El caso de He Jiankui, un genetista chino que afirmó que habían nacido dos niñas a las que había modificado mediante edición genética, fue cubierto por los medios como una noticia científica. El investigador Daniel Prieto se pregunta si eso es correcto y, para ello, repasa la ciencia detrás del supuesto acontecimiento.

En los últimos días se ha escrito y hablado en medios de todo el mundo acerca de He Jiankui, el hombre que dice haber editado el genoma de embriones humanos para que dos gemelas, que ya nacieron en China, fueran inmunes al VIH. Por el momento, no hay pruebas públicas de que tal cosa haya ocurrido ni una publicación en una revista científica que avale esa afirmación. Tal vez porque, aunque escandaloso y propenso a estar en los titulares, el hecho carece de novedad para la ciencia.

La tecnología

Parte de la pompa mediática se debe a la utilización de una tecnología reciente, la edición genómica mediante el sistema CRISPR-Cas, que ha sido calificado por el director de tesis doctoral de He como “uno de los temas de actualidad más calientes en la biotecnología”. Es un sistema que existe naturalmente en las bacterias como mecanismo de inmunidad adaptativa contra infecciones de virus y otros agentes. Consiste en una combinación de secuencias cortas de ADN, palindrómicas (iguales al leerlas de derecha a izquierda o viceversa, como atar a la rata), repetidas e interespaciadas (CRISPR es el acrónimo en inglés de “repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y regularmente interespaciadas”), y de sus proteínas Cas asociadas. Cuando se activan, funcionan como tijeras moleculares que cortan el genoma del invasor y eliminan la amenaza para la bacteria.

La novedad consiste en utilizarlo para guiar un ARN de diseño hacia un lugar de interés y modificarlo. La técnica no es única ni está exenta de problemas, pero ha abierto una perspectiva de manipulaciones genéticas a la carta que la colocan a la cabeza de las tecnologías existentes.

El fundamento científico

El VIH es un retrovirus capaz de infectar varios tipos celulares, pero que afecta principalmente a los linfocitos T CD4, un tipo de célula del sistema inmunitario cuyo debilitamiento provoca una inmunodeficiencia conocida como sida (Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida).

Los virus son parásitos intracelulares obligatorios y para multiplicarse necesitan infectar una célula. Distintos virus provocan distintas respuestas en sus organismos huéspedes. Para usar un ejemplo conocido por todos, una infección con el virus de la gripe provoca dolores musculares, congestión nasal, etcétera. El virus de la gripe tiene una preferencia por las células epiteliales del tracto respiratorio, y no por las de la piel. Estas preferencias son guiadas por señales bioquímicas, proteínas, azúcares, lípidos, expuestos en la superficie de las células, y que varían entre un tipo de célula y otro. De la interacción entre las moléculas del virus y las de uno o varios tipos celulares, ocurre lo que llamamos infección.

Consideremos la supuesta edición sobre el genoma humano, cuyo objetivo era conseguir individuos que nacieran con la capacidad de evitar la infección con VIH. Para lograrlo, se eliminó un gen que produce una proteína con la que puede interactuar el virus en la superficie de los linfocitos T, llamada CCR5. Si esta proteína está ausente, el VIH perdería una de las llaves de la cerradura celular que le permite infectar. Esta estrategia se basa en el caso de Timothy Ray Brown, el primer caso documentado de un paciente de Berlín que se curó de VIH a raíz de un trasplante de médula ósea de un donante que poseía una mutación en CCR5.

Dije al principio que la noticia carecía de novedad para la ciencia, y eso es porque ya hace 15 años que existen mamíferos con su genoma editado (ratones) que carecen de CCR5. Varias publicaciones científicas describen cómo estos ratones evaden algunas enfermedades autoinmunes y la infección con VIH. También se ha eliminado a la vez CCR5 y otra molécula de superficie, CXCR4, en células T cultivadas a las que confirió protección contra variantes del virus que se dirigían a CCR5 o a CXCR4. Incluso hay un proveedor que permite encargar los ratones a través de su sitio web.

La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia

Uno formula una hipótesis y luego trata de derribarla. No puede comprobarse, pero sí puede falsearse; así es como trabaja la ciencia. Asumamos que la hipótesis podría haber sido que la ausencia del receptor protege a los individuos contra el virus. Ahora pensemos cómo podría ponerse a prueba. Sencillamente no se puede. Implicaría exponer a propósito a estas gemelas al virus, e incluso en ese abominable supuesto ocurre que el VIH en el mundo real tiene un comportamiento mucho más complicado que en una infección controlada. No sólo existen ya variantes, sino que es un tipo de virus que se mueve en términos evolutivos a una velocidad vertiginosa, con lo que tal experimento carecería de valor. La pérdida de la proteína podría imponer una presión evolutiva que dirija al virus hacia otra molécula de superficie, perdiendo, nuevamente, utilidad la manipulación. O peor, favoreciendo la emergencia de variantes inesperadas.

La hipótesis más razonable que queda sería que la pérdida del CCR5 normal no es detrimental para la respuesta inmunológica de los individuos viviendo en el ambiente normal. Otra vez el experimento tendría falencias insalvables, porque sería en individuos únicos, ya que cada una de las gemelas se expondrá potencialmente a diferentes patógenos a lo largo de su vida, y sería un experimento sin un grupo de control con el que comparar. O peor, podría ser una pérdida que sí debilite el sistema inmunitario de las gemelas, poniéndolas en riesgo frente a algún tipo de infección.

Este acontecimiento periodístico nada tiene que ver con la ciencia: no hay método científico ni pregunta relevante a contestar. Tampoco se trata de un acto médico justificable, ya que la madre de las gemelas no estaba infectada, sino sólo el padre. La infección con VIH es hoy una enfermedad crónica tratable, a diferencia de lo que ocurría el siglo pasado, cuando era una enfermedad terminal. Lo que queda es una discusión sobre ética, un investigador sin universidad y, acaso, alguna respuesta que dar a la Justicia.

Daniel Prieto es investigador posdoctoral del Departamento de Biología del Neurodesarrollo del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable.

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