Aunque no lo recordemos, todos soñamos. Y no estamos solos: los gatos, los perros, los elefantes, las vacas y los leones también sueñan. Incluso las aves sueñan, y no es porque sí. Existe todo un campo de investigación que llegó a nuestro país hace más de 60 años, cuando Pedro Segundo y Elio García Austt comenzaron a ver los efectos de la estimulación cerebral en el sueño en algunos modelos animales.

Pablo Torterolo es un apasionado de la investigación. Se le nota en los ojos cuando habla, hasta cuando camina o mueve sus manos. Fui a conversar con él y me regaló dos horas en su guarida, un cuasi sótano de la Facultad de Medicina que podría perfectamente servir de locación para una película. En medio de un laberinto de oficinas, nos sentamos e intentamos poner orden a la charla, café con leche mediante. Estaba llena de preguntas y Pablo fue a lo básico: “¿Sabés qué es el sueño?”. “Eh… No”, le dije sin más remedio que ser sincera.

Les traigo una definición digerida: el sueño es un conjunto de comportamientos que se relacionan con el funcionamiento del cuerpo. Si bien decir que estar dormido es distinto a estar despierto puede parecer una idiotez, investigar las diferencias entre ambos estados no es ninguna pavada.

Nuestro cerebro, nuestros músculos e incluso las sustancias que circulan en el cuerpo se comportan distinto por el solo hecho de que en algún momento se disparó algún que otro interruptor y dejamos de estar alertas, vigilantes, para estar durmiendo, en “modo sueño”. Hoy al menos se conoce una zona interruptor que genera el sueño. Está en el tronco cerebral, concretamente en el hipotálamo, donde se inhiben grupos neuronales responsables de generar y mantener la vigilia. Es como si al caer en los brazos de Morfeo comenzara una vida secreta, accesible únicamente por medio de los sueños y la memoria. Y, a pesar de ser una experiencia fundamental, sólo podemos saber qué pasa en ella en forma indirecta, por medio de imágenes ficticias, difuminadas, o, claro, por medio de la investigación.

REM, más que una banda

Seguimos tomando café y, mientras escucho a Pablo, no puedo dejar de chusmear qué hay en la guarida. Pero estamos en una especie de cafetería improvisada. Hoy no me va a dar para ver los laboratorios. Me cuenta que soñamos desde que somos bebés y que nuestros sueños se desarrollan con nosotros. De hecho, sin dormir no podríamos vivir y sin haber soñado desde bebés no podríamos haber desarrollado nuestro cerebro. No podríamos ni leer, ni escribir, ni caminar, ni hablar, ni recordar nada.

Me parece increíble. ¿O sea que si no dormimos no se desarrolla nuestro cerebro? Negativo central. Dormir va muy en serio. “Vivir el sueño” es tan importante que, de hecho, todos los animales sufren el denominado “sueño comportamental”, un tipo de comportamiento que sigue un ritmo biológico determinado; todos pasan por estados de actividad y reposo, o sueño y vigilia, con una frecuencia diaria. Dato sorprendente: las moscas también lo tienen.

Si queremos calcular las horas que dormimos y, partir de ahí, las horas que soñamos, podemos usar aplicaciones móviles. Yo, por ejemplo, tengo una con la que puedo hacerlo, aunque necesito fijarme manualmente a qué hora me acosté y a qué hora me desperté cada día. La casilla marca “horas de sueño” para referirse a las horas que estuve “durmiendo”. Pero, ojo, soñar y dormir no es lo mismo: dormir es estar en alguna etapa del sueño, porque hay más de una. Parece que la aplicación lo tiene claro: dormir es dejar la vigilia, y tener actividad onírica, lo que comúnmente llamamos soñar, es estar en una etapa especial del sueño.

Cuando nos dormimos nuestro cuerpo comienza a comportarse distinto y, aunque los cambios son varios e irregulares, lo que ocurre, grosso modo, es que interactuamos menos con el ambiente y reaccionamos menos a los estímulos. Nuestro cuerpo se relaja y todo va más lento: la respiración, los latidos del corazón y hasta nuestro sistema digestivo. Todos estos cambios ocurren en las distintas etapas del sueño que se repiten a lo largo de todo el tiempo que estamos dormidos. Esto equivale a decir que el sueño va por ciclos: el típico “ciclo durmiente” significa que después de un tiempo de estar dormidos, siempre, entramos en esa etapa especial que llamamos soñar. Se trata de una fase en la que a nivel neurológico no podemos movernos y, sin embargo, nuestros ojos sí se mueven. Por eso a este momento lleno de intrigas científicas se le llama REM, “Rapid Eye Movement”, que significa “movimientos rápidos oculares”.

El sueño REM es fascinante, porque es muy distinto al NO REM y, en particular, porque ocurren cosas como que en algunos momentos no controlamos la temperatura de nuestro cuerpo (lo que explica que a veces nos acurruquemos para conservar calor). En las palabras geniales de Pablo: “Por momentos nos volvemos poiquilotermos transitorios, es decir, nos transformamos en un reptil”. Así que en cuestión de segundos varios millones de años de evolución quedan atrás. Y hay más, mientras tenemos actividad onírica “hay un gran descontrol”, al menos a nivel autonómico (sobre las funciones involuntarias de nuestro cuerpo). Por eso quizá, arriesga Pablo, el tiempo en que estamos soñando no es demasiado extenso. Si fuera así, nuestra vida correría peligro.

Todos este conocimiento comenzó a surgir en la década del 50 del siglo pasado, cuando algunos científicos empezaron a investigar el sueño. Para ello registraron tres tipos de datos: la actividad eléctrica del cerebro mientras dormimos, por medio de un electroencefalograma o “eeg”, la actividad de los músculos, por medio de un electromiograma o “emg”, y los movimientos oculares. Este conjunto de estudios se denomina “polisomnografía”, una forma concreta de recibir señales biológicas que constituye la base de la onirología. Otro registro importante son las respuestas de voluntarios que aceptan ser despertados e interrogados en distintos momentos mientras duermen.

A esta altura, Pablo no deja de hablar de las etapas y las fases del sueño: REM, NO REM y sus fases 1, 2 y 3. Mientras intento seguirle el tren, mi voz interna piensa que debería dormir un poco para poder hacerlo. Me queda claro que los científicos del sueño lo ven con un montón de etapas y muchas veces se quedan en algunas para establecer preguntas de investigación. De alguna manera intentan iluminarlo de a pedacitos y develar los misterios de este viaje cognitivo jugando al cuarto oscuro. Sobre los ciclos, tienen claro que siempre comienzan con diferentes etapas NO REM o sueño lento (en general sin actividad onírica), para luego llegar al sueño REM o sueño activo (cuando soñamos) y volver a empezar. Pero también tienen claro que, si bien esta clasificación es muy útil, lo que pasa en cada etapa puede llegar a ser relativo, ya que las últimas investigaciones indican que a veces sí soñamos en sueño NO REM.

Soñar la psicosis

Los estudios de Pablo y su grupo intentan entender los cambios eléctricos que ocurren en el cerebro mientras soñamos y compararlos con lo que ocurre en un estado muy particular: la psicosis. Todavía recuerdo cómo paré la orejas la primera vez que escuché esa palabra mientras presentaban sus resultados en un seminario. ¿Por qué usan este modelo de estudio? Porque en la psicosis cuesta relacionarse con el medio y la actividad cognitiva es similar a lo que ocurre al soñar, que, de hecho, consideran una forma especial de consciencia y un estado natural de psicosis. Impresionante.

Para comparar ambos estados miden la frecuencia de ondas gama, cuya actividad se vincula con la consciencia. Si estamos en vigilia, tenemos más actividad gama. Los anestesistas la bloquean. Si prestamos atención, su frecuencia sube. Y la lucidez de nuestros sueños presenta una coherencia intermedia de esta actividad que está entre el sueño REM y la vigilia. Esta comparación es hasta poética al verla como el fruto de la actividad cognitiva: “La vigilia genera consciencia y la fase REM genera sueños”, me repitió Pablo. En su laboratorio, simulan la psicosis con un modelo farmacológico inducido bajo dosis subanestésicas de ketamina. La pregunta principal que buscan responder es: ¿qué grado de semejanza fisiológica y cognitiva hay entre el sueño REM y el estado de psicosis?

¿Por qué soñamos?

Otras preguntas de los onirólogos intentan explicar para qué sirve dormir. Existen suficientes datos que demuestran que el sueño comportamental está conservado a lo largo de la evolución y, por lo tanto, es importantísimo para la supervivencia. Si una rata no duerme en 15 días, se muere. Si le damos cafeína, se despierta. Y si no duerme lo suficiente, al otro día lo tiene que recuperar. Esto también sucede en nuestra especie. Es cierto: si nos peleamos con la almohada o salimos de fiesta, nuestro ser biológico nos pedirá reparo. Existe una verdadera necesidad biológica de compensar el sueño. Así que abracemos nuestra resaca onírica porque es normal.

Dormir es muy necesario y cuando estamos durmiendo el cuerpo aprovecha para recuperarse de varias maneras. Como en general nuestros movimientos y la actividad de nuestro sistema nervioso disminuyen, ahorramos energía. Así que, para empezar, dormir es pura eficiencia energética. Sin embargo, en algunos aspectos nuestro organismo sí trabaja. En particular, se dedica a hacer cosas que podría hacer durante la vigilia pero que durante el sueño se hacen mejor.

“Si tenés un restaurante, el momento para limpiarlo, ordenarlo y hacer arreglos es cuando está cerrado. Esto es lo mismo”, comenta Pablo, mientras me mira con una cara que podría haber sido de obviedad, pero no; continúa contándome todo esto como si él mismo estuviera descubriéndolo en simultáneo. Lo mejor es que hasta existe una terminología genial y muy actual para esto: dicho de otro modo, el sueño es un gran detox natural. ¿Y cómo lo sabe la ciencia? Por un lado, se ha visto que durante el sueño aumenta el flujo de líquido parenquimal, que lleva y trae todo tipo de moléculas en el sistema nervioso. Y por otro, que también aumenta la síntesis de proteínas, moléculas estructurales que, además, regulan muchísimos procesos biológicos. Una prueba interesante vinculada con esto es que mientras dormimos disminuye la presencia de moléculas cuyo exceso sería dañino, como el beta-amiloide, un péptido (molécula más pequeña que una proteína) que se acumula, por ejemplo, en el desarrollo del Alzheimer y podría estar relacionado con la degeneración neuronal que ocurre en esta patología.

¿Y qué hay de soñar? En algunos momentos de la fase REM la actividad de ciertas zonas del cerebro aumenta, en especial las que están vinculadas con la consciencia y estar despiertos, como cuando prestamos atención o queremos memorizar algo. Por eso al sueño REM también se le llama “sueño paradójico”: se asemeja a la vigilia y, a veces, soñar es como estar despiertos. Lo recordemos o no, al soñar nuestro cerebro repasa lo vivido, lo ordena o desordena, retiene lo que le interesa (o lo que puede) y hasta lo reconfigura. Para la ciencia, esto indica que la actividad onírica es de las más importantes que realizamos como especie.

Entre el detox, el orden, la memoria y la paradoja, ¿qué tal si nos quedamos con otro dato? El mero hecho de relajarnos (partiendo desde nuestro sistema nervioso) es mucho más que vital, es sencillamente una forma fácil y económica de aumentar nuestra calidad de vida. Pensémoslo: en la era del estrés y la imperiosa búsqueda de soluciones innovadoras, la salud mental es clave para crear cosas nuevas y solucionar problemas. Porque, además de más creativa, una mente relajada es más feliz. Empecemos por dormir bien y valorar nuestros sueños. Quizá este sea el mejor consejo de salud que le podemos dar a cualquiera. Sin lugar a dudas, dormir es un buen ejercicio para el futuro.

Rocío Ramírez Paulino es magíster en Comunicación Científica, médica ambiental y encargada de comunicación y divulgación científica del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable.

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