En nuestras sociedades, levantarse temprano está asociado con valores positivos, tales como saber aprovechar el día, tener buenos hábitos y una actitud emprendedora. Por el contrario, levantarse tarde se asocia con desaprovechar el día, malos hábitos y una actitud más proclive a la haraganería. Tales esquemas están incorporados al lenguaje, y así como en español tenemos el “al que madruga Dios lo ayuda”, en lenguas como el inglés tienen el más laico “el pájaro que madruga atrapa al gusano” (the early bird catches the worm). Si a esto le sumamos siglos de asociar el día, la luz y la claridad con lo bueno y la noche y la oscuridad con lo malo, la moral se suma sobre la concepción productivista de la vida y hasta hay quien piensa que no hay como un poco de buena disciplina militar como para encarrilar a un joven que se levanta tarde y convertirlo en una persona de provecho.

Sin embargo, la cronobiología, una ciencia relativamente nueva, viene aportando datos que tiran por tierra, como ya ha sucedido tantas veces, nuestros prejuicios. Hoy sabemos que los animales tenemos un sistema circadiano que regula nuestros ritmos diarios y que afecta tanto a nuestra fisiología como a nuestro comportamiento y funciones intelectuales. También sabemos que incluso hay genes que afectan nuestros cronotipos, es decir, las diferencias individuales en estos ritmos biológicos, y que nuestras preferencias circadianas varían a lo largo de la vida. Mientras de niños o adultos nos orientamos más hacia el día, los adolescentes de todas partes tienden a presentar preferencias más orientadas hacia la noche. Pero como dijimos, la cronobiología es una ciencia relativamente nueva, y por ello el artículo “El horario de inicio de clases importa, la nocturnidad no”, publicado por Ignacio Estevan, Ana Silva y Bettina Tassino en la revista Chronobiology International es tan relevante: aporta pruebas para pensar que no hay ningún problema en sí con la nocturnidad de los jóvenes, sino con el horario en el que les pedimos que rindan.

Liceo 10 para un paper 10 puntos

Luego de leer el artículo salí disparado a la Facultad de Psicología, donde Ignacio Estevan, del Programa de Neuropsicología y Neurobiología, me esperaba para conversar sobre esta investigación, que fue parte de la tesis de maestría que realizó en la Facultad de Ciencias. Estevan es biólogo y, si bien puede parecer raro que un biólogo trabaje con una población de alumnos del liceo 10, para él todo se fue dando de forma natural.

“Empecé trabajando con Bettina Tassino en temas de sexualidad de los tucu tucus, pero en un momento una investigadora norteamericana nos prestó unos equipos que nos permitían seguir a los bichos en su actividad bajo tierra. Entonces estudiamos a lo largo de varios días dónde estaban y qué hacían”, dice, recordando su primer trabajo con ritmos circadianos. Pero el paso de tucu tucus a humanos de Estevan está facilitado por otros dos datos de su trayectoria personal: por un lado trabaja en la Facultad de Psicología, y por otro, ejerció como profesor de Biología en secundaria. “Por esas cosas que tiene Uruguay, estaba trabajando 20 horas en la Facultad, 30 horas en secundaria, y aparte haciendo la maestría, porque no tenía beca. Al año siguiente me salió la beca y ahí tomé licencia en secundaria”, agrega con una sonrisa.

La idea de hacer la investigación en el liceo 10 se dio también de forma natural: “Estaba cerca de la facultad, había un vínculo de trabajo académico de talleres y asistencia a los gurises con tutorías”, dice Estevan. Allí, luego de hablar con las autoridades, docentes, alumnos y de obtener el permiso de los padres, lograron elaborar cuestionarios para determinar las preferencias circadianas, horas de sueño y variables socioeconómicas de 242 jóvenes –62,4% mujeres– que asistían a cuarto, quinto y sexto año en dos turnos distintos, el matutino (de 7.30 a 11.30) y el intermedio (de 11.30 a 15.30). Allí vieron que en la mañana, los 132 alumnos dormían unas 7,1 horas promedio, mientras que los que iban al intermedio lo hacían 8,4 horas y tenían preferencias circadianas más nocturnas que los de la mañana. Del trabajo se desprende un dato un poco perturbador: el sueño semanal fue deficitario en 70% de los jóvenes estudiados. Estos datos luego fueron cotejados con las notas obtenidas, para ver cómo las horas de sueño afectaban sus cronotipos y rendimiento.

“El diseño de nuestra experimentación no era algo nuevo, se venía haciendo en otras partes. Lo novedoso fueron los turnos, pero cuando arrancamos la investigación no sabíamos que eso era tan interesante”, reflexiona Ignacio con su voz pausada. “No teníamos idea de que el funcionamiento de los liceos en turnos, que es tan común para nosotros, fuera algo extraño en otros países”, acota, y luego remata: “Como la ciencia en general se produce en el norte, desde el sur podemos aportar no tanto modelos experimentales en este caso, pero sí conocimiento novedoso que surge de nuestra realidad particular”. De esta manera, se toparon con algo sumamente interesante: “Terminamos encontrando que el modelo de los turnos permitía identificar si siempre los vespertinos, por eso que tendemos a pensar que al que madruga Dios lo ayuda y que al que le gusta la noche le va peor en las notas, tienen más dificultades y problemas de comportamiento”.

Es que la ciencia producida en el norte tiene sus limitantes. Allí los liceos funcionan exclusivamente de mañana, por lo que sólo se puede medir el desempeño en ese turno. Los jóvenes con cronotipos más tardíos, es decir aquellos que prefieren hacer sus actividades más hacia la noche y que se denominan “búhos”, van de mañana al liceo, al igual que aquellos que prefieren y se encuentran a gusto en la mañana y se denominan “alondras”. Las investigaciones encontraban entonces que a los jóvenes búhos les iba peor en el liceo. El estudio en los distintos turnos del liceo 10 permitió abordar el problema de otra manera.

“A los vespertinos se los asocia con un tipo de personalidad diferente, y nosotros tuvimos la oportunidad de ver que, si eso fuera así, en cualquier momento del día les debería ir peor”, cuenta Estevan, que agrega: “Empezamos a encontrar que en los más vespertinos, en el turno de la mañana veíamos un peor desempeño, pero en la tarde eso no sucedía”. Entonces se dieron cuenta de que tenían algo importante entre manos: “Estaba en discusión esa hipótesis que plantean algunas investigaciones que afirma que a los que tienen ritmos circadianos más vespertinos les va peor por eso mismo; esta estaba basada en sistemas educativos que funcionan sólo en la mañana. Con los turnos encontramos una manera de probar algo que en otros países no se puede porque les resulta más difícil hacerlo. Aprovechamos una característica nuestra para generar conocimiento”, dice con orgullo de la investigación que llevaron a cabo.

No por mucho madrugar...

Los resultados que encontraron Estevan y su equipo son contundentes: eliminados otros factores, como los socioeconómicos o la repetición, la preferencia circadiana de los alumnos, es decir, si tienen más afinidad por actividades diurnas o nocturnas, no es un predictor de peor desempeño: los que tienen preferencias más matutinas tienen igual desempeño de mañana y de tarde, y los que tienen preferencias más vespertinas rinden igual que los demás de tarde, pero sí les va peor de mañana. El paper entonces es fantástico, en el sentido de que echa por tierra la idea de que las personas, en este caso jóvenes con cronotipos más tardíos, tengan un peor desempeño... salvo que los obliguen a madrugar, pero, en sí, tener un cronotipo tardío no está asociado a ninguna desventaja de ninguna índole.

“En otros países se está promoviendo que los turnos se corran para más tarde, para que ninguno de los jóvenes tenga que estar a las 7.30 en el liceo”, dice Estevan, que agrega: “No es novedosa la idea de que las instituciones deberían tratar de contemplar esto que se sabe que pasa en estas edades, entender que es un proceso natural que se da en los jóvenes y que por más que intentes exigirles y que estén activos en esas horas tempranas no necesariamente vas a lograr lo mejor si lo que te preocupa es su bienestar y que los gurises aprendan”. También hay que destacar que aquellos que son más alondras o más matutinos no rinden peor cuando van de tarde. “En el turno intermedio no encontramos diferencias y vemos que los dos, tanto los más matutinos como los más vespertinos, rinden más o menos parecido, y en promedio, similar a la mañana”.

Dando la nota

Ante estos datos que obtuvieron uno supondría que el promedio de las notas en el turno intermedio debería ser mejor, ya que si bien de mañana los más búhos rinden peor, en el intermedio alondras y búhos rinden por igual y ninguno está adormecido. Estevan mira al vacío y luego contesta: “Lo discutimos bastante. Para algunos de nosotros eso debería darse, pero no lo hemos encontrado”, confiesa. Pero sigue pensando en el tema, así que agrega: “Es más, en conversaciones con los docentes, algunos nos decían que en la tarde los alumnos rinden menos, y eso no es lo que encontramos tampoco”. Eso sí que es interesante: si los alumnos rinden igual de mañana y de tarde, ¿por qué entonces los docentes afirman que los de la tarde son peores?

Como el biólogo fue docente de secundaria, puede hablar con propiedad y bucea en su experiencia personal: “Trabajando en el liceo, a las 7.30 de la mañana todos los grupos son divinos... ¡porque están dormidos! En la medida en que va avanzando la mañana el clima dentro de la clase y el liceo cambia muchísimo, porque los chiquilines están despiertos. Un gurí de 14 o 15 años, a las 10.00 u 11.00, luego de estar horas sentado, ya se despabiló y empieza a conversar, a moverse, y es más difícil captar su atención. Tener que dar clases a las 11.00 no es lo mismo que darlas a las 7.30”, afirma.

Pero esa diferencia no se da sólo en los alumnos. ¿Acaso los docentes, a las 7.30, no están claritos, y en el intermedio acumularon todo el cansancio de la jornada? ¿Podría incidir eso en su evaluación? Para Estevan esto puede estar pasando: “Cuando miramos la nota tenemos que saber que es un constructo complejo. Varios profesores reportaron que el turno de la tarde era peor, pero nosotros, cuando miramos una muestra al azar de alumnos de la tarde y de la mañana, no encontramos diferencias en las notas. Quizás los profesores lo sienten distinto; no lo reflejan en las notas, pero nos lo reportan”, sostiene, y cuenta que este año pretenden hacer pruebas cognitivas en distintos momentos del día para ver cuál es el desempeño de los jóvenes en distintas áreas. “La idea es tratar de identificar bien a estos chiquilines más vespertinos en la mañana, ver cómo son las notas si los evaluás al mediodía, cuando es probable que ya funcionen bien, o si lo hacés temprano en la mañana”, adelanta.

Pero Estevan relativiza la importancia de los hallazgos –dice, y con razón, que el principal problema del rendimiento de los jóvenes no es la falta de sueño o el ritmo circadiano sino las condiciones socioeconómicas–, y además confiesa: “Creo que las cosas que estamos diciendo en nuestras investigaciones no son extrañas para los docentes. Ellos saben que el horario importa, saben que la mañana y el mediodía no es lo mismo, sobre todo para el clima y el funcionamiento de la clase, cuánto te pueden atender y demás”. Sin embargo, reconoce que lo que han encontrado podría ayudar: “Capaz que es mejor no programar los escritos a las 7.30. Tal vez lo nuevo es saber que está bueno poner los escritos más tarde porque les va a ir más parejo, es un agregado para los docentes que puede ser interesante”.

Se busca antropólogo/a

La cronobiología hace grandes aportes para que nos conozcamos mejor. Pero por sí sola no alcanza para explicar fenómenos tan complejos como la conducta humana. “Tenemos factores culturales asociados”, reconoce Estevan, que además comenta algo que le preocupa: “Nosotros tenemos horas de cena muy tardías, chiquilines que reportan estar cenando a las 23.00 o 23.30. Eso es bastante atípico en el mundo, es bien particular de Uruguay”. A esto hay que sumar que nuestro país tiene los cronotipos más tardíos reportados de jóvenes en el mundo. “Sabemos que en Argentina están encontrando resultados no tan extremos pero bastante parecidos, y tal vez haya algún factor rioplatense relacionado con la noche que puede estar mediando”, dice el investigador.

“Yo tengo una especie de tesis de que hay una segmentación temporal de la ciudad en la que la mañana es de la tercera edad, la mañanita y la tarde son de la gente de mediana edad y la noche es de los jóvenes”, adelanta Estevan. “No sé si la gran nocturnidad de nuestros jóvenes no tiene que ver con eso, con el reparto del espacio y el tiempo. Los jóvenes tienden a estar más activos en la noche y a extender mucho la vigilia, en parte por razones biológicas, y creo que también estas cosas culturales están metidas”, hipotetiza, pero reconoce sus límites: “Yo no tengo cómo estudiar eso, es ideal para un antropólogo; algún día encontraremos uno que se interese por el tema”.

Puestos a hablar sobre cuestiones que exceden al artículo, Estevan también señala que “no sólo se ve mal que los jóvenes se acuesten tarde, sino que se ve mal dormir. Hay una percepción de que el sueño es algo malo, de que es una pérdida de tiempo. Les pasa a los chiquilines, a los padres y a la sociedad. Hay una especie de utopía de no dormir, de estar activo las 24 horas del día. Y consecuencia de eso es el no defender y no cuidar el sueño”. Lo recomendado para los adolescentes es dormir entre ocho y diez horas, y así el dato relevado vuelve a ser importante: 70% de los jóvenes estudiados reportó tener déficit de sueño. “Muchos de nuestros jóvenes en la mañana están somnolientos, su atención está mermada”, señala Estevan, que para cerrar la entrevista, remarca: “Me parece importante, además de defender a los de cronotipo nocturno, que no tienen nada malo de por sí, como vimos en este trabajo, defender también el sueño. Hay que cuidar el sueño y ayudar para que dure lo suficiente y tenga la calidad adecuada”.

Artículo: “School start times matter, eveningness does not”.

Publicación: Chronobiology International (agosto de 2018).

Autores: I. Estevan, A. Silva, B. Tassino.

¿Cómo medir el cronotipo?

Una forma sencilla de tener una aproximación al cronotipo para poder compararlo con el de otras personas es medir el punto medio del sueño que uno tiene en un día libre. Para ello, hay que tener en cuenta a qué hora se acuesta y a qué hora se levanta en un día sin obligaciones. Por ejemplo, si uno se acuesta a las 23.00 y se despierta a las 8.00, durmió nueve horas y el punto medio de su sueño se da a las 3.30. Muchos de nuestros adolescentes tienen el punto medio de sueño cercano a las 7.00.

Por más información sobre cronotipos y ritmos circadianos se puede ver una nota anterior a Bettina Tassino y Ana Silva en ladiaria.com.uy/UTF.