Fósil del rostro del pterosaurio de la formación Tacuarembó y microtomografía en la que se aprecia un diente.

Los pterosaurios se suman a la fauna del Uruguay jurásico

Paleontólogos encuentran en Tacuarembó fósiles de pterosaurios, los primeros vertebrados que volaron en nuestro planeta.

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Estamos acostumbrados a pensar que los dinosaurios y otros animales extintos, como los tigres dientes de sable o los mastodontes, vivieron en cualquier parte del planeta menos en Uruguay. Sin embargo, año tras años los paleontólogos de nuestro país nos fascinan con nuevos hallazgos. Ahora, a la fauna que pobló nuestro país a fines del Jurásico, período que va desde hace 201 millones de años hasta hace 145 millones de años, hay que sumarle a los carismáticos pterosaurios, esos reptiles alados que no eran dinosaurios y que la gente tiende a llamar con el nombre de pterodáctilos, por ser estos una de sus familias más conocidas.

El hallazgo de los fósiles de un fragmento del rostro y de un conjunto de pequeños dientes encontrados en dos sitios distintos de la formación Tacuarembó, situados en ese mismo departamento, fue publicado esta semana por la revista Journal of South American Earth Sciences. El trabajo, firmado por los paleontólogos Daniel Perea, Matías Soto, Pablo Toriño y Valeria Mesa, del Instituto de Ciencias Geológicas de la Facultad de Ciencias, y por John Maisey, de la División Paleontología del American Museum of Natural History de Nueva York, afirma que los fósiles pertenecen a un pterosaurio de la familia de los ctenocasmátidos, que se conocen como pterosaurios filtradores, y apuntan a que podría tratarse de un animal emparentado al género Gnathosaurus.

Cuando Perea, Soto y Toriño me reciben –Mesa está de licencia maternal– saben que no serán los protagonistas de los primeros minutos de la entrevista: mis ojos se pegan al hueso fosilizado de escasos 6,4 cm de largo y en silencio se maravillan con el hecho de que un pequeño fragmento de más de 140 millones de años, bautizado FC-DPV-2869, permita saber que el cielo de Tacuarembó fue surcado por reptiles alados que tenían muchísimos dientes. Una vez más, la ciencia supera a la ficción.

La historia de FC-DPV-2869

Mirando el fósil, Perea recuerda: “Este fragmento lo encontramos en 2007 en uno de los tantos proyectos que venimos realizando hace 20 años en Tacuarembó con financiación de la Comisión Sectorial de Investigación Científica, la Agencia Nacional de Investigación e Innovación o alguna fundación extranjera, como The Jurassic Foundation”. Toriño agrega que sacar la pieza delicada no fue sencillo, ya que “donde apareció este fósil hay una tosca bastante dura” que los obligó a emplear rotopercutores y llevar un generador eléctrico.

Pero los fósiles de tanta antigüedad representan desafíos extra. Toriño da cuenta de ello: “Estaba muy pegado, pero además estaba muy fragmentado”. Lo que mantenía unido al fósil era el propio sedimento, del que había que separarlo en el laboratorio de la Facultad de Ciencias. “Para consolidarlo le fui poniendo La Gotita con un alfiler”, explica Toriño, que luego de tener toda la cara que afloraba pegoteada, se animó a empujar con una aguja desde abajo hasta que hizo “tac” y se despegó de la roca. Bien, habían encontrado el fósil; restaba saber a qué animal pertenecía.

“Al principio no entendíamos bien qué era. Vimos que tenía alvéolos como de dientes, pero dispuestos de una forma rara”, rememora Perea. “Un cocodrilo no podía ser porque los cocodrilos tienen los dientes para abajo o para arriba, y en el fósil los dientes salen como para los costados”. Dado que en Tacuarembó aparece una gran cantidad de fósiles de animales acuáticos o anfibios, para los paleontólogos el fósil podría pertenecer a un pez sierra. No tenían certeza, pero luego sucedió algo inesperado: “En un momento se nos perdió el material y estuvo como cuatro años sin que supiéramos su paradero”, confiesa Perea, y uno recuerda que se trata de un pequeño hueso de poco más de 6 cm de largo por 1,2 cm de ancho. “En 2015 me subí a una escalera y lo encontré muy atrás en la parte superior de un armario”, recuerda, y entonces sí se concentraron en el misterioso fósil que estuvo a punto de extinguirse por segunda vez.

Un pterosaurio en el Clínicas

“Cuando tenés un material como este querés saber más, querés verlo por dentro, pero no lo querés romper porque es lo único que tenés”, afirma Toriño. Así que recurrieron al tomógrafo del Hospital del Clínicas. “El técnico en Radiología Víctor Ezquerra nos ayudó muchísimo, y pudimos ver que por dentro no tenía estructura y que estaba relleno de arena. Sin embargo, la resolución del tomógrafo no permitió tener una buena imagen porque se trata de un fósil muy pequeño”, reconoce Toriño. Soto acota: “Por eso pensamos en la microtomografía computada, que es lo que más se está usando en paleontología de vertebrados para ver cosas pequeñas”. Pero en 2016 no había en nuestro país ningún microtomógrafo –cuestan casi un millón de dólares y ocupan toda una habitación–. Fue entonces que el equipo tuvo un golpe de suerte: “En Brasil, el Museo de Zoología de la Universidad de San Pablo nos ofrecía hacerla gratis porque todavía tenían el aparato en garantía”, recuerda Toriño, y Perea aporta: “Llegamos justito, ¡un mes después y hubiéramos tenido que pagar como 2.000 dólares!”.

Con la microtomografía de 2016 el equipo quedó casi tan petrificado como el hueso del pterosaurio: “La resolución es impresionante, tanto que permite ver en detalle la cavidad pulpar del diente partido del material. Son cosas que uno antes soñaba con poder ver”, exclama Toriño. Perea recuerda que la microtomografía “echó por tierra la idea de que podía tratarse de un pez sierra”. Soto se explaya: “La estructura interna y la orientación de los alvéolos, el hecho de que los dientes se dirigían hacia adelante y en diagonal, como a 45°, e incluso la forma del único pedazo de diente conservado, que antes no habíamos podido observar, nos llevaron a pensar que se trataba de un pterosaurio”.

Volviendo a la vida

No hace falta extraer el ADN de un animal extinto y tratar de ingresarlo al núcleo de una célula madre de un animal similar actual para que cobre vida. La paleontología, junto a otras disciplinas científicas, rescata a los animales extintos para que vivan en nuestra cultura. Perea remarca: “Viendo la microtomografía nos dimos cuenta de que los únicos animales conocidos que tienen los dientes en esa posición eran los de la familia ctenocasmátidos de pterosaurios”.

Con esto en mente, los paleontólogos se animaron a más. Soto pensaba que varios dientes diminutos encontrados en un yacimiento cercano a Batoví años atrás, la mayoría de ellos de no más de un centímetro de largo, podrían tratarse de dientes de pterosaurios. Pero la evidencia era poca como para realizar tal afirmación. “Este fósil nos permitió animarnos a catalogarlos como dientes de pterosaurios. La hipótesis de Soto era correcta”, afirma Toriño. Es que la tarea de reconocimiento no es sencilla, y muchos de los fósiles que aparecen en la formación Tacuarembó lo hacen en lo que se llaman “bone beds” o “lechos osarios”, aglomeraciones de muchos fósiles de diversa procedencia. Perea lo explica así: “Es frecuente que 90% de los fósiles de estos bone beds de Tacuarembó sean escamas de peces ganoides, y el diente más grande de Batoví venía junto con una cantidad de escamas”. También cuenta que en broma, antes de la tomografía de Brasil, le decían a Soto que su diente de pterosaurio era en realidad una espina de pescado. Soto sólo esperaba tener más pruebas. Y las tuvo. Con las microtomografías y la convicción de tener enfrente el primer fósil de un pterosaurio encontrado en Uruguay, se pusieron en contacto con John Maisey, experto norteamericano en vertebrados del Cretácico, quien coincidió con la opinión de sus colegas de la Facultad de Ciencias.

Soto dice que cuando uno encuentra algo así se siente como mariposas en el estómago: “Se trata del primer pterosaurio encontrado en Uruguay, el más antiguo de su familia en Sudamérica, ya que pertenece al Jurásico Tardío”. El investigador admite que tal vez exagera con lo de las mariposas, pero aclara que “es cierto que uno se enamora de lo que estudia”. La alegría de Perea se asoma entre su barba, pero como si todo el mérito fuera de los procesos geológicos que permiten la fosilización de los materiales, con humildad agrega: “Tacuarembó nos tiene acostumbrados a esas sorpresas. Nos ha dado los dinosaurios más antiguos del Uruguay, nos ha dado la tortuga más antigua, los peces celacantos gigantes, el tiburón de agua dulce que se encuentra sólo acá y en el norte de África, los únicos peces pulmonados y las únicas huellas de dinosaurios del país”.

El pterosaurio oriental

La gente tiende a decirle pterodáctilos a todos los reptiles alados que convivieron con los dinosaurios. El que apareció en Tacuarembó no es uno de ellos, pero como explica Perea, anda cerca: “Es un pterodactiloideo, se podría decir que es un pterodáctilo en un sentido muy amplio”. Soto especifica: “El nombre de la familia es ctenocasmátidos, donde ctenos refiere al peine que conforman sus múltiples dientes”. Es que los ctenocasmátidos eran una familia con varias especies que tenían una gran cantidad de dientes. “Algunos de ellos llegaban a tener cientos y muy finitos, que servían como una especie de colador para filtrar, por ejemplo, plancton. Volaban sobre la superficie del agua y, como quien tira un calderín, se alimentaban”, explica Perea, que señala que el pterosaurio oriental era distinto: “Nuestro fósil tiene dientes más grandes, por lo que pensamos que no sólo filtraba el alimento del agua, sino que también atrapaba presas con ellos”.

Reconstrucción de un pterosaurio de la familia de los ctenocasmátidos. Dibujo de Zhao Chuang

Soto afirma que “la mayoría de los integrantes de esta familia de pterosaurios vivían en ambientes marinos. El nuestro aparece asociado a un río; donde lo encontramos no había manera de que hubiera mar, porque a fines del Jurásico Sudamérica y África estaban unidas y era todo continental. Sí sabemos que eran ríos que corrían hacia el suroeste”. En la labor del perfil geológico dicen que fue fundamental el aporte de su colega Valeria Mesa. Perea incluso va más allá: “Eran animales que vivían cerca del agua. Eso coincide con que hay gran cantidad de agua asociada a la génesis de la formación Tacuarembó. En un momento se hablaba de que era una formación que reflejaba una gran aridez, pero ahora esa idea se está rebobinando. La fauna que estamos encontrando demuestra que era necesaria una cantidad importante de sistemas acuáticos”.

Toriño toma la posta y demuestra que la ciencia no es estática: “Ahora estamos estudiando unos celacantos gigantes, peces que tenían una envergadura de entre 1,5 y 2 metros. Y los tamaños de los peces guardan cierta relación con el tamaño del cuerpo de agua. Estos diversos fósiles nos hacen ver que la hipótesis de que había cuerpos de agua temporales no cierra. Tenían que ser cuerpos de agua permanentes para mantener esa fauna, pensamos en ríos”. Perea asiente y acota: “Probablemente también hubiera, como se pensaba, charcos que se secaban en verano, pero seguro había grandes ríos que se mantenían todo el año”. Lo que dicen es coherente, y los grandes desiertos no tienen por qué excluir cursos de agua permanentes. Uno piensa en el Nilo, que atraviesa el desierto y está lleno de fauna asociada, incluidos los cocodrilos, cuyos parientes lejanos aparecen en la propia formación Tacuarembó.

Al tratarse de animales voladores, hay que ser cautos. Por un lado esa condición hace que sus fósiles sean difíciles de encontrar, ya que tenían huesos muy finos y livianos, algunos de ellos huecos, una solución a la que también llegaron las aves actuales para poder volar. “Y también tenemos que tener en cuenta que los animales que volaban tenían una amplia capacidad de desplazamiento. Podrían ir perfectamente de un continente a otro, como hacen las aves ahora, lo que hace posible que estuvieran en ambientes marinos y en ríos alejados del mar”, agrega Perea. Soto secunda: “Los fósiles más parecidos a estos han aparecido en Inglaterra, Francia, Alemania y China, lo que demuestra que tenían una distribución amplia”.

Sobre el tamaño, los paleontólogos dicen que “los animales como este no se conocen más que por el cráneo y fragmentos mandibulares, y aplicando los principios de correlación orgánica y la anatomía comparada, dado que su cráneo tenía unos 29 o 30 centímetros, podemos inferir que era un animal un poco más grande que una gaviota, tal vez más como un albatros”. Pablo aporta: “Igual que con los dinosaurios, hay que desmitificar que todos eran grandes. Los pterodáctilos no eran todos enormes y gigantescos, había una diversidad de tamaños impresionante, desde los más chiquitos, que son como un pajarito, hasta los grandes, que tienen el tamaño de un planeador”.

De hecho, lo que estos paleontólogos más ansían encontrar en la formación Tacuarembó, lejos de ser algo gigante, es diminuto: “Mi gran sueño es encontrar restos de mamíferos. Eran muy pequeños, pero en el Jurásico Tardío ya estaban. Estamos hablando de que tenemos que encontrar dientes del tamaño de un grano de arena”, dice Perea, y cuenta que, lupa mediante, los buscan en las rocas de Tacuarembó que analizan en el laboratorio. Tienen el viento en la camiseta y la razón está de su lado: “Tacuarembó nos acostumbró a la praxis de reconstruir animales enteros a partir de pequeños fragmentos. Y cada vez estamos agarrando más práctica”, dice. Soto lo apoya: “En Brasil hace poco, con un pedacito de diente del Cretácico, describieron un nuevo género y una nueva especie de mamífero, el Brasilestes stardusti”. “Son fósiles rarísimos en el mundo y, pese a que cada vez se encuentran más, son la figurita sellada”, dice Perea con ojos soñadores. Por las dudas, Toriño espera dar con cosas más sencillas de encontrar: “También nos están faltando los dientes de saurópodos y de ornitópodos; tenemos huellas de los dos, pero hasta el momento no hemos encontrado ningún elemento óseo”. Ojalá el tándem formación Tacuarembó-Perea-Soto-Toriño-Mesa siga fascinándonos con fósiles de animales maravillosos que ni siquiera imaginábamos que dormían bajo nuestros pies. Porque si bien el pasado es finito, la paleontología se encarga de que la capacidad de sorprenderse tienda al infinito.

Terror en el Parque Jurásico

En la saga Jurassic Park los dinosaurios son los responsables de darnos miedo. En Uruguay el miedo jurásico está a cargo de la burocracia: el proyecto de primer museo al aire libre de huellas de dinosaurios de nuestro país, ubicado sobre la ruta 26 próximo al pueblo Cuchilla del Ombú, en Tacuarembó, se encuentra totalmente paralizado. “Estamos atrapados en burocracias institucionales”, dispara Toriño, preso del mismo terror que un protagonista de la saga fílmica.

En 2015 el Ministerio de Educación y Cultura premió con dos millones de pesos al proyecto “Ruta de los dinosaurios” para instalar allí un museo al aire libre. La intendencia norteña, a su vez, se comprometió a aportar otros cuatro millones de pesos. El proyecto parece estar encajonado. “Estaba confiado que a comienzo de este año comenzaban las obras”, dice Toriño, responsable del proyecto, que con pena ve que estamos a julio y nada se ha movido.

El científico espera que una reunión con el intendente de Tacuarembó, Eber da Rosa, y autoridades del Ministerio de Transporte y Obras Públicas y la Comisión de Patrimonio antes de fin de año, destrabe la situación. Lo que da pena es que las huellas se encuentran en un sedimento que, a diferencia del que albergaba al pterosaurio, no es muy duro, y que con el paso del tiempo y la acción de los agentes meteorológicos las huellas se echan a perder. Por ejemplo, las marcas dejadas por dinosaurios terópodos ya no logran verse. Crucemos los dedos para que no suceda lo mismo con las de los grandes saurópodos que aún esperan para deleitar a niños y grandes.

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