El otro término que se ha hecho popular en los últimos años es el de “bebés de diseño”. La idea también es fácil de seguir: si podemos modificar de forma efectiva y barata nuestro genoma, por qué no usar esa posibilidad para “mejorar” nuestros genes en rasgos deseables como la estatura, la inteligencia, la capacidad atlética o artística. La idea funcionaría para nuestros hijos, ya que es más sencillo modificarlos a ellos que a nosotros. En un momento serán una sola célula –y luego unas pocas– y es más fácil hacer modificaciones en esa etapa, si lo que se pretende es afectar a la totalidad del individuo desde las primeras etapas del desarrollo embrionario. En términos técnicos, esto es lo que se denomina “modificaciones germinales” o “constitucionales”, que son radicalmente distintas a las modificaciones en el adulto (somáticas, en términos técnicos) porque pasarán luego a la próxima generación (nuestros nietos) y de allí a formar parte del “pool genético” de la humanidad. Es también sencillo seguir las implicaciones bioéticas, humanistas, médico-legales, económicas, y, dadas ciertas predisposiciones anticientíficas de nuestro tiempo, llegar a los escenarios más distópicos y eugenésicos posibles.

Para cortar con el suspenso, lo que yo quiero decir es que eso no va a pasar. Afirmo que estas técnicas se van usar (de hecho ya se usan, incluso en nuestro país) para prevenir la aparición de algunas enfermedades genéticas severas (en algunos casos “severas” es quedarse corto) y para nada más. De forma similar, con el advenimiento de la amniocentesis en los 70 y el diagnóstico genético preimplantacional y la clonación en los 90 se habían planteado escenarios apocalípticos que, por supuesto, no ocurrieron.

Aporto, a modo de primer argumento, mi experiencia. Hace poco más de 20 años que trabajo en genética, y unos diez en genética vinculada a la reproducción (una experiencia modesta, es cierto, pero tampoco desdeñable) y nunca, ninguna pareja de los cientos que acudieron a mi consulta, me interrogó sobre estos aspectos o manifestó deseos en este sentido; ni siquiera para escoger el sexo. No quieren hijos rubios, altos o parecidos a los de Catalina de Cambridge. Lo que quieren son hijos sanos, felices y autosuficientes cuando ellos no estén para cuidarlos. Por supuesto que alguien podría decirme: “Ya te va a pasar”. Touché. Así que vamos a argumentos más “fuertes”.

Alguien voló sobre el nido del mad doctor

Si uno quiere obtener, de forma inmediata, descendientes de un organismo de reproducción sexuada (en este caso, personas) con determinadas características específicas, básicamente hay dos métodos. Ambos se pueden combinar, pero aquí, en aras de la simplicidad y la brevedad, voy a obviar esa posibilidad, que además no cambia en nada los argumentos centrales. Esos dos métodos son la selección de embriones y la modificación o ingeniería genética.

Ambos comparten un primer problema, y es que dependen de la fertilización in vitro (FIV). Voy a usar las palabras de Armand Marie Leroi, que ya describió a la perfección los problemas con la FIV: “La naturaleza ha desarrollado una forma barata, sencilla y divertida de concebir un hijo; la FIV no es ninguna de estas tres cosas”. Hay que agregar que es ineficiente: si bien depende mucho de la edad de la pareja, la tasa de éxito por cada “ciclo” de FIV es bastante pobre. No tengo nada en contra de la FIV; de hecho, me parece un método maravilloso para parejas que de otra manera no podrían tener hijos. Conozco y he interactuado en mi vida profesional con casi todos los que la hacen en Uruguay. Pero las limitaciones de esta técnica son insoslayables. Ellos mismos, dados sus altos estándares éticos, así lo reconocen.

Ahora sí, analizaré ambos métodos por separado con algo de detalle, tratando de proyectarme a los próximos años a partir de la situación actual.

La selección de embriones

Mediante este método la idea sería obtener un número suficiente de embriones y seleccionar los que tienen las combinaciones de genes buscados y, en consecuencia, el potencial para ciertos rasgos deseables. El problema es que los rasgos que habitualmente se consideran deseables para imaginar al “bebé de diseño” ideal –tomemos como ejemplo la inteligencia y la estatura– son tremendamente complejos. Están influidos por una enorme cantidad de genes (o regiones genómicas, que a los efectos es lo mismo): al menos varios cientos para la estatura y varios miles para la inteligencia (en términos técnicos: son enormemente poligénicos, la varianza poblacional para estos rasgos está explicada por miles de variantes genéticas de efecto aditivo, teniendo cada una por separado un efecto mínimo sobre el fenotipo). Por supuesto, estoy omitiendo intencionalmente analizar otros determinantes no genéticos de estos rasgos.

Por lo tanto, si tenemos un rasgo determinado por miles de genes, no hay que ser el “hombre que calculaba” para darse cuenta de que las combinaciones posibles van a ser muchas (pero muchas) y las combinaciones “ganadoras” pueden ser muy poquitas. Y ni les digo si queremos combinar algunos de estos rasgos, por ejemplo para que el gurí sea alto e inteligente. Dadas las dificultades de la FIV y de la biología humana para obtener un número grande de óvulos a partir de una mujer (y menos aun de embriones), es claro que “nunca” va a haber un número suficiente de embriones como para poder elegir uno “alto e inteligente”.

Además, la disponibilidad del material a seleccionar depende de los valores para el rasgo en los padres. Si dos padres bajitos quieren un hijo alto (los que con más razón deberían recurrir a un “hijo de diseño” para ver sus deseos realizados), las combinaciones “ganadoras” van a ser todavía menos que para dos padres altos. En definitiva, para la mayoría de los rasgos humanos, tratar de diseñar un hijo por el método de selección de embriones sería lo mismo que jugar a la lotería.

Finalmente, al número que obtengamos de estos cálculos hay que dividirlo a la mitad, dadas las limitaciones de la FIV referidas más arriba (que el embrión seleccionado efectivamente se implante en el útero de la señora y dé lugar a un embarazo exitoso ocurre, en promedio, la mitad de las veces). Cierto es que esto se puede solucionar parcialmente, haciendo varios ciclos de FIV, guardando óvulos o tejido ovárico congelados, con los costos agregados, en dinero y emocionales, correspondientes.

Acá tengo que hacer una nota de geek. En la película Gattaca (Andrew Niccol, 1997), hasta donde se alcanza a entender, el método que usan para producir a los humanos mejorados (“válidos”, se les llamaba) es la selección . Esta es una de las tantas críticas “técnicas” que se le pueden hacer al film.

Volviendo al argumento, es muy sencillo resolver por este método rasgos que son binarios, como el sexo o la mayoría de las enfermedades y los riesgos genéticos más graves, en los que el embrión heredó o no la mutación o el par de mutaciones problemáticas. Seleccionando una sola variable alcanza, con lo que las posibilidades de elegir, aun no teniendo muchos embriones, es en general factible. Es en este aspecto donde sostengo que estas técnicas sí van a ser usadas ampliamente en el futuro. Pero van a ser necesarias (esto es a ojo de buen cubero) para menos de 1% de las parejas.

La modificación de embriones

Aquí la cosa es conceptualmente más sencilla (no voy a entrar en cómo funcionan los métodos moleculares de modificación dirigida del genoma, que sería la parte complicada). Se trata de encontrar un método eficiente, seguro y barato (alguna forma de CRISPR parece ser la candidata) para hacer todas las modificaciones que queramos en el genoma a fin de obtener un hijo con determinadas características. Como se explicó en la sección anterior, esas modificaciones serían muchas (pero muchas).

Aun dejando de lado el “detalle” de qué tan buena es la idea, y de qué tanto se pueden predecir las consecuencias de hacer varias modificaciones simultáneas a un sistema complejo, el asunto central es la relación señal/ruido del método de modificación del genoma del que disponemos: es decir, la capacidad que tiene el método de hacer las modificaciones genómicas que deseo versus las fallas que tenga para hacer estas modificaciones deseadas más (+) las modificaciones “fuera del blanco” (que no deseo) que haga. Al día de hoy hay un intenso debate (recién se ha empezado a hacer pruebas) sobre este tema, en especial sobre las modificaciones “fuera del blanco” y en qué medida estas serían un problema. Actualmente ni siquiera hay acuerdo sobre cómo medir bien eso; no digamos ya de la seguridad y eficiencia “final” a la que se podrá llegar. Si bien este punto está muy por fuera de mi área de trabajo, siendo que un cambio “fuera de blanco” podría tener (al menos potencialmente) efectos nefastos, diría que la posibilidad de contar con un método realmente aplicable para diseñar bebés parece, por decirlo de la forma más amable, bastante complicado.

En otro encare, podemos pensar el problema como “producto”, es decir, como vendedores y como clientes (léase padres). Como vendedores: ¿cómo se las ven para salir a ofrecer este producto? ¿Cuánta “letra chica” van a tener que poner? ¿Cómo se las ven para responder a las preguntas de los potenciales clientes? Como clientes: ¿se la juegan? ¿Vieron que, mal que bien, el método de siempre en general funciona? Imaginen que les dicen: “Yo les vendo una heladera mucho más cara pero que funciona mucho mejor que las heladeras comunes, pero... no le puedo garantizar 100% que enfríe... y en una de esas se quema a los tres meses (aunque es muy poco probable)... y no tiene devolución ni garantía... ah, me olvidaba, y esa heladera es su hijo. ¿Qué nombre le van a poner?”. Debo reconocer que el capitalismo ha demostrado una enorme capacidad para vendernos toda clase de porquerías que no necesitamos, pero, ¿logrará vendernos esto?

Aquí se impone una aclaración. Cuando digo que no va a haber “bebés de diseño” me estoy refiriendo a la gente “normal” (usando el término en su sentido más coloquial y no en el estadístico). Así como ahora hay una pareja que se ha hecho centenares de cirugías para parecerse a Ken y Barbie, no dudo que habrá algunos con mucha plata y poco cerebro que traten de modificar a sus hijos para que se parezcan a Marilyn Monroe (pero con unos kilitos menos, de acuerdo a los estándares de esta época) o a Elvis (pero sin las adicciones). Pero esto no afecta mi argumento.

Hago otro paréntesis y sigo con la nota geek de más arriba. Una escena que no entró en el montaje final de Gattaca (se puede ver en Youtube) muestra cuando le ofrecen a los padres del protagonista la posibilidad de modificar los embriones, no simplemente seleccionarlos. Por un precio extra, claro. Y “sin garantías”. Algo que declinan.

Gattaca en el siglo XXI

“Hacer predicciones es muy difícil, especialmente cuando se trata del futuro” (Niels Bohr)

Podemos empezar a hacer especulaciones de ciencia ficción biotecnológica que “superen” estos argumentos en el largo plazo: mejoras a las técnicas de modificación para hacerlas más seguras o descubrimiento de nuevas, posibilidad de seleccionar óvulos y espermatozoides (no solamente embriones) con las características deseadas, poder modificar la segregación mendeliana en el sentido deseado para obtener las combinaciones de genes que queramos, mejoras a la FIV para hacerla más eficiente, fabricar óvulos artificiales a partir de stem cells o células pluripotentes, de forma de no tener límites para la selección, y un largo e improbable etcétera. No me malinterpreten, me encanta la ciencia ficción y soy parte del fandom local, pero si vamos a hacer ese ejercicio, imaginemos las cosas en un marco más amplio.

En Gattaca, la parte técnica es discutible, pero claramente no es el eje central, sino la presión de una sociedad hipercompetitiva y desigual (¿les suena?) para que la “mejora” sea la norma y que dejar el embarazo librado a la naturaleza sea, por tanto, una mala idea. Si bien Fredric Jameson dice que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, hay quienes sostienen que el capitalismo va a ser superado en el correr de este siglo. Si eso es así, la forma social del trabajo, la producción y la apropiación de bienes podría ser tan diferente que ciertas presiones sociales, que hoy en día parecen una extrapolación razonable, no estarán presentes.

Creo que ante la pregunta “si fuera técnicamente posible, ¿qué cosa desearían mejorar en su hijo?” todos, al menos para la platea, dirían “la inteligencia”. Olvídense, eso no va a pasar. Lo que sí puede pasar (algunos dicen que va a pasar y dentro de no mucho) es que emerja una inteligencia artificial (IA) más poderosa que la humana, la cual fabricaría IA todavía más inteligentes, y así vaya a saber a dónde vamos a ir a parar (a esto se le ha dado en llamar “singularidad”). En este escenario, un mundo tan diferente al nuestro como lo era el de antes de la revolución industrial, ¿va a seguir teniendo sentido modificar genéticamente a nuestros hijos para que sean más inteligentes? ¿No será mejor comprarles una IA mejor? ¿Se podrá comprar una IA? ¿Seguirá existiendo el concepto de “comprar”? ¿Seguirán existiendo “hijos”?

Tal vez, antes de que se solucionen las limitaciones técnicas mencionadas arriba, van a desaparecer las condiciones que harían a estas modificaciones algo deseable (o necesario, para que no nos lleve la corriente como al proverbial camarón). Y, siendo todavía más audaz (y optimista) hasta podría desaparecer la sociedad de consumo, la que (de eso no tengo dudas de que sí va a pasar) pretenderá convertir a nuestros hijos en una mercancía más (es decir, todavía más de lo que ya lo ha hecho).

Volviendo a la realidad (y al presente)

Espero que no se me malinterprete. Nada más lejos de mí que desacreditar o banalizar las discusiones bioéticas. Estas pueden ser de las más importantes que tengamos que darnos como especie. Y lejos también de menospreciar el rol de Estado y las reglamentaciones, promoviendo o limitando el uso de estas tecnologías.

Justamente, en esa discusión bioética, lo que yo he tratado de argumentar es que eso, los “bebés de diseño”, no van a pasar. No van a ser un problema. Y espero que tampoco sean un problema en el sentido de frenar la investigación, el desarrollo y la aprobación de terapias que podrían mejorar la vida de mucha (pero mucha) gente.

Víctor Raggio es médico genetista y profesor agregado del Departamento de Genética, Facultad de Medicina, Udelar.

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