plantas, insectos y las otras maravillas que ha dado y dará Mangrullo. Qué pena que hasta cuando hablamos de una cucaracha de cerca 300 millones de años tenga que aparecer un plaguicida en la conversación. La plaga, sin dudas, no es Barona ni sus descendientes.

Artículo: “A large cockroach from the mesosaur-bearing Konservat-Lagerstätte (Mangrullo Formation), Late Paleozoic of Uruguay”.

Publicación: PeerJ (2019).

Autores: Viviana Calisto y Graciela Piñeiro.

Experta en insectos

Viviana Calisto es entomóloga, es decir que se dedica al estudio de los insectos. La descripción de la Barona arcuata fue parte de su doctorado. “Llevó un tiempo y varias vueltas llegar a la conclusión de que el material correspondía a una nueva especie”, dice Calisto. “La bibliografía es escasa, difícil de conseguir o puede estar en un idioma poco accesible, como el ruso”, admite. Pero por suerte no estuvo sola: “Investigadores extranjeros y expertos en el tema colaboraron con la bibliografía y también aseguran que es una nueva especie”, señala.

La razón que llevó a Calisto a examinar insectos de varias centenas de millones de años tiene nombre y apellido. “Soy entomóloga especializada en insectos actuales. Es un grupo maravilloso y megadiverso. Con Graciela conocí el mundo de los insectos fósiles. Fue todo un reto introducirme en la paleoentomología, porque son animales bastante diferentes a los insectos actuales y muchos están actualmente extintos”, dice.

Según contó Piñeiro, Calisto está identificando ocho órdenes de insectos que, de confirmarse la hipótesis de la antigüedad del yacimiento, serían los más antiguos representantes de esos órdenes en el mundo. Le pregunto a Calisto si eso, para un paleoentomólogo, se compara con haber encontrado un Tyrannosaurus rex. “Ambos hallazgos son fantásticos y colaboran con la reconstruccion de la paleofauna”, agrega. “Quizás los insectos fósiles son menos conocidos entre la gente, y T. rex ya tiene mucha fama. Pero estos grupos de insectos existieron muchos millones de años antes que los dinosaurios. Cada fósil de insecto recolectado, con el trabajo que implica encontrarlos y, como en este caso, que esté bien preservado, para mí es como un pequeño T. rex”, asegura.