Hace poco escuché a alguien decir que cada minuto que pasa estás más cerca del momento de tu muerte. Suena a verdad indiscutible. Pero en ciencia es bueno dudar de todo. Inevitablemente pienso en el ajedrez: ¿es correcto decir que cada jugada te acerca más al final? Como jugador tramas tu destino. Eliges cada paso. De ese modo, algunas veces te acercas y otras te alejas de aquel final habitado por los impostores de Kipling (el triunfo y la derrota). Si tus piezas están mal dispuestas, una mala decisión te acerca a un final y una buena decisión puede demorar (o evitar) una derrota. Necesitas creer que cada jugada (cada minuto) puede cambiar el momento del final (la muerte). Lo que te acerca o te aleja es la calidad de tus decisiones, no el simple paso de las jugadas. Pero para eso tu libertad de elegir debería ser algo más que una ilusión. ¿Será así? La relación del ajedrez con las grandes preguntas también aparece en la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman (1957). Allí Antonius Block, un caballero medieval, enfrenta a La Muerte en una partida en la que se juega su vida. Pretende así, jugando y dialogando, demorar el momento del final:

Antonius: ¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestros sentidos? ¿Por qué se nos esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos, ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña, humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo, a pesar de todo, una realidad que se burla de mí y de la cual no me puedo liberar? ¿Me oyes?

La Muerte: Te oigo.

Antonius: Yo quiero entender, no creer... No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable...

La Muerte: Él no habla.

Antonius: Clamo a él en la tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta a mis clamores.

La Muerte: Tal vez no haya nadie.

Antonius: ¡Pero entonces la vida perdería todo su sentido! Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada.

La Muerte: La mayor parte de los hombres no piensa ni en la muerte ni en la nada.

De algún modo la ciencia parece habernos quitado algunos de esos conceptos. La existencia de leyes físicas que regulan todos los procesos del universo no dejaría lugar para un dios. La teoría de la evolución y los avances en biología nos colocan en igualdad con otros seres vivos y también, para muchos, reducen las esperanzas de la existencia de un dios o una vida después de la muerte. Pero muchas de estas ideas se basan en asumir (al menos inconscientemente) un modelo físico newtoniano y determinista, así como una postura filosófica concreta respecto del carácter de las leyes físicas: el necesitarianismo. Esta postura afirma que las leyes físicas determinan completamente todo lo que puede ocurrir y lo que no puede ocurrir. Para los necesitarianistas (¡vaya palabra!) estas leyes escritas en lenguaje lógico-matemático son las reglas de juego absolutas del universo. Esta idea, de un modo u otro, está implícita en la mayoría de los intentos de la física. Sin embargo, existe una alternativa filosófica perfectamente válida: el regularismo. Desde esta otra visión, la naturaleza del universo no está determinada exclusivamente por las leyes físicas, sino que esas leyes únicamente describirían las regularidades que se pueden observar en él pero no agotan sus posibilidades.

Espiritualidad, cuántica y azar

Si aceptamos esta última visión regularista, y a la vez acordamos que la teoría física que parece describir mejor el universo no es la física newtoniana sino la mecánica cuántica, surge una interesante posibilidad de volver a revisar cuestiones religiosas y espirituales a la luz de la ciencia moderna. Intentos de basar la ética y la espiritualidad en un enfoque científico, tarea en la que, por ejemplo, se embarcó el filósofo Baruch Spinoza en el siglo XVII, tenían la dificultad de contar con una ciencia completamente determinista como base. Pero ahora se puede intentar ese ejercicio filosófico con la mecánica cuántica como descripción fundamental de la naturaleza.

Eso es precisamente lo que hace el gran físico teórico uruguayo Rodolfo Gambini con la colaboración de su colega argentino Jorge Pullin (también grande y físico teórico) en el libro A hospitable Universe. Gambini es reconocido internacionalmente como uno de los fundadores de la teoría cuántica de lazos, que aspira a unificar a las dos teorías más exitosas de la física (la relatividad general y la mecánica cuántica) en un único cuerpo que nos permita describir los aspectos fundamentales de todos los fenómenos del universo.

Nuestro físico también ha propuesto que el papel del tiempo en la mecánica cuántica debe ser reformulado: el tiempo es medido por sistemas físicos, no es un parámetro matemático absoluto al estilo newtoniano. Considerar esto lo llevó, junto a sus colegas, a proponer la interpretación de Montevideo de la mecánica cuántica (una alternativa a la clásica interpretación de Copenhague). Volvemos al ajedrez y notamos que tanto el juego como la física tratan el tiempo de un modo similar. Es posible que en ambos el tiempo y el espacio no sean infinitamente divisibles. En el ajedrez no hay espacio más pequeño que una casilla ni tiempo más corto que una jugada. En una partida existen átomos de espacio y tiempo como en la teoría de lazos de Gambini, que intenta unificar las grandes teorías de la física en una nueva gravedad cuántica.

Pero volvamos al tema del libre albedrío. El músico cubano Silvio Rodríguez nos enfrenta a las sensaciones humanas respecto del determinismo y el azar en su canción “Causas y azares”:

Cuando Pedro salió a su ventana / no sabía, mi amor, no sabía / que la luz de esa clara / mañana / era luz de su último día. / Y las causas lo fueron cercando / cotidianas, invisibles. / Y el azar se le iba enredando / poderoso, invencible. [...] Cuando acabe este verso que canto / yo no sé, yo no sé, madre mía / si me espera la paz o el espanto; / si el ahora o si el todavía. / Pues las causas me andan cercando / cotidianas, invisibles. / Y el azar se me viene enredando / poderoso, invencible.

¿Cuánto es azar y cuánto puedes controlar o está determinado? ¿Ya está escrito el resultado de una partida antes de jugarla? ¿Algo que desconoces guía tu mano en cada jugada? ¿O eres capaz de decidir libremente y de escribir tu destino? Para aquellos que piensan que la ciencia es un camino para dar sentido a la vida y encontrar su lugar en el mundo, probablemente la mecánica newtoniana fue lo primero que pudieron conocer. Esta tiene la pretensión de predecir cada detalle del universo. Su gran corolario es que si conocieras la posición y velocidad de cada partícula del universo y tuvieras la capacidad de cálculo suficiente, podrías predecir todo lo que va a ocurrir. Todo serían causas. Todo el futuro estaría en tus manos, igual que cada instante del pasado. Pero no serías libre. Tu libertad de elección sería una ilusión. Y como a Antonius Block, resulta que la ciencia te dejó sin dios y casi sin vida más allá de la muerte.

Pero Gambini nos recuerda que la mecánica cuántica permite una suerte de influencia de los sistemas compuestos sobre las partes que los componen. Eso no es posible en mecánica clásica, en la cual las cualidades de las partículas determinan completamente las del sistema que están formando. En los mecanismos de relojería, las partes y sus estados determinan cruelmente el estado del todo. Pero en mecánica cuántica, el fenómeno del entrelazamiento (propuesto por primera vez como una paradoja que debía mostrar lo errado de las ideas cuánticas) permite que una decisión tomada a nivel del todo defina las propiedades de las partes. El entrelazamiento cuántico podría dar un mecanismo para que un sistema mayor actúe influyendo sobre sus componentes, como parece ocurrir al tomar una decisión que luego ejecutamos. Esto abre la posibilidad de que el libre albedrío sea algo más que una ilusión.

La probabilidad del libre albedrío

Lo otro que sucede al considerar la mecánica cuántica como la mejor descripción del mundo es que al decidir algo (por ejemplo, una jugada que ejecutaremos en un tablero) podemos realmente estar haciendo algo que no estaba completamente determinado de antemano. La cuántica permite eso debido a que, según esta teoría física, los resultados concretos de los eventos están indeterminados y tienen un carácter probabilístico. ¿Pero esto es suficiente para darnos libre albedrío? ¿No es apenas cambiar un destino perfectamente escrito de antemano para ser meros títeres del azar? ¿Es muy distinto ese libre albedrío de la cuántica de lo que hace Harvey Dent, el villano Dos Caras de Batman, que tira una moneda para ayudarse a tomar decisiones? De ser así no habría determinismo, pero tampoco habría libre albedrío. No es posible considerar a los seres humanos responsables de sus actos tanto en un universo determinista como en uno aleatorio. Pero aquí es donde entra la posibilidad que abre la postura filosófica del regularismo.

Si además de la mecánica cuántica, que describe cuáles son las probabilidades de ciertos eventos, existiera algo más, capaz de tomar decisiones a un nivel superior que afecta luego a sus partes, entonces ese algo sería el depositario de nuestro libre albedrío. Seríamos moralmente responsables y además capaces de construir nuestro destino. Según Gambini y Pullin, la física actual no excluye esta posibilidad. Como escribió Gambini junto con sus colaboradores en el final de uno de sus artículos científicos sobre este tema: “La habilidad de actuar libremente proviene de la mecánica cuántica y por tanto tiene un carácter universal. No está completamente claro que esté conectada con el proceso humano de toma de decisiones. Actualmente es algo discutido si la mecánica cuántica juega algún rol en los procesos del cerebro humano. Sería algo desilusionador que un universo que naturalmente incluye en sus leyes de la física la capacidad para realizar acciones libremente terminara imposibilitándoselas a los seres humanos”.

Dios y ciencia

En la última parte de su libro, Gambini se toma la libertad de revisar algunas cuestiones tratadas tradicionalmente por la religión. Nos advierte que es la parte más especulativa del libro, pero sin duda es un ejercicio de gran interés. Así es que considera que dios podría ser el estado cuántico del universo que ofrece las posibilidades de elección sobre las cuales nosotros operamos. Revisa los poderes tradicionalmente asignados a dios y concluye que, dentro de su esquema, este no podría ser omnisciente (los resultados de los eventos en los subsistemas no están definidos en mecánica cuántica y tampoco el futuro, por tanto no podría conocerlos) ni omnipotente (dios o el estado del universo sólo establece posibilidades, no determina los eventos).

Y en el final del libro, como un moderno Antonius Block, Rodolfo Gambini se enfrenta con la muerte. En algún momento del libro nos recordó las siguientes palabras del filósofo Bertrand Russell: “Creo que cuando muera me pudriré, y nada de mi yo sobrevivirá. No soy joven y amo la vida. [...] Sin embargo, la felicidad no es menos verdadera porque pueda venir y marcharse, ni el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos. Muchos hombres se han llevado orgullosamente a sí mismos al cadalso; seguramente el mismo orgullo nos enseñaría a pensar verdaderamente sobre el lugar del hombre en el mundo. Incluso aunque las ventanas abiertas de la ciencia al principio nos hagan estremecer de frío en el calor de los mitos humanos tradicionales, al final el aire fresco nos da vigor, y los grandes espacios son esplendorosos por derecho propio”.

Y también está Paul Auster, que en su Diario de invierno escribió: “Estás sentado en una silla sin hablar con nadie, simplemente sentado y observando a la gente de la habitación, y ves que Trintignant, situado a unos tres metros de ti, también guarda silencio, mirando al suelo con la mano en la barbilla, aparentemente perdido en sus pensamientos. Finalmente, alza la cabeza, se encuentra con tu mirada y, con inesperada seriedad, en tono circunspecto, dice: ‘Paul, quiero decirte una cosa. A los cincuenta y siete me encontraba viejo. Ahora, a los setenta y cuatro, me siento aun más joven que entonces’. Te desconcierta esa observación. No tienes idea de lo que intenta decirte, pero notas que es importante para él, que está tratando de comunicarte algo de vital importancia, y por ese motivo no le pides que explique lo que quiere decir. Durante casi siete años ya, vienes reflexionando sobre sus palabras, y aunque sigues sin saber exactamente cómo interpretarlas, ha habido atisbos, breves instantes en que te ha parecido estar a punto de entender la verdad de lo que te estaba diciendo. Quizá sea algo tan sencillo como esto: que el hombre teme más a la muerte a los cincuenta y siete que a los setenta y cuatro”.

Y estas palabras están aquí no sólo porque reflexionan sobre la muerte sino porque en varias ocasiones yo mismo, frente a Gambini, suelo sentirme como Auster frente a Trintignant.

Tal vez los finales y la muerte también se deban revisar a la luz de la nueva física. Si el tiempo no es más que la emoción del tiempo, como sugiere el físico Carlo Rovelli, si la música es la fuente del tiempo y el resto todavía está por ser entendido, entonces cada instante puede ser eterno y pervive en su rincón del espacio-tiempo. Como dice Fernando Cabrera en su canción “El tiempo está después”: Tendremos suerte si aprendemos / que no hay ningún rincón / que no hay ningún / atracadero / que pueda disolver / en su escondite lo que fuimos / el tiempo está después.

Tal vez esa sea la vida eterna. Lo hecho, lo decidido, nuestros detalles persistirán como una huella en dios (el estado del universo), sugiere Gambini. Tú puedes elegir pensar eso, al menos mientras dura la partida. Tú eliges y el tiempo está después.

Ernesto Blanco es divulgador científico, autor de los libros _Los Beatles y la ciencia y del reciente Los Rolling Stones y la ciencia, es biomecánico y docente del Instituto de Física de la Facultad de Ciencias y la Universidad de la República._

Libro: A Hospitable Universe: Addressing Ethical and Spiritual Concerns in Light of Recent Scientific Discoveries

Autores: Rodolfo Gambini (autor), Jorge Pullin (colaborador)

Editorial: Imprint Academic (2018)

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