La astronomía no deja de asombrarme, no sólo por su objeto de estudio, el cosmos con todos sus maravillosos secretos que poco a poco vamos develando, sino también por su relación especial con la sociedad, que la hace única entre las ciencias. Quizá sea porque es la ciencia más antigua que ha desarrollado el ser humano, o quizá sea por su choque con la iglesia por la centralidad del Sol, simbolizado en la condena de Giordano Bruno a la hoguera y el juicio humillante a Galileo Galilei, que abrió el camino a la revolución científica del siglo XVII.

Por cierto, los astros han estado siempre presentes en la vida cotidiana e incluso han despertado temor al aparecer un cometa muy brillante o por la ocurrencia de algún eclipse. De ahí el origen de la palabra “desastre”, como disgregación de un astro y, a la vez, augurio de alguna calamidad. Por ello los gobernantes de las civilizaciones más antiguas tenían astrónomos en sus cortes e incluso hoy, por ejemplo, los británicos mantienen a su astrónomo real. En tiempos más recientes, la comunidad astronómica ha buscado mantener una relación estrecha con el público, como si quisiera hacerlo partícipe de todas las maravillas develadas del cosmos. El nombre Plutón, el dios del inframundo en la mitología romana, fue propuesto por una niña inglesa de 11 años, de nombre Venetia Burney, y resultó elegido entre más de 1.000 sugerencias provenientes de todas partes del mundo. Desde entonces se han organizado muchos concursos internacionales para designar desde asteroides hasta planetas descubiertos en torno de otras estrellas. Todas estas acciones le dan a la astronomía un carácter democrático y popular fuera de los asépticos laboratorios y aulas.

Astronomía y democracia

La democracia alcanzó a la Unión Astronómica Internacional (UAI), el organismo que nuclea a los astrónomos profesionales, que cuenta en la actualidad con unos 13.600 miembros en todo el mundo (cuatro de nuestro país). Mediante una histórica votación, inédita en los anales de la ciencia, la UAI le reconoce al sacerdote belga Georges Lemaître su autoría en la ley de expansión del universo. Pero esta no fue la primera vez que la UAI recurrió a una consulta entre sus miembros para resolver un tema conflictivo. El primer antecedente se remonta a 2006, cuando se resolvió adoptar una definición de planeta diferente de la que traía una comisión designada por el comité ejecutivo de la UAI. En ese episodio, junto a mi colega Gonzalo Tancredi, tuvimos el privilegio de ser actores muy activos en el debate, y la resolución final del tema que, como sabemos, planteó una definición que excluyó a Plutón de la categoría de planeta, para redefinirlo como planeta enano. En un intento revisionista, Metzger y colaboradores1 plantean que la UAI no se debe inmiscuir en definiciones astronómicas y debe dejar que “las comunidades científicas alcancen consenso por sí mismas”.

Esta supuesta mayor democracia es ilusoria: el consenso del que hablan es el de unos pocos centros del Primer Mundo, especialmente de Estados Unidos, con los planteles de investigadores y los recursos necesarios para ir marcando las pautas del desarrollo de una disciplina. Los demás investigadores, aunque sean mayoría, están dispersos en una multitud de pequeños centros, muchos de ellos periféricos, como para incidir en la construcción del relato científico. Sólo un organismo supranacional como la UAI, una especie de Organización de las Naciones Unidas de la astronomía, puede darles algo de voz a los que no la tienen.

En el nuevo episodio de democracia directa al que nos referimos antes, la UAI, por medio de una votación electrónica en la que participaron 4.060 astrónomos de todo el mundo (37% del total de habilitados) ha resuelto recomendar que la hasta ahora conocida como “Ley de Hubble” pase a ser denominada “Ley de Hubble-Lemaître” por una mayoría abrumadora: 78% a favor, 20% en contra y 2% abstenciones. Esta votación electrónica sigue a una votación presencial indicativa realizada durante la última asamblea general de la UAI en agosto en Viena, en la que participaron 385 miembros, de los cuales 74% se pronunció afirmativamente por la propuesta. Pero, ¿tanto alboroto por esto? Sí, por dos razones: la ahora Ley de Hubble-Lemaître no es una ley cualquiera; es una ley fundamental que describe la expansión del universo, una de las más importantes halladas en el siglo XX; en segundo lugar, repara una injusticia histórica. Vayamos a los hechos.

El padre y la expansión del universo

Georges Lemaître (1894-1966) fue un sacerdote católico belga con una sólida formación científica en matemáticas, física y astrofísica. Resolviendo la ecuación de la relatividad general de Albert Einstein, Lemaître halló una solución que mostraba que el universo estaba en expansión. Es cierto que esta solución ya había sido encontrada unos años antes por el matemático y físico ruso Alexander Friedmann (1888-1925), trabajo sobre el cual Lemaître no tenía conocimiento. La diferencia importante es que mientras que Friedmann planteó la solución en términos puramente matemáticos, Lemaître corroboró esa asombrosa conclusión teórica con datos observacionales que mostraban que las galaxias efectivamente se alejaban. Estas investigaciones las publicó en 1927 en un artículo en la revista belga Annales de la Société Scientifique de Bruxelles. Lemaître no se quedó sólo con ese trabajo: en las siguientes décadas siguió profundizando sobre las consecuencias de un universo en expansión. Yendo hacia el pasado, eso significaba que toda la materia del universo estaría cada vez más concentrada hasta alcanzar un estado de superátomo o átomo primitivo, como él lo denominó, que, al estallar y expandirse, originó el universo visible. Lemaître fue entonces el padre de la teoría del Big Bang (“Gran estallido”) expresión cacofónica acuñada por el astrofísico británico Fred Hoyle en 1949 para ridiculizar a esta teoría a la que se oponía.

En 1929 el astrónomo estadounidense Edwin Hubble (1889-1953) publicó su famoso trabajo sobre la relación entre las distancias y velocidades radiales de las galaxias, que fue seguido por otro trabajo, con una muestra de galaxias más numerosa, publicado junto con su colega Milton Humason en la prestigiosa revista Astrophysical Journal en 1931. En ninguno de estos trabajos se menciona a Lemaître. Esto resulta por lo menos llamativo, ya que Hubble se encontró con Lemaître durante la tercera asamblea general de la UAI en Leiden, Holanda, donde probablemente hablaron del tema del corrimiento hacia el rojo de las galaxias y su relación con la distancia.

Hubble gozaba de gran prestigio en la poderosa comunidad de cosmólogos y astrofísicos estadounidenses, quienes comenzaron a referirse en sus trabajos a “la Ley de Expansión de Hubble”, dejando de lado al menos conocido Lemaître. Dicen los autores Helge Kragh y Robert W Smith2 que el relato científico tiende a condensarse en una figura cuasi mítica, el héroe, único responsable de un descubrimiento o una ley, y desprecia cualquier contribución de colegas menos privilegiados por trabajar en centros periféricos o de menor relevancia. Estos héroes no están en cualquier lugar: suelen trabajar en los centros científicos más importantes y gozar de gran reputación académica. Si la historia es escrita por los vencedores, el relato científico es escrito por quienes se encuentran en esos centros de excelencia, que a su vez fabrican sus propios héroes, que recibirán todo tipo de distinción, desde premios Nobel hasta epónimos de descubrimientos. Este es sin duda el caso de Hubble, que se encumbró sobre sus contrincantes, que fueron relegados al olvido, para pasar a ser considerado el padre de la teoría de la expansión del universo, mote excesivo e injusto con otros actores, en particular Lemaître. La resolución de la UAI rescata la figura de este último de las sombras del tiempo para darle nueva luz, y de esta forma repara una injusticia histórica. Si Lemaître viviera, o si su alma siguiera monitoreando los acontecimientos terrestres desde el cielo, podría suspirar aliviado: ¡se hizo justicia! Sí, justicia divina.

Julio Fernández es docente e investigador del Departamento de Astronomía del Instituto de Física de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar). Es miembro de la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay y de la National Academy of Sciences de Estados Unidos, y este año recibió el título honoris causa de la Udelar.

Ciencia en primera persona es un espacio abierto para que científicos y científicas reflexionen sobre el mundo y sus particularidades. Los esperamos en ciencia@ladiaria.com.uy.


  1. Metzger, PT, Sykes, MV, Stern, A, Runyon, K. (2019). “The reclassification of asteroids from planets to non-planets”. Icarus 319, 21. 

  2. Kragh, H, Smith, RW (2003). “Who discovered the expanding universe?”. History of Science 41, 141.