Llegar a la cima del cerro Arequita, en Lavalleja, significaba sólo una cosa: tomar la foto familiar –con la cámara de rollo– frente al paisaje deslumbrante. Las sierras como leves olas de pasto descansan en los montes, que desde la altura parecen espesos colchones verdes, y, allá a lo lejos, una casita aislada. Una postal magnífica. La aventura era llegar al punto más alto siguiendo las pisadas ajenas grabadas en el suelo y encontrar el camino entre los árboles, arbustos, algunos surcos de agua y enormes muros de piedra. No por casualidad, el nombre guaraní Arequita se traduce como “agua de las altas piedras de cueva”. En la travesía se veía alguna liebre correr y lagartos que se escondían ante la presencia humana. Las grutas y túneles naturales eran un misterio custodiado por decenas de murciélagos. La belleza del lugar y su riqueza lo convirtieron en uno de los puntos turísticos más importantes del departamento. Se construyó un parador y un grupo de grandes casas, y parte del cerro se privatizó. Se crearon servicios de visitas guiadas y caminos para facilitar el paso de los turistas. Muchas ranuras de agua se secaron. Tampoco se asoman animales curiosos y el canto de los pájaros no es ensordecedor. La foto familiar, además de cambiar la cámara, cambió su aspecto.

Esta situación se repite de forma inquietante en varios paisajes nacionales y de todo el mundo. La pérdida de la biodiversidad, la degradación del suelo y la contaminación de las aguas avanzan a pasos agigantados en la Tierra entera. Así lo afirma con preocupación el Informe de Planeta Vivo (IPV) 2018: apuntando alto, una evaluación de “la ciencia de la salud de nuestro planeta” que se elabora desde hace 20 años en la órbita del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés).

En los últimos 50 años la humanidad ha experimentado mejoras que repercuten en millones de personas: el aumento de la esperanza de vida y el descenso de la mortalidad, los avances en materia de salud, la disminución de la pobreza o un mayor acceso al agua. La lista es larga y es motivo para celebrar. Pero, también en las últimas cinco décadas, “la temperatura media global se ha incrementado 170 veces más rápido que el ritmo natural. La acidificación –descenso del pH– de los océanos puede estar ocurriendo a una tasa que no se ha visto en al menos 300 millones de años. La Tierra está perdiendo su biodiversidad a una tasa experimentada solamente durante las extinciones masivas. Y es probable que se produzcan más cambios, en la medida en que las personas están liberando 100.000 millones de toneladas de carbono al sistema planetario cada diez años”, establece el informe.

Estos avances y efectos adversos conforman el fenómeno de “la gran aceleración”. El impacto es tan intenso que un grupo de científicos plantea una transición a una nueva era geológica: el Antropoceno.

El desarrollo económico, social y tecnológico se potenció a expensas de la sobreexplotación de las especies, la degradación del suelo, la contaminación de las aguas y un uso abusivo de las reservas de agua dulce. En las gráficas que acompañan esta nota –extraídas del informe– se ilustran algunas tendencias de la actividad humana a partir de 1750 y la forma en que comenzaron a influir en los sistemas de la Tierra. De acuerdo con los autores del IPV es necesario “comprender que los sistemas naturales de la Tierra son críticos para mantener nuestra moderna sociedad” y atender a las “grandes amenazas” para proteger la naturaleza.

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Consumiendo biodiversidad

Entre 1970 y 2014 se produjo una disminución general de 60% en el tamaño de las poblaciones de vertebrados, y la abundancia de las especies de agua dulce tuvo una reducción de 83% en comparación con 1970, según el Índice Planeta Vivo, que mide el estado de la biodiversidad global y de la salud del planeta sobre cerca de 16.700 poblaciones de estos organismos. En América Latina el panorama reflejado en el informe es aun más desolador: mientras que el promedio mundial para la reducción de las especies de vertebrados es de 60%, en algunas regiones americanas la catástrofe aumenta a 89%. Entre las principales amenazas a la preservación de los ecosistemas naturales y la biodiversidad, el informe destaca la sobreexplotación y la agricultura, la degradación o pérdida del hábitat, el cambio climático, las especies invasoras, las enfermedades y la contaminación.

La demanda de la humanidad supera la biocapacidad de los ecosistemas para renovarse, lo que agota los recursos de la Tierra a una velocidad cada vez mayor. En este marco, el consumo desmedido afecta directamente la preservación de los sistemas del planeta, porque implica la aplicación de modos de “producción o cultivo de alimentos, fibra y energía en los ecosistemas terrestres” que tienen un “impacto enorme sobre la biodiversidad”.

La agricultura es responsable de la mayor parte de la disminución en superficie y calidad de los bosques –principales agentes para sostener la biodiversidad, reducir el riesgo de desastres y contrarrestar los efectos del cambio climático– y está generalmente acompañada del uso excesivo de pesticidas, hormonas y fertilizantes que influyen en la degradación del suelo y de los organismos. Incluso, de acuerdo con un estudio reciente publicado en la revista Nature, citado en el informe, se determinó que “75% de las especies de plantas, anfibios, reptiles, aves y mamíferos que se extinguieron desde 1500 sufrieron daños causados por la sobreexplotación o la agricultura, o por ambas”.

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Con el agua al cuello

Sumergirse en el agua de una playa en Montevideo sin cruzarse con una bolsa y algo más, es algo difícil. Los niveles de contaminación de los océanos con plástico son tan altos que ni la Fosa de la Marianas, el punto más profundo de este planeta azul, se salva de ello. Esto incide no sólo en la calidad de las aguas, sino en la vida y reproducción de las especies que ingieren estos desechos. Uno de los casos ilustrados en el informe, que permite apreciar la magnitud de esta situación, es el de un cachalote encallado en el Mediterráneo, en cuyo estómago se encontraron nueve metros de hilo de pescar, 4,5 metros de manguera flexible, dos macetas y varias lonas plásticas.

Otro aspecto importante en relación con la vida marina es la pesca. Según el informe, el ser humano ha “extraído de los océanos del mundo casi 6.000 millones de toneladas de peces e invertebrados desde 1950”. La disminución de biodiversidad en los océanos ha conducido a que el mundo perdiera casi la mitad de sus corales de aguas someras en sólo 30 años y, según el IPV, “si continúan las tendencias actuales, a mediados de siglo podría desaparecer hasta 90% de los arrecifes de coral del mundo”, que sostienen “más de una cuarta parte de la vida marina”.

En el caso de los ecosistemas de agua dulce, el informe hace especial énfasis en recordar que constituyen “menos de 1% de la superficie de la Tierra” pero albergan “más de 10% de los animales conocidos y aproximadamente una tercera parte de las especies conocidas de vertebrados”. Los niveles de amenaza sobre estos ecosistemas son cada vez mayores. De acuerdo con los autores del trabajo, en el siglo XX los peces de agua dulce vivieron la mayor tasa de extinción a escala mundial entre los vertebrados, y se estima que la extensión de los humedales disminuyó más de 50% desde 1900.

¿Estamos perdidos? Lo dice el informe: “Somos la primera generación que tiene una concepción clara del valor de la naturaleza y del enorme impacto que ejercemos sobre ella. Bien podemos ser la última que pueda actuar para revertir esta tendencia [destructiva]”.

Es nuestra decisión comenzar a identificar prácticas concretas e intensas para preservar la naturaleza. El IPV reclama un pacto global entre la naturaleza y las personas y una visión en prospectiva: ¿cuál es el futuro que queremos? “Tenemos una excepcional ventana de oportunidad para revertir esa tendencia y doblar la curva de pérdida de biodiversidad”, proponen los autores, y depende de nosotros abrirla y mirar afuera o cerrarla, indiferentes a las consecuencias.

Publicación: “Informe Planeta Vivo 2018: apuntando alto”.

Autor: World Wildlife Fundation (WWF) y Zoologic Society of London (ZSL).

Acceso libre en: ladiaria.com.uy/Utp.