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La fiebre aftosa es una enfermedad viral altamente contagiosa que afecta, entre otros animales, al ganado. Su existencia constituye un problema grave para los países exportadores de carne, dado que provoca importantes pérdidas directas (muerte del ganado, reducción de la producción de leche y del peso de los que sobreviven) e indirectas (provocadas por el cierre de los mercados internacionales de carne, en particular aquellos que pagan precios más elevados). El tratamiento de la aftosa se hace con vacunas, lo que requiere producción en ciencia, tecnología e innovación (CTI). La producción en CTI debe considerar que tanto la aftosa como su tratamiento dependen del contexto, por varios motivos: en primer lugar, existen distintos tipos de virus que causan la enfermedad y que se sitúan en diferentes lugares del planeta; en segundo lugar, las vacunas que inmunizan contra unos virus no lo hacen contra otros, y en tercer lugar, existen diversas formas de producción ganadera (extensiva, intensiva) que varían según las regiones y que requieren soluciones específicas. En virtud del carácter epidémico de la aftosa, los planes de lucha para combatirla deben ser diseñados y dirigidos por entidades estatales, dado que requieren la vacunación de todo el ganado vacuno del país y la participación de diversos actores adicionales, como productores ganaderos, investigadores y productores de vacunas.

Los brotes de aftosa en Uruguay

La historia de la fiebre aftosa en Uruguay comienza en 1870, o al menos a ese año se remonta el primer registro encontrado que describe la ocurrencia de la enfermedad en el país y la región. Desde ese entonces se han registrado diversos rebrotes y epidemias de variada magnitud, algunas de ellas particularmente severas y que por tanto provocaron grandes pérdidas al país. En la década de 1990 se logró la erradicación de la aftosa a partir de vacunaciones masivas, y luego, en 1996, se obtuvo la calificación de país libre de aftosa sin vacunación otorgada por la Organización Internacional de Epizootias. Esto último fue muy relevante dado que permitió acceder a los mercados no aftósicos más exigentes, en los que la carne se comercializa a mayores precios. Lamentablemente, tras las epidemias de 2000 y 2001, la calificación de país libre de aftosa sin vacunación se perdió y los perjuicios directos e indirectos a nivel de toda la economía se estiman en 730 millones de dólares. En el período 2001-2003 la aftosa provocó una reducción de 1,9% del Producto Bruto Interno. Una vez superada la crisis, se retomaron los flujos comerciales y se mantuvo la vacunación implementada durante las epidemias. Hasta el presente no se han registrado focos de la enfermedad.

El remedio y la enfermedad

La forma en que se abordó el problema en estas últimas epidemias dista mucho de cómo se hacía anteriormente. Por un lado, las vacunas se compraron en su totalidad en el exterior. Por otro, investigadores de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República no tuvieron oportunidad de investigar los virus actuantes en virtud de que les fueron negadas las muestras que solicitaron con fines científicos. ¿Por qué?

En 1994, con la puesta en vigencia del artículo 16 de la Ley 16.082 de 1989, quedó prohibida la tenencia del virus vivo de la aftosa en Uruguay. La consecuencia inmediata de esta medida fue la inhabilitación de la posibilidad de realizar investigaciones sobre fiebre aftosa y de fabricar vacunas antiaftosa en territorio uruguayo. En la actualidad, esta situación continúa incambiada y contrasta con la historia gestada durante más de un siglo, que situó al país, a sus técnicos y a sus investigadores como referentes en la temática a nivel internacional.

Dicho en otras palabras, en las epidemias de 2000 y 2001 la investigación relativa a los virus se hizo en el exterior y el problema se resolvió con tecnología (vacunas) importada. Desde ese entonces, se procede de la misma forma: las vacunas se importan y no se puede investigar el virus en el país. Sin embargo, no siempre se abordó el problema de esta manera.

Soberanía en aftosa, ciencia, tecnología e innovación

El proceso de búsqueda de soluciones a la fiebre aftosa basado en la investigación comenzó en Uruguay por impulso de la Asociación Rural del Uruguay (ARU) hacia fines de la década de 1910 y principios de 1920, a partir de los primeros trabajos del veterinario Antonio Cassamagnaghi, quien fue director del Instituto Biológico de la ARU. Este instituto, que cerró a fines de la década de 1920, contaba con un laboratorio de investigación que tenía como uno de sus principales cometidos realizar investigaciones sobre fiebre aftosa y buscar soluciones.

A fines de la década de 1920, restricciones impuestas por Estados Unidos y Gran Bretaña a la importación de carne bovina proveniente de países con aftosa hicieron que el gobierno uruguayo solicitara la realización de investigaciones al veterinario Miguel Rubino y sus colaboradores. Luego de esta solicitud puntual, la fiebre aftosa pasó a formar parte de la agenda de investigación de Rubino y su equipo de manera permanente, incluso una vez que este comenzó a cumplir funciones en el laboratorio oficial de la Dirección de Ganadería, creado en 1932 y existente hasta la actualidad. Luego del fallecimiento de Rubino, la aftosa continuó siendo parte de la agenda del laboratorio hasta 1994, momento en que se inhabilitó la investigación sobre la temática.

También en la Facultad de Veterinaria (Escuela en sus inicios) desde muy temprano la aftosa pasó a ser parte de la agenda de investigación, enseñanza y extensión. A fines de la década de 1950, en un contexto de nuevas restricciones impuestas por Estados Unidos a la importación de carne bovina, se reorientaron estas investigaciones con el propósito de encontrar desarrollos tecnológicos que dieran soluciones a las condiciones adicionales impuestas en dichas restricciones.

Con posterioridad, una vez fundada la Facultad de Ciencias, los virólogos también se ocuparon de investigarla hasta que vieron interrumpidos sus trabajos en 1994. Si bien intentaron revertir la situación a través de gestiones institucionales, hasta el presente siguen sin poder investigar el virus de la fiebre aftosa, a pesar de que consideran que hacerlo es relevante para el país y de que cuentan con las condiciones de bioseguridad necesarias.

Asimismo, desde mediados del siglo pasado diversos laboratorios instalados en el país desarrollaron vacunas que resultaron fundamentales en las campañas de vacunación de los años 80 y 90, incorporando incluso innovaciones (por ejemplo, adyuvante oleoso). Entre estos se encontraba Laboratorios Santa Elena, en aquel entonces empresa nacional que además de producir vacunas para el mercado interno exportaba a otros países. Por su parte, el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca tuvo en un período importante de esta historia un desempeño destacado en la lucha contra la aftosa, en particular desde la puesta en funcionamiento de la Dirección de Lucha contra la Fiebre Aftosa en 1968, que, con diversos instrumentos, no solamente dirigió las campañas para combatir la enfermedad sino que también construyó condiciones propicias para que los productores ganaderos formaran parte activa de la lucha contra la enfermedad. Se destaca allí el papel de los veterinarios de campo, que crearon conciencia sobre la relevancia que tenía conocer la enfermedad, su tratamiento y su carácter epidémico; ello sentó las bases para viabilizar tanto las campañas de vacunación como el sistema de información y vigilancia que permitió inicialmente el control de la enfermedad, luego su erradicación en los 90 y la actuación inmediata en casos de brotes.

Desarrollo y demanda de ciencia, tecnología e innovación nacionales

De acuerdo a lo expuesto, en Uruguay la aftosa ha sido un problema para la producción ganadera y para los gobiernos. Para resolverlo se buscó impulsar la creación de capacidades científico-técnicas en el país, y una vez constituidas, se acudió a ellas para que lo abordaran. Este tipo de procesos está analizado en la literatura que estudia los vínculos entre ciencia, tecnología, innovación, producción y desarrollo. Estos vínculos se caracterizan por ser fluidos y sistemáticos en el caso de los países centrales, también llamados desarrollados, que recurren con frecuencia a la generación de CTI para resolver problemas que afectan a la producción de bienes y servicios y a la sociedad en general. Esto último se denomina “demanda de CTI”.

En este sentido, en el caso de nuestro país y la aftosa hubo un cambio drástico en cómo se resuelve el problema: se pasó de un escenario en el que la búsqueda de soluciones se canalizaba a través de la demanda de CTI nacional a otro en el que todo se hace en el exterior, destruyendo además las capacidades de producción de CTI relativas a la aftosa gestadas durante un siglo. Desde el punto de vista de los objetivos sectoriales, en este caso erradicar la aftosa, puede concebirse que la forma en que se resuelve el problema desde 1994 es racional. Sin embargo, tal vez no pueda decirse lo mismo desde la perspectiva de una política de CTI que se proponga impulsar procesos de desarrollo genuinos y de largo plazo.

El hecho de que no se investigue sobre fiebre aftosa en Uruguay y que no se fabriquen vacunas tiene consecuencias que van más allá de la enfermedad en sí y habla de cómo se resuelven en general los problemas en los países periféricos o subdesarrollados –que no casualmente son más pobres–, en franco contraste con cómo lo hacen los países centrales y más ricos. En los países periféricos abundan los ejemplos –aunque también existen algunas excepciones– de compras de tecnología “llave en mano”, es decir, se importa tecnología producida en otros países con investigación e innovación también foráneas. No se trata de argumentar a favor de producir localmente toda la CTI que necesita nuestra población o el sector productivo, pero sí de plantear que, al menos, cuando existen capacidades para hacerlo, es deseable preservarlas y fortalecerlas.

Leticia Mederos es docente en régimen de dedicación total de la Unidad Académica de la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universidad de la República.

* Esta publicación se basa en la investigación realizada por la autora en el marco de su tesis de maestría en Historia Económica y Social de 2014 (Programa de Historia Económica y Social coordinado por Luis Bértola, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República), con la tutoría de Judith Sutz, y del proyecto “Trayectoria tecnológica y de innovación en el sector cárnico uruguayo entre 1905 y 2011. Un siglo de encuentros y desencuentros entre capacidades cognitivas e institucionales y necesidades del sector”, financiado por el Fondo Barrán de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación. Se omiten aquí, por razones de espacio, las referencias y fuentes utilizadas en la tesis.