Pandas, tigres de bengala, ballenas azules. A la hora de pensar en animales para proteger y conservar, los mamíferos aventajan a cualquier otra familia en un caso que podría tildarse de nepotismo biológico. Los delfines, mamíferos que pertenecen al orden de los cetáceos, dado su gran carisma, inteligencia y presencia en la cultura popular, también despiertan la empatía de quienes se preocupan por la vida en este planeta. Es frecuente escuchar sobre los problemas que enfrentan los delfines rosados del Amazonas (Inia geoffrensis) o los baijis (Lipotes vexillifer) que viven en ríos de China. Sin embargo, tendemos a ignorar que en nuestras propias costas hay un delfín que no la está pasando nada bien. Se trata de la franciscana (Pontoporia blainvillei). Entre que por un lado es un animal pequeño, que alcanza a lo sumo un metro sesenta, asustadizo y veloz, y, por otro, que las aguas del Río de la Plata distan mucho de ser cristalinas, son pocos los que han visto una. Se podría pensar que es difícil conservar lo que no se ve, pero por suerte hay gente como el biólogo Javier Sánchez Tellechea, que ha comprendido que, para el estudio de los cetáceos marinos, un sonido vale más que mil imágenes.

La importancia de escuchar a las franciscanas no está dada sólo por la necesidad de saber más sobre ellas, sino porque esto podría ser vital para su supervivencia: este delfín de estuario, que sólo vive en aguas poco profundas de las costas comprendidas entre el estado de Espíritu Santo, en Brasil, hasta el golfo de San Matías, en Argentina, está listado como especie “vulnerable” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), lo que quiere decir que es altamente probable que en breve esté en peligro de extinción. Las investigaciones de Sánchez Tellechea, zoólogo especializado en cetáceos, bioacústica y biología marina, que ha estudiado a las franciscanas por más de una década, han sido publicadas en revistas extranjeras como Marine Mammal Science, pero no han logrado mover la aguja local en el estudio y conservación de cetáceos ni han sido tomadas en cuenta a la hora de implementar políticas de manejo, protección ni mitigación de los efectos perjudiciales de la pesquería y la contaminación acústica de los mares, las dos principales amenazas que enfrenta nuestro pequeño primo sin pelo.

Oyendo bajo el agua

“La franciscana es un delfín asustadizo. Evita el contacto humano, evita el contacto con botes; entonces, para estudiar su comportamiento, la bioacústica es una gran herramienta”, dice Sánchez Tellechea. Para él, todo el que quiera estudiar cetáceos necesariamente debe tener nociones de bioacústica, dado que trabajar en el mar es difícil, costoso y peligroso. Y lo que dice tiene sentido: si para estudiar fauna terrestre muchísima información llega hoy en día gracias a la colocación de cámaras trampa, en el mar dejar equipos que escuchen y registren los sonidos emitidos por estos animales parece ser el camino a seguir.

Los primeros en grabar los sonidos de las franciscanas en estado salvaje fueron R Busnel y el uruguayo Gustavo Alcuri en 1974. “Busnel trabajaba para National Geographic y, al venir a Punta del Diablo, grabó cinco segundos de clics de las franciscanas con Alcuri, que era físico pero le encantaban estos bichos”. Desde entonces, pocas grabaciones se han hecho de los sonidos de este animal, y menos aun en estado salvaje. Por eso las grabaciones hechas por Sánchez Tellechea mediante hidrófonos –micrófonos acuáticos– colocados en dos boyas en Santa Lucía del Este, Canelones, son tan relevantes.

El zoólogo explica que las franciscanas que grabó entre marzo y mayo de 2016 emitieron tres tipos de sonidos: clics de alta y baja frecuencia y burst clicks. Los clics son chasquidos breves que los cetáceos utilizan para la ecolocalización: emiten sonidos con una frecuencia determinada que, al chocar contra un pez u objeto que tengan enfrente, rebotan y son captados por el animal, que logra “ver” los objetos tal como lo hacen los radares o los murciélagos. Sin embargo, las ráfagas o burst clicks que Tellechea registró por primera vez para la ciencia en animales salvajes tienen otro uso: en los delfines que no producen silbidos, las ráfagas están relacionadas con la agresión, la alarma, la agonía y la relación madre-cría. Además explica: “En Uruguay tenemos al animal que emite los pulsos más altos en ecolocalización del planeta, y eso es fascinante”, dice, y una sonrisa entusiasta se le dibuja cuando se pregunta en voz alta por qué un animal tan chiquito emite en una frecuencia tan alta. Cuanto más alta es la frecuencia de emisión, más definición tendrá la “imagen de radar” recibida, y Tellechea aventura: “Es que la franciscana, que es prácticamente ciega, precisa ver con el sonido lo que no puede ver con los ojos en el agua marrón”, aunque aclara que es un cetáceo de río que también vive en el mar, es estuarino. “Vive en el agua cristalina en Rocha y vive en el agua chocolate del Río de la Plata”. No va más allá de los 70 metros de profundidad mar adentro y, si bien se dice que vive hasta la altura de Montevideo, él tiene registros de su presencia en San José y hasta en Colonia. “Lo que pasa es que como es chiquita y el agua es marrón, está muy bien camuflada”, señala, argumentando la estrategia de escuchar sus sonidos para conocerla, como si ver una en estado salvaje fuera tan difícil como ver un agujero negro.

Cuidado con las redes

Donde sí se ven las franciscanas es en las redes de los pescadores artesanales. Dado que son mamíferos que necesitan ir a la superficie para respirar –como las ballenas–, al quedar atrapados en las redes encuentran la muerte. Para el científico era importante determinar por qué las franciscanas, que tienen un radar afinado y preciso, caen en las redes de pesca. “Yo apunto a demostrar que la franciscana se está muriendo no porque no ve las redes, sino porque va a comer a ellas”, afirma el zóologo, y de hecho en eso se centra su último trabajo publicado en la revista Aquatic Mamals de fines de 2017, titulado: “Hábitos alimenticios de los delfines franciscana: ¿ecolocalización o escucha pasiva?”.

Analizando lo que tenían en sus estómagos 37 franciscanas muertas en redes de pesca o varadas en la costa entre 2013 y 2016, Javier observó que la principal parte de la dieta de estos cetáceos consistía en pescadilla, bagre sapo, corvina rubia y pargo blanco, todos peces que emiten sonidos. Para el investigador, al quedar atrapados en las redes, estos peces emiten sonidos de agonía o perturbación (disturbance calls) que atraerían a las franciscanas como una milanesa con papas fritas atrae a un adolescente famélico. “Yo no puedo decir que todas las franciscanas que mueren en las redes lo hacen porque van a comer a la red, es obvio que algunas veces las bichas se las llevan puestas, pero sí digo que es algo que sucede en gran porcentaje”, señala Sánchez Tellechea. Para ello tuvo que contradecir a expertos argentinos y brasileños, que afirmaban que las que caían en las redes eran sólo las franciscanas jóvenes que no tenían desarrollado el aparato ecolocalizador. Por un lado, Sánchez Tellechea grabó los clics de dos franciscanas juveniles en cautiverio e hizo análisis anatómicos y comprobó que las franciscanas prácticamente nacen con su sonar desarrollado. Por otro, las capturas en las redes no mentían: aparecían tanto juveniles como adultos, por lo que la hipótesis de los otros investigadores no explicaba el fenómeno.

Al estudiar el contenido de los estómagos y ver que las franciscanas comen más que nada peces que emiten sonido, Sánchez Tellechea afirma que nuestros cetáceos cazan más mediante escucha pasiva que mediante el uso de su radar. Él piensa que de esta manera ahorran trabajo: “Podríamos decir que la franciscana es una vagoneta”. Además de que pueda resultar más cómodo y menos costoso emitir sonidos de ecolocalización que escuchar, hay otra buena razón para no hacer barullo en el agua: las franciscanas, a su vez, son presas de tiburones y son atacadas por los defines nariz de botella (Tursiops truncatus), esos que nosotros llamamos toninas y que son los que se utilizan como atracción en los shows acuáticos de acuarios. Es que en el mar, el que habla pierde, y Sánchez Tellechea cuenta que un investigador de la Universidad de Washington observó que las orcas imitan los sonidos que emiten los defines nariz de botella para hacerse pasar por congéneres y comérselos. Los defines, entonces, adoptaron la estrategia de “cortar comunicación” cuando se acercan a la bahía donde hay orcas, de manera de no ser escuchados ni caer en la trampa del falso llamado. “Yo hace diez años que arranqué a estudiar a los cetáceos, y puedo decirte que son animales más inteligentes de lo que pensamos”, dispara, y agrega: “Las franciscanas acá son devoradas por tiburones. ¿Por qué no pensar entonces que evitan emitir clics para que los depredadores no las ubiquen?”.

Para Sánchez Tellechea las franciscanas mueren en las redes de pesca tentadas por los sonidos agónicos de los peces que allí quedaron enredados, a pesar de que su sonar les permite ver la red con precisión. Pone como ejemplo estudios que hay sobre los delfines nariz de botella, más abundantes en acuarios: “Se sabe que son capaces de detectar mediante ecolocalización un cabello humano a un metro de distancia, una pelota de tenis a 30 metros y una de fútbol a 150 metros”. Cuenta entonces que las redes no son sólo filamentos, sino que tienen boyas que hacen ruido con el agua, tienen cuerdas de al menos 10 milímetros, boyarines, banderitas. Para él, por más que su fino aparato de ecolocalización les permita detectar la red, en el caso de las franciscanas puede más el canto de la pescadilla que una yunta de bueyes. De hecho, relata que en Argentina se colocaron alarmas en las redes, pensando que las franciscanas no las veían, y cayeron con igual frecuencia en las redes con alarma que en las que no las tenían. Es más: en el caso de la colocación de alarmas en las redes de pesca para ahuyentar a los lobos marinos, estas funcionaron más como un llamador que como un disuasor: los lobos pronto aprendieron que donde se escuchaba aquel ruido, había peces atrapados. “Hay gente que no entiende que los cetáceos son animales acústicos. Si bien nos fascinó a todos, Cousteau se equivocó en titular su libro El mundo silencioso de Jacques Cousteau: es un mundo extremadamente sonoro y estos bichos tienen miles de años de evolución para sacar provecho de eso”, expresa Sánchez Tellechea, y uno, que simpatiza con el biólogo que capitaneaba al Calypso, no puede menos que ponerse del lado del zoólogo compatriota.

Ruido submarino

Cuando yo era niño, ver toninas en Parque del Plata era muy común. Sánchez Tellechea dice que él las veía en Solymar. Hoy para ver toninas hay que ir hasta Rocha y contar con un poco de suerte. El científico ensaya una explicación: “Al principio decían que su ausencia podía explicarse por la sobrepesca. Y puede que algo tenga que ver, pero la teoría que tengo, por los estudios que he hecho, es que se debe al aumento del ruido y la contaminación sonora y química de la costa”. Sánchez Tellechea piensa que tanto alboroto submarino también está afectando a las poblaciones de franciscanas.

Uno de noche puede ver una autopista de barcos casi estáticos en la costa. La mayoría de ellos aguardan que les autoricen la entrada tanto al puerto de Buenos Aires como al de Montevideo. “Ahí hay una zona de alijo, de recalada. Pero el barco no está quieto, está generando ruido con los generadores, y además tira desechos”, explica el investigador, y adelanta que ha analizado el ruido de la costa a lo largo de los años y que en breve publicará un trabajo en el que da cuenta de que la media del ruido de fondo viene aumentando.

Pero no sólo los barcos contaminan sonoramente el mar. “Cuando metieron los pilotes de la regasificadora, cada martillazo generaba 280 decibeles [dB] a un metro del impacto. Una turbina de avión, a un metro, son 180 dB y puede producir hasta sangrado de oído. En el agua el sonido se propaga mucho más, así que imaginate hasta dónde llega todo eso”, cuenta apenado. Para hacerse una idea, un bagre sapo emite sonidos que pueden escucharse hasta a 640 metros de distancia. Sánchez Tellechea cita a uno de sus científicos admirados, Roger Payne, a quien considera “el padre de la bioacústica de las ballenas”: “en 1971 calculó que los sonidos que emite una ballena jorobada pueden ser escuchados por otra ballena hasta a 7.000 kilómetros. Y que los sonidos de baja frecuencia de los barcos, con la cavitación de sus hélices, pueden escucharse hasta a 13.000 kilómetros”. Es fácil de comprender entonces que abajo del agua, menos silencio, hay de todo.

Sánchez Tellechea explica que los humanos escuchamos sonidos que van desde los 20 Hertz (Hz) a los 20 Kilohertz (Khz), mientras que algunos de los sonidos de los barcos van desde los cinco a los 15 Hz, sonidos de baja frecuencia que para los humanos no son audibles (por eso se denominan “infrasonidos”) pero que las ballenas y delfines sí pueden escuchar. “Con todo ese ruido en el mar las ballenas no se están escuchando. Es como tratar de iniciar una conversación con una persona en una discoteca con la música extremadamente alta”, señala. Para que quede claro, lo dice ya sin metáforas: “Estamos interviniendo en lo más básico y lo más complicado para la supervivencia de las especies, que es la reproducción”.

Interrumpir la comunicación es ya suficientemente grave, pero la presión sonora puede además dañar los órganos internos de los cetáceos. Y especial atención hay que prestar al tímpano, que en el caso de la franciscana, es un orificio del diámetro de un alfiler: “Es que las franciscanas, y todos los cetáceos, escuchan con todo el cuerpo, y en especial con la mandíbula, que es donde reciben los pulsos de la ecolocalización”.

Si se calla el delfín...

El panorama no es alentador y Sánchez Tellechea lo deja claro: “Acá en Uruguay estamos llevando a la franciscana hacia la extinción. Ya no hay tantas como antes y, según trabajos publicados, se estima que por año aparecen entre 500 y 600 muertas en las redes de pesca”. Para él, como científico, es necesario decir las cosas como son: “Si hay más redes en la costa, van a morir más bichos. Entiendo que hay un tema social y económico, pero si se quiere preservar a la franciscana hay que dejar de colocar redes en la costa, y, sobre todo, redes de mucho kilometraje”, dice serio, y agrega que hay redes que tienen hasta ocho kilómetros de largo o más.

“En segundo lugar, habría que tratar de que los barcos hagan su recalada más adentro, o disminuir la cantidad. Ese problema afecta a la franciscana pero también al delfín nariz de botella, a las ballenas australes y a otros cetáceos que no son tan frecuentes pero que sabemos que pasan”, informa el investigador. “La franciscana es una especie muy costera, y si vos tenés ese tráfico de barcos vas a molestarlas”, explica. Así como ya hay estudios que señalan que el ruido de los barcos impide que las ballenas se comuniquen en la época de apareamiento, Sánchez Tellechea teme que aquí pueda estar pasando lo mismo: “Se cree que en la época reproductiva las franciscanas se encuentran mediante el sonido. Y con el nivel de ruido que hay en nuestra costa, es probable que estén teniendo dificultades para encontrarse”.

Las franciscanas pueden nadar hasta 300 kilómetros en un día. Hoy la única área protegida marina es la de Cerro Verde e Islas de la Coronilla, que pese a que va hasta cinco millas náuticas desde la costa, para Sánchez Tellechea es insuficiente si se quiere proteger a esta especie de alta movilidad. “Para mí el área protegida para esta espacie debería ir desde el Chuy hasta Punta del Este”, dice, al tiempo que señala que es imperioso que se cree un laboratorio de mamíferos marinos al menos en la Universidad de la República, ya que los aportes de la academia son un insumo valioso para la toma de decisiones. “Hoy la Universidad está presente en Rocha con el Centro Universitario Regional del Este”, señala, y para él ese sería el emplazamiento ideal para el laboratorio, de modo de generar conocimiento no sólo de las franciscanas, sino sobre todos los mamíferos que luchan por no morir ahogados en este pequeño país que tiene más agua que tierra.

¿Qué comen las franciscanas?

Mediante una investigación hecha en franciscanas muertas en redes de pesca y varadas en la costa, Javier Sánchez Tellechea pudo determinar cuáles eran los cuatro peces favoritos de su dieta. Todos emiten sonido.
1) Pescadilla (Cynoscion guatucupa)
2) Bagre sapo (Porichthys porosissimus)
3) Corvina rubia (Micropogonias furnieri)
4) Pargo blanco (Umbrina canosai)