Año 2000. Olvídense del clásico Land Rover o de un monstruo 4x4 similar. Ahora imagínense un modesto Fiat Cinquecento trepando trabajosamente una sierra del este del país en una noche de tormenta de esas en las que cualquiera prefiere quedarse en la comodidad del hogar. Al volante, un veterinario. En el asiento del acompañante, un dentista. ¿Qué hacen buscando el trillo casi invisible, salvo cuando el camino es iluminado por la tormenta eléctrica? ¿Están locos? No, sólo se trata de dos naturalistas de esos que llevan la curiosidad por la naturaleza inscrita en sus entrañas. Buscan una rana que se ha visto muy pocas veces y abrigan la esperanza de que la lluvia, molesta para nosotros, las empuje a ellas a reproducirse frenéticamente en los charcos serranos. No lo saben, pero lo que están por encontrar esa noche cambiará lo que conocemos sobre una especie muy elusiva de ranas de nuestro país.

Año 2019. Casi dos décadas después de aquel viaje serrano, Claudio Borteiro y Francisco Kolenc, los dos naturalistas que andaban en un Cinquecento y que viven de ejercer la veterinaria y la odontología, publican el artículo “Una revisión de las esquivas ranas arborícolas de iris bicolor (Anura: Hylidae: grupo Scinax uruguayus)”, en colaboración con prestigiosos investigadores de Argentina y Brasil, en la revista científica Plos One. Sus andanzas serranas buscando anfibios, de forma completamente vocacional, los convirtieron en referentes continentales sobre la rara especie Scinax uruguayus, también conocida como ranita uruguaya. Este animal fue descrito por primera vez con el nombre Hyla uruguaya en 1944, con ejemplares recolectados en la maravillosa Quebrada de los Cuervos del departamento de Treinta y Tres.

Una ranita esquiva que apareció en el momento justo

“Este trabajo partió de un interés que teníamos desde chicos por los anfibios y los reptiles, que nos llevó a empezar a estudiar a estos animales en Uruguay, principalmente en zona de serranías”, dice Claudio Borteiro cuando nos recibe en un bar concurrido del Cerro que le queda cerca de su clínica veterinaria.

“Por el año 2000 comenzamos a recolectar anfibios serranos, que eran especies poco conocidas, hicimos un estudio preliminar sobre Scinax uruguayus, que en ese momento se llamaba Hyla uruguaya. Desde entonces empezó el relacionamiento con investigadores de Argentina. El estudio de un complejo de especies, como es el de este último artículo, trasciende las fronteras de Uruguay. Si bien este trabajo puede ser el comienzo de otras cosas, en realidad es también el cierre de un ciclo que lleva más de 20 años de estudio de los anfibios de serranías junto a Francisco”, agrega. A su lado está Francisco Kolenc, compinche de la niñez y el liceo, a quien el bar en el que nos reunimos también le queda cerca de su consultorio odontológico. Y así como el azar tuvo algo que ver con que se conocieran de pequeños y vieran que ambos tenían una gran curiosidad por la naturaleza, también la suerte tuvo que ver con su destaque en el mundo de la herpetología, la rama de la zoología que estudia los reptiles y anfibios.

“Esto empezó un poco de casualidad, lo que un poco muestra cómo funciona a veces la ciencia. Uno se piensa que siempre hay una estrategia determinada, pero en realidad muchas veces no es así”, dice Kolenc. En el año 2000 recorrían varias sierras del sur y sureste del país buscando una sapito muy elusivo, del que había escasos registros, llamado Melanophryniscus sanmartini. “Estábamos en las Sierras de Carapé, entre Rocha y Aigúa, cuando nos agarró la noche y empezó a cantar un anfibio que nunca habíamos escuchado. Pensando en qué podía ser nos dimos cuenta de que podría tratarse de Hyla uruguaya. Hasta ese momento se consideraba una de las especies más raras del mundo, porque entonces había muy pocos ejemplares colectados. Nosotros esa noche encontramos muchos más ejemplares que todos los que se habían visto antes. Ahí empezó un poquito toda esta historia”, recuerda Francisco.

La ranita uruguaya tenía en su historia bastantes protagonistas no uruguayos. “Los especímenes originales los había colectado un curador del museo de Chicago en la Quebrada de los Cuervos a principios de la década del 20, y la especie la describió en la década del 40 un biólogo norteamericano”. Si bien hay que agradecerle que recogiera en el nombre de la especie la procedencia del animal, ya era hora de que los uruguayos se ocuparan un poco de la uruguaya. Y eso fue precisamente lo que hicieron Kolenc y Borteiro al darse cuenta de que la ranita no era tan rara ni escasa como todos pensaban. “En tres años empezamos a ver en qué condiciones aparecía esta rana en la naturaleza, y al descubrir qué condiciones tenía que haber y en qué habitats, la empezamos a encontrar en un montón de localidades. De esta manera, en 2003 publicamos un primer trabajo con la descripción de sus renacuajos, distribución geográfica en base a nuevas localidades en Uruguay y la descripción de canto”, agrega Kolenc.

Era obvio: entre los estudiosos de este tipo de animales la publicación con información de una rana de la que se conocía tan poco no pasaría inadvertida y pondría en el mapa a Francisco y Claudio. “Así fue”, concuerda Borteiro. “Cuando mandamos a publicar ese trabajo, Julián Faivovich, que es referencia mundial en taxonomía de anfibios y que hoy es un amigos y coautor de este trabajo publicado, llamó a Francisco, y a partir de ahí nuestro esfuerzo por estudiar a los anfibios del Uruguay fue bienvenido en el grupo de investigadores argentinos y se fue conformando un grupo de trabajo”. Para el naturalista de anfibios esa relación “se dio de forma muy natural”. “Fue una suerte, porque de lo contrario hubiera sido imposible la concreción de un trabajo como este que recién publicamos, sólo por nuestra cuenta, por un tema de logística, recursos y tiempo, ya que no vivimos de esto”, añade Borteiro.

Viva la diferencia

El asunto es que nuestra ranita uruguaya, que hasta las incursiones de Borteiro y Kolenc se había visto pocas veces en nuestro país, también había sido registrada en lugares de Brasil. Aún más, en Brasil en la década del 70 se describió una especie muy similar, a la que se denominó Hyla pinima, que vivía en una única región del estado de Mina Gerais. Cabía entonces la posibilidad de que Scinax uruguayus y su pariente norteña, Scinax pinima, fueran en realidad la misma especie o que, especies registradas en una región tan amplia como Scinax uruguayus fueran en realidad especies distintas. Despejar esas dudas era lo que tenían en mente los investigadores para el trabajo que terminó en el exhaustivo y minucioso artículo. Como dicen en ese texto, “aunque Scinax pinima y Scinax uruguayus se han considerado especies distintas, esto se ha basado en evidencia escasa, y varios autores dudaron de su carácter distintivo”. Pero además ocurrió algo raro.

Scinax uruguayus. Foto: Kolenc y Borteiro.
Scinax uruguayus. Foto: Kolenc y Borteiro.

“En el ínterin surgió que en el noreste de la provincia de Corrientes encuentran unos ejemplares también muy parecidos a nuestra rana y que fueron citados en Argentina como Scinax uruguayus”, dice Kolenc. Eso era algo raro porque Corrientes estaba fuera de la zona de distribución conocida de nuestra rana serrana. Como en 2005, Kolenc y Borteiro no sólo colaboraban con los herpetólogos de la Universidad Nacional de Misiones, en Posadas, con el investigador Diego Baldo a la cabeza, sino que habían forjado una amistad, marcharon hacia allá para observar junto con él esos animales en la naturaleza. “Con la experiencia que teníamos de ver Scinax uruguayus en las sierras de Uruguay, enseguida sospechamos que su rana se trataba de algo distinto”, recuerda Kolenc. “El tema era bien complejo, porque había animales citados como Scinax uruguayus en Uruguay, Río Grande do Sul, Santa Catarina, Paraná, Corrientes, Misiones, Minas Gerais, y no sabíamos si había una, dos, tres o más especies. Llevó casi 20 años de trabajo conjunto con cada vez más gente”, apunta orgulloso de lo que publicaron.

El asunto es que si algo tiene la naturaleza es una gran variabilidad. Distintas latitudes pueden incidir en distintos colores y tamaños. Borteiro añade otro problema: “También hay que tener en cuenta la subjetividad del investigador, ya que siempre es estimulante encontrar una especie nueva. En este caso, con especies muy similares, hay que trazar una estrategia de juntar evidencia de múltiples fuentes, como la morfología, el canto, los renacuajos y, de ser posible, incluir datos moleculares”. Revisar todo el material disponible antes de describir una nueva especie con pocos fundamentos es para Borteiro algo que todo naturalista debiera hacer. Así lo fundamenta: “La descripción de una especie nueva implica aumentar la biodiversidad de una región, o determina una nueva especie endémica de determinado ambiente, y acarrea consecuencias en la conservación y manejo de áreas protegidas. Son muchas cosas las que vienen después. Para hacerlo, tiene que estar sustentado en el conocimiento. Por eso llevó tanto tiempo publicar este artículo e implicó revisar miles de ejemplares de Brasil, Argentina y Uruguay”.

De esta forma conformaron un equipo de trabajo internacional que les permitió concentrarse a cada grupo en aspectos específicos para luego, entre todos, juntar las piezas. ¿El resultado? Efectivamente, la ranita encontrada en Corrientes era una nueva especie: Scinax fontanarrosai, a la que también podríamos referirnos como ranita de Fontanarrosa. “El que eligió el nombre fue Diego Baldo, nuestro colega de la Universidad de Misiones. Él es cordobés pero es un gran fan de Fontanarrosa. Todos compartimos el nombre que eligió porque todos hemos disfrutado alguna cosa de Fontanarrosa”, dice Francisco. Por su parte, en el portal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina el propio Baldo señaló que Fontanarrosa tiene una obra “centrada en la ruralidad y siempre tiene muy presente elementos de la naturaleza, haciendo incluso referencia al canto de los anfibios”.

“Esta especie se podría haber descrito hace mucho tiempo, nosotros estábamos convencidos de que no era Scinax uruguayus. Sin embargo había algunos elementos que nos hacían pensar que podíamos estar equivocados. Preferimos ser cautos y tomarnos el tiempo necesario hasta contar con la mejor evidencia posible”, dice Kolenc. Y la verdad es que el trabajo publicado es exhaustivo y detalla las diferencias de tamaño, forma, coloración y huesos tanto de las ranas adultas como de sus renacuajos, así como de los cantos que emiten cuando buscan aparearse.

Además de describir la nueva especie que homenajea a Fontanarrosa, el trabajo minucioso permitió despejar la duda y afirmar, con la mejor ciencia posible, que Scinax uruguayus y Scinax pinima son dos especies distintas. También permitió saber más sobre la ranita brasileña. “Terminamos descubriendo que Scinax pinima, que se pensaba que estaba confinada a una sola localidad de Minas Gerais, en realidad habita desde Minas Gerais hasta el norte de Río Grande do Sul”, señala Francisco. Eso trae consecuencias para la conservación, ya que en el trabajo sugieren que debería revisarse la categoría en la que está la especie en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y proponen pasarla de “Información insuficiente” a “Preocupación Menor” (en ingles, de “Data Deficient” a “Least Concern”). “Decir que esta especie tiene una distribución amplia parte de un principio de honestidad de los investigadores, ya que al decir que la especie está muy amenazada o muy restringida geográficamente es más fácil para captar recursos para estudiarla”, reconoce Borteiro.

Es raro decirlo, pero la ganadería extensiva es de lo mejor que le puede pasar a los anfibios en nuestro medio rural. No modifica tanto el hábitat como por ejemplo los cultivos de soja, y además la mayoría de los anfibios utilizan los recursos hídricos que se proveen para el ganado como lugar para reproducirse. Francisco Kolenc

Cada una es cada una

Pese a que las tres ranas están emparentadas y tienen mucho en común, el trabajo aporta datos que permiten diferenciarlas. A modo de ejemplo, pese a que las tres especies tienen el iris del ojo de dos colores, cada una tiene un patrón único (la de Fontanarrosa tiene la mitad superior dorada y la inferior de marrón oscuro a negra, la ranita uruguaya tiene la parte superior dorada iridiscente y la parte inferior dorada con reticulaciones marrones, y pinima tiene iguales colores que la de Fontanarrosa pero con “cromatóforos dorados redondos y dispersos”).

Para el oído humano –salvo que uno sea Francisco, Claudio o alguno de sus colegas herpetólogos– los cantos de las tres especies de rana Scinax sonarían bastante parecidos. Pero en el trabajo queda claro que mientras la ranita uruguaya emite sus vocalizaciones en frecuencias que van desde los 3.833 a los 4.651 Hz, la de Fontanarrosa canta en frecuencias de entre 5.513 y 6.159 Hz, y pinima entre 3.919 y 4.479 Hz. Pero eso es apenas una mínima parte de las diferencias que hace que cada rana tenga un canto propio: además de la frecuencia, los investigadores detallaron cuánto dura la llamada de cada especie, cuántos pulsos por nota, su modulación y más. Como en el competitivo mundo de la música pop, en la oscuridad del charco la supervivencia depende de que la voz de cada rana sea perfectamente identificada.

Conocer y proteger

Se supone que la pérdida de biodiversidad es uno de los grandes problemas que enfrenta la humanidad –por lo menos en lo discursivo–. También se dice que los anfibios son uno de los grupos más afectados por esa pérdida. Sin embargo, la labor de años de Borteiro y Kolenc deja en evidencia el trabajo que implica ver cómo los anfibios se distribuyen por el territorio, ver qué especies hay, cuál es su abundancia. Uno podría pensar que la información que tenemos sobre nuestros anfibios, tan amenazados por la pérdida de biodiversidad, es escasa, o que al menos está lejos de ser suficiente y que se necesitarían unos cuántos herpetólogos y naturalistas más trabajando en campo.

“Si bien es cierto que los anfibios son uno de los vertebrados más amenazados, también eso se ha hipertrofiado un poco, esencialmente por la falta de trabajo de campo”, afirma Borteiro. “Es muy común, y lo hemos visto en Uruguay, que es un país chico sin grandes barreras geográficas, que hay especies que se consideraban muy raras y que en realidad son mucho más abundantes de lo que se pensaba, por lo tanto lo que se precisa es mucho más trabajo de campo para poder encontrarlas. Scinax uruguayus es un claro ejemplo”, agrega, aunque advierte: “Que una especie esté más ampliamente distribuida y sea mucho más abundante de lo que se conocía, tampoco quiere decir que no esté amenazada. Por ejemplo, su población puede estar en retroceso”.

Se habla mucho también de los anfibios como indicadores del estado de un ambiente. Al respecto, Borteiro reflexiona: “El tratamiento de los anfibios como un indicador del deterioro ambiental, si no hay estudios que te digan qué es lo que tenés que observar y qué es lo que está cambiando, es caer en un cliché. Lo que hay que definir primero es cómo se están afectando los anfibios por las modificaciones que se están dando y a partir de ahí ver cómo los utilizo como un buen indicador. Previo a eso tendría que haber una línea de base de las especies que hay en el territorio. Creo que esa línea de base mínima hoy la tenemos bastante incompleta”.

Estos dos naturalistas han aportado datos más que relevantes sobre varias especies de anfibios. Para esto, hace décadas que van a las sierras en busca de ranas que se creían poco abundantes, y su empeño y tenacidad permitieron que todos supiéramos que algunas son mucho más abundantes de lo que pensábamos (también con su esfuerzo determinaron que aquel sapito raro que buscaban en el 2000, cuando se toparon con la ranita uruguaya, el Melanophryniscus sanmartini, se encuentra en abundancia en gran parte de los ambientes serranos). Pero hay un dato que no es menor: ni Francisco ni Claudio recibieron dinero por salir al campo a relevar nuestra biodiversidad ni por dedicar extensas horas a procesar los datos de campo obtenidos.

Scinax fontanarrosai. Foto: Kolenc y Borteiro.
Scinax fontanarrosai. Foto: Kolenc y Borteiro.

“Históricamente la fuente para financiar nuestro trabajo de investigación son nuestras profesiones”, cuenta Kolenc. “Desde hace unos años tenemos la suerte de ser investigadores Nivel 1 del Sistema Nacional de Investigadores, que si bien no es un gran aporte –debe andar no muy por encima de los $ 10.000–, nos da un poco de oxígeno para poder salir al campo”, añade. “Cuando uno se dedica a salir al campo, es algo similar al apoyo que le puede dar una familia a un joven que se dedica a hacer deporte o que le compra algún instrumento para hacer música. Al principio tuvimos un estímulo familiar importante. Después lo tomamos como un hobbie de lujo, que siempre tratamos de hacer de la manera más profesional posible”, comenta Borteiro.

Hoy los dos son investigadores adjuntos –y honorarios– del Museo Nacional de Historia Natural. Mientras Kolenc reparte sus horas entre los pacientes del consultorio odontológico y la docencia en la Facultad de Odontología, Borteiro tiene su clínica veterinaria y completó una maestría y un doctorado en Zoología en el Pedeciba. Eso sí, los anfibios también se llevan parte de sus días. “Los dos tuvimos una formación autodidacta en el tema, un interés por leer y leer y leer, salir al campo y juntarnos con personas con las que compartíamos el interés”, dice Francisco, y Claudio concuerda: “Yo llegué a formalizar eso en mi maestría y doctorado, pero no tener esa formalización no hubiera influido en mi producción científica. Quizás hacer el doctorado me haya obligado a salir más al campo, colectar más datos y publicar más, pero no hacerlo no hubiera sido un freno para seguir publicando”. Francisco agrega: “Con las revistas herpetológicas nos sacamos el gusto de publicar en casi todas; revistas que cuando tenía 16 años me parecían inalcanzables y sólo las veía en los estantes del Museo”.

El mundo de los anfibios es fascinante. Pero también es fascinante que dos amigos de la infancia del Cerro, que hicieron sus primeras armas como naturalistas levantando cada piedra del accidente orográfico que da nombre al barrio y de cada centímetro cuadrado del parque Vaz Ferreira, hoy lleven publicados más de 50 artículos sobre anfibios y reptiles en revistas científicas. “Los dos compartimos una gran pasión por esto que hacemos desde niños”, dice Francisco con naturalidad de naturalista. Si las ranas serranas pudieran ver la sonrisa en el rostro de ambos, seguro volverían a dedicarles alguno de sus cantos.

Artículo: “A review of the elusive bicolored iris Snouted Treefrogs (Anura: Hylidae: Scinax uruguayus group)”

Publicación: Plos One (25 setiembre 2019)

Autores: Diego Baldo, Katyuscia Araujo-Vieira, Darío Cardozo, Claudio Borteiro, Fernando Leal, Martín Pereyra, Francisco Kolenc, Mariana Lyra, Paulo Garcia, Célio Haddad, Julián Faivovich.