La producción de carne en establecimientos en los que los animales están confinados y son alimentados a ración para cumplir con exigencias de mercados internacionales es una buena noticia para los exportadores, pero no tan buena para nuestros cursos de agua si no se toman medidas.

Hace poco más de 400 años, con la introducción del ganado bovino en 1611 por parte de Hernandarias, estas tierras se dedicaron a producir carne vacuna criada a campo. Con pasturas abundantes y ganaderos con grandes extensiones de tierra, nuestro país se dedicó a la ganadería vacuna extensiva –lujo reservado para un puñado de países en el mundo–. Este modelo productivo calzó a la perfección con la idea de posicionar a Uruguay como un país natural –“Uruguay Natural” es nuestra “marca país”– y todos estábamos felices sabiendo que nuestras carnes eran reconocidas en el mundo por sus excelentes cualidades, en parte porque nuestras vacas vivían vidas menos estresadas que aquellas hacinadas en establos que sólo comían raciones y a las que, por el hacinamiento, había que administrarles muchos más productos sanitarios.

Pero cambia, todo cambia, y no siempre lo hace en la dirección en la que queremos. Aparecieron consumidores que prefieren la carne vacuna de animales criados en feedlots, palabra que en inglés significa algo así como “lotes de alimentación” y que describe bastante bien lo que sucede en ellos. Una definición más formal sería la que se incluye en el artículo científico que dio pie a esta nota, llamado “Estudio preliminar de ecotoxicidad y contaminación no puntual por nitrógeno y fósforo en cursos de agua superficial cercanos a feedlots” y que recientemente fuera publicado en la revista uruguaya INNOTEC: “Los feedlots son establecimientos agropecuarios con un sistema intensivo de producción de carne que permite obtener en un menor tiempo la terminación de animales bovinos. Su sistema se basa en el encierro de los animales en corrales y en el aporte de alimentos balanceados concentrados”. La carne así lograda tiene una grasa más blanca y abundante que la grasa amarillenta de la vaca criada a campo, un color que es más rosado que rojo opaco y una consistencia un poco más tierna. Dicen que sobre gustos no hay nada escrito, pero eso es una falacia: así como muchas personas han escrito de las bondades de la carne de feedlot, otros, dentro de los que me cuento, la encontramos demasiado grasosa y con un sabor que demuestra poca personalidad. Pero los mercados mandan, y si la carne de feedlot se paga más cara, siempre habrá productores dispuestos a entrar en el juego.

De esta forma, la carne producida en feedlots permite acceder a determinados mercados. En el trabajo se señala que esta modalidad productiva (en Uruguay por general la vaca se cría a campo y se engorda en feedlots en los meses previos a la faena) permite obtener “las características específicas para ingresar en mercados internacionales más exigentes y con mayores precios de venta (cuotas HILTON y 481)”. Pero, si bien esta carne se paga más y es deseada por algunos mercados, tiene un precio que no es pagado por los paladares sofisticados que la solicitan: “Un inconveniente de estos sistemas de producción intensiva (feedlot) es que producen grandes volúmenes de estiércol, orina y en ellos se pueden hallar residuos de productos veterinarios en pequeñas superficies, los cuales, mediante infiltración en el terreno, por arrastre, escorrentías o lixiviación, pueden contaminar los suelos y las aguas superficiales y profundas, produciendo potencialmente efectos ambientales adversos”, señala el artículo.

“Nos sorprendieron los valores altos que encontramos, en especial de las concentraciones de fósforo”. Diana Míguez.

Realizado por investigadores de Latitud, la fundación del Laboratorio Tecnológico del Uruguay (LATU) y del Área Farmacología de Facultad de Veterinaria de la Universidad de la República, el artículo también informa que “Trabajos previos señalan a los desechos pecuarios entre los principales causantes de los procesos de eutrofización de los cursos de agua” –la eutrofización es el proceso de desequilibrio que se produce cuando “un cuerpo de agua se vuelve abundante en nutrientes”–. Una de las consecuencias más notorias de la eutrofización es bien conocida y sufrida por todos: las floraciones de cianobacterias, organismos que son más capaces de arruinar una temporada que la no venida de turistas argentinos. Puesto que todos hoy hablan de producción sostenible, la cuestión pasa entonces por ver de qué manera el país puede producir carne de feedlot sin que ello implique un riesgo para nuestros ecosistemas. Y si a lo que se apunta es a la producción sostenible, lo primero que hay que hacer es investigar (podemos incluir en la investigación el proceso de ver lo que dice la literatura científica nacional e internacional existente al respecto). Los autores del artículo entonces se pusieron manos a la obra, y en el marco de la tesis de grado de Daniel Baruch se pusieron como objetivo “caracterizar los cursos de agua ubicados en declive con respecto a las áreas donde se localizan los corrales de engorde, evaluando las concentraciones de nutrientes y los aportes de sólidos por medio de análisis fisicoquímicos, y analizando su ecotoxicidad a través de modelos de bioensayos”. En otras palabras, tratar de entender cuál era el impacto de producir carne de esta manera en nuestro Uruguay Natural.

Investigadores al campo...

Para el estudio que terminó en la publicación de este artículo se seleccionaron dos establecimientos que cumplían con determinados requisitos (por ejemplo, tener animales durante todo el período de estudio, estar ubicados cerca de un curso de agua, autorización para ingresar y tomar muestras) y que se ubicaban a menos de 200 metros de arroyos de la cuenca del río Negro, en el departamento de Flores. A uno lo llamaron A y se encontraba próximo al arroyo Marincho, y llamaron B al feedlot que se encontraba a escasos metros del arroyo Grande del Sur.

El feedlot cercano al arroyo Marincho contaba con cuatro corrales, de los que al momento del estudio sólo funcionaban dos con 900 vacas. En el ubicado próximo al arroyo Grande del Sur había ocho corrales, y 1.500 vacunos se alimentaban en los cuatro que funcionaban cuando se realizaron los muestreos. Con esos animales en los establecimientos, en un período de 30 días se realizaron dos muestreos de los cursos de agua (el primero en diciembre de 2016 y el segundo en enero de 2017) en tres puntos distintos de cada feedlot: aguas arriba, frente a cada uno y aguas abajo. De esta manera, los resultados obtenidos permitirían determinar si lo encontrado frente y aguas abajo de los feedlots era distinto o no a lo encontrado aguas arriba, pudiendo así ver el impacto de los establecimientos en los cursos de agua.

...Y el campo al laboratorio

Para evaluar la ecotoxicidad en el trabajo quisieron ser abarcativos, por lo que realizaron bioensayos con tres organismos de reinos distintos: la bacteria Aliivibrio fischeri, el crustáceo Daphnia magna, y semillas de la planta Lactuca sativa, que todos conocemos como lechuga. En el caso de la lechuga, se dejaron las semillas durante cinco días y se comparó el crecimiento de las raíces de las que estaban en agua obtenida de las muestras con las de un grupo de control con agua pura. En el crustáceo Daphnia magna se observó la mortalidad durante un período de 48 horas en concentraciones del agua de las muestras. Dado que las bacterias son criaturas maravillosas, el ensayo con Aliivibrio fischeri es sorprendente: puesto que es un microorganismo bioluminiscente, es decir que, en condiciones normales de salud, emite una luz propia determinada, para el ensayo se analizó la emisión de luz de las bacterias en un medio de control saludable y de las bacterias en las muestras de agua traídas de los cursos de agua de los feedlots. Un crecimiento anómalo de las raíces de lechuga, una mayor mortandad de los crustáceos o diferencias en la emisión de luz de las bacterias serían indicativos de que algo en el agua de las muestras estaría afectando las formas de vida de los cursos de agua tras la descarga de efluentes no puntuales de los feedlots.

Los resultados de ecotoxicidad no fueron alarmantes, pero tampoco son para quedarse tranquilos: si bien el estudio “no detectó niveles apreciables de toxicidad aguda” para el crustáceo Daphnia magna “se observaron niveles ligeramente tóxicos en ambos cursos de agua para Vibrio fischeri y para Lactuca sativa consistentes con efectos de bioestimulación”.

Por otro lado analizaron las propiedades físicoquímicas de ambos cursos de agua en los tres puntos muestreados en dos ocasiones. En ellos determinaron características del agua (como su pH o la conductividad), así como el contenido de nutrientes como el fósforo y el nitrógeno, entre otros. En este caso sí que los resultados deberían hacer sonar varias alarmas: “En los estudios fisicoquímicos se encontró que en ambos cursos de agua los niveles totales de fósforo excedieron los valores establecidos en el Decreto 253/79, los cuales, si bien estaban presentes incluso aguas arriba, aumentaban aún más hacia abajo de los corrales”, afirman en el artículo publicado. Para que quede claro, en la discusión señalan que “los valores de fósforo se vieron incrementados a medida que atravesaban los establecimientos” y, si bien “los cursos de agua previo al ingreso a los establecimientos ya se encontraban con niveles de fósforo total por encima de los establecidos en la normativa”, indican que “se pudieron observar variaciones en las concentraciones relativas en los diferentes puntos de muestreo y establecimientos para las concentraciones de fósforo total, fósforo soluble, nitratos y nitrógeno total, a medida que el curso de agua avanza por los puntos de muestreo en ambos establecimientos, pero en forma más notoria en el establecimiento con mayor dotación de animales”.

El trabajo publicado incluye también gráficas con los resultados obtenidos que permiten que uno se haga una idea de cuánto fósforo de más encontraron. Aquellos que tengan debilidad de mandíbula mejor que se salteen el resto de este párrafo: los valores de fósforo en el agua son capaces de dejarle a uno la boca tan abierta que hay riesgo de fractura maxilar. Mientras que el máximo permitido por la norma son 25 microgramos por litro (25 µg/l), frente y aguas abajo del establecimiento A, donde había 900 vacunos, se registraron valores que fueron de 283 a 645 µg/l. En el caso del feedlot B, que tenía 1.500 animales, los valores fueron aún más altos: entre 1.080 y 4.300 µg/l. Lo repetimos: el máximo por normativa son 25 microgramos por litro... y se encontraron 4.300, un valor 16.000% mayor. No sabemos cómo piensan las cianobacterias, pero si uno fuera una de ellas, con estos valores de nutrientes disponibles, yo ya tendría decidido pasar el verano aguas abajo de los feedlots de estos dos arroyos de Flores.

Biotoxicología

Los estudios de toxicidad se hicieron a través de bioensayos con la bacteria Aliivibrio fischeri, el crustáceo Daphnia magna y semillas de lechuga. En los resultados encontraron algunos indicios de que, si bien no analizaron las sustancias que estaban presente en el río, algo estaba pasando.

Aliivibrio fischeri es una bacteria bioluminiscente, es decir que produce luz cuando está en condiciones correctas. Cuando se expone a un tóxico, disminuye la luz que emite, pero en ocasiones produce luz de forma excesiva ante determinadas sustancias”, explica Míguez. Y las bacterias que fueron expuestas al agua de las muestras produjeron un exceso de luminosidad. “No es clásicamente una toxicidad, pero al tener dos ensayos que nos muestran una bioestimulación, también llamada hormesis, porque también sucedió con las semillas de lechuga, nos permite decir que hay algo en esos cursos de agua que está alterando a estos organismos, hay un estresor”. Dicho de otra manera: en los cursos de agua muestreados frente y aguas abajo de los feedlots hay sustancias que son capaces de molestar y estresar a distintos organismos, algo así como un caso de biobullying.

Uno pregunta si este estresor podría ser el exceso de nutrientes, de fósforo y nitrógeno biodisponibles. “Qué es lo que está causando esta bioestimilación, no lo sabemos. Habría que hacer un estudio para buscar qué puede estar ocasionando estos efectos”, declara Míguez, y uno ya sabe que seguramente planifiquen más investigaciones para responder a esta pregunta. “Lo que encontramos abre varias hipótesis. La perspectiva de analizar trazas de contaminantes y resistencia antimicrobiana en estos cursos es interesante, es un lindo trabajo para seguir a futuro”, confiesa.

La sustentabilidad y la ciencia

Diana Míguez, autora del artículo junto con Gonzalo Suárez y Daniel Baruch, nos recibe en el LATU desde donde en la Fundación Latitud se dedica a generar programas de investigación ambiental. “Dado que desde algunas políticas gubernamentales se apunta a la intensificación de la producción agrícola y ganadera, de producir más para en el futuro alimentar a 50 millones de personas, es importante apuntar a un manejo correcto. Nosotros desde Latitud, la fundación del LATU para I+D+I, estamos tratando de apoyar todo lo que tiene que ver con la sostenibilidad, tanto de las cadenas industriales como de las del agro. Tratar de apoyar eso implica primero evaluar cómo es el estado de situación. Nos pareció que había algunas brechas en el conocimiento del estado actual de ciertas zonas del país y realmente nos sorprendieron los valores altos que encontramos, en especial de las concentraciones de fósforo”, dice Míguez.

Dado que se apunta a la intensificación de la producción, no puedo dejar de notar la diferencia que hay entre los resultados del establecimiento que al momento del estudio tenía 900 animales y del que tenía 1.500. ¿Los niveles tan grandes de fósforo del establecimiento B se deben a que hay más animales?, ¿tienen que ver con la escala? “Obviamente que la mayor envergadura de un emprendimiento va a llevar un aumento de los posibles impactos, pero creo que más allá del número de animales, es decisivo el correcto manejo de los efluentes”, responde. Si la cantidad de animales no necesariamente explica la diferencia entre los valores muy altos del establecimiento A y los altísimos del establecimiento B, entonces uno podría pensar que hay algo que el A hizo mejor que el B, no para establecer culpas, sino para ver que hay espacio para trabajar mejor. Míguez concuerda y señala que tienen un excelente contacto con los productores: “Previamente fuimos a hablar a la Asociación Uruguaya de Productores de Carne Intensiva Natural, que nuclea a los que producen con feedlot, y pude evaluar muy positivamente el deseo de progreso en el desempeño ambiental que tienen los ingenieros agrónomos a cargo de estos emprendimientos. El aporte de nutrientes es tan grande que ellos mismos expresaron su interés por que este estudio se extendiera a todo el país para así poder cambiar las cosas. Todo el mundo sabe que todos dependemos del agua, y esa conciencia ambiental se está generando muy rápidamente. A veces hay desconocimiento de cómo está la situación y de qué se necesitaría para revertirla. Hay metodologías, hay formas para lograr disminuir esos aportes”.

Uno podría pensar que las soluciones para que el fósforo y el nitrógeno de los excrementos de los animales apiñados en los feedlots terminen en nuestros ríos serían caras de implementar y que encima requerirían desarrollos tecnológicos complejos. Pero no: “No son tecnologías especiales. Es algo tan sencillo como que no dejes pasar el agua pluvial por el estiércol y que tampoco vaya, sin ningún tratamiento, al curso de agua”, sostiene. Diana explica además que los feedlots tienen una serie de canales “pero no tienen una planta de tratamiento para esos líquidos previo a la disposición, van directamente al curso de agua sin haber sido tratados”, lo que muestra que hay bastante por hacer. “También hay parte de esos nutrientes que llegan al agua por infiltración en los terrenos”, agrega. “Nosotros en el trabajo citamos el caso de Dakota del Norte, en Estados Unidos, donde tienen requisitos que establecen cómo tiene que ser la canalización, cómo tiene que ser el tema de las pendientes en relación con los cursos de agua y sobre el tratamiento de los efluentes. Son debes que el Uruguay todavía tiene en esta temática, pero que indican que se podrían tener feedlots que no afecten los cursos de agua si se realizaran ese tipo de tratamientos y se cumplieran con esos requisitos”. Para la investigadora, los problemas qe tenemos son “subsanables” aunque recuerda que más allá de los costos, “es una obligatoriedad que todo emprendimiento tiene que tener un tratamiento de efluentes”. También vale la pena recordar que la carne finalizada en feedlots permite acceder a mercados que pagan mejor el kilo de carne, por lo que a diferencia de emprendimientos productivos en crisis, como la industria lechera, es más factible –y exigible– hacer la inversión necesaria para que eso no termine afectando nuestros ríos y arroyos. “Sí, son productos con más valor agregado, pero tenemos que cuidar nuestras fuentes de agua, porque también van a influir en la calidad de los productos. Todo se trata de un idea y vuelta”, resume Míguez, y uno cruza los dedos porque todo el mundo también lo comprenda.

Artículo: “Estudio preliminar de ecotoxicidad y contaminación no puntual por nitrógeno y fósforo en cursos de agua superficial cercanos a feedlots

Publicación: INNOTEC, número 18, 2019

Autores: Diana Míguez, Daniel Baruch y Gonzalo Suárez.

Nuestros ríos

Estamos en campaña electoral y varios candidatos han hablado de problemas de calidad de agua que, como se trata de cursos que pasan por varios países, las soluciones requieren tomar políticas en conjunto con los países de la región. Pero este trabajo lo que muestra es el excesivo aporte de nutrientes en dos arroyos internos del Uruguay, ambos comprendidos en el departamento de Flores y que desembocan en el río Negro, un curso de agua altamente eutrofizado y con importantes niveles de fósforo y de nitrógeno. El trabajo habla de dos cursos de agua relativamente modestos, bajo nuestra completa soberanía. “Como decís, son unos arroyos modestos, pero para mí en el tema ambiental nada es modesto. Cada bichito, desde un crustáceo infinitesimal, es importante porque todos los ecosistemas se sustentan a partir del hecho de que un organismo vive del otro”, reflexiona la investigadora.

El arroyo Marincho tiene 65 kilómetros de longitud, mientras que el arroyo Grande del Sur tiene 115 (lo que relativiza que los tilde de “modestos”). Uno podría pensar que en sus cursos hay ciudades que vierten sus residuos y emprendimientos productivos varios. Pero no: “En esos cursos de agua no hay otros feedlots y puede que haya algún tambo en alguna zona alejada. Los cursos de agua pasaban por zonas donde lo único que hay son cultivos y el agua se utiliza más que nada para riego, por lo que todo indica que los niveles de nutrientes altos que traían los arroyos al llegar a los feedlots se deban a la sobrefertilización, pero para decirlo con certeza hay que hacer estudios mayores”, dice Míguez con honestidad científica. “Si bien el nuestro es un estudio exploratorio, con dos muestreos en cada lugar, ya aportó datos importantes en términos de los factores que influyen en la génesis de la eutrofización en el medio del país”, agrega.

Nuevamente, estamos en un contexto electoral en el que cuando se habla de ciencia se la relaciona con los procesos productivos del país, se menciona la importancia de la biotecnología, de la sustentabilidad de la producción. “Justamente la misión de Latitud es apoyar la sustentabilidad de la industria y de todas las cadenas productivas. Tratamos de generar proyectos que atiendan esas características y, luego de llegar a este tipo de diagnósticos, nos interesa buscar soluciones”, dice inspiradoramente Míguez. Una vez más, los investigadores del país hacen ciencia de calidad y generan datos. Res non verba. O mejor aún: verba y política basadas, como nuestra economía, en res.

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